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Publicado el 01 de abril, 2020

Gabriel Berczely: Peor que la enfermedad

Empresario y académico. Presidente de Horizontal. Gabriel Berczely

Si la cuarentena fuera puntual y corta, nadie estaría hablando de crisis económica. Sería como cerrar un mes por vacaciones. El gran problema es que estos momentos no hay certeza respecto a cuántas cuarentenas, y por cuanto tiempo cada una, serán necesarias para minimizar las muertes.

Gabriel Berczely Empresario y académico. Presidente de Horizontal.
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Todos aquellos con quienes converso en privado respecto al remedio (cuarentena) que está siendo aplicado para esta enfermedad (covid-19) están comenzando a cuestionarlo. Claro está que no se atreven a decirlo en público. En primer lugar, porque no quieren pasar por tontos, pues si gobernantes y gente especializada lo están haciendo, por algo será. Y en segundo lugar, porque no quieren proyectar una imagen de poca humanidad, de estar más preocupados de la plata que de la vida, de ser tildados de“mercantilistas que protegen a Wall Street”.

Las cuarentenas permiten aplanar la curva de infección, pero no existe seguridad alguna de que las cuarentenas indefinidas y totales logren realmente disminuir las muertes. Sí hay certeza absoluta del tremendo daño estructural para el bien común, no sólo por la crisis económica que genera, sino también por los efectos sociales y sanitarios que se producirán.

Partamos con las potenciales muertes que puede dejar el Covid-19. Si fueran similares a la influenza normal estacional, no estaríamos hablando de cuarentenas. Dado que esto es una historia en desarrollo, tenemos que basarnos en modelos predictivos. Hay bastante evidencia, según está siendo denunciado por especialistas, que las decisiones de reclusión que se están tomando, basadas en proyecciones del Imperial College, no fueron las adecuadas. John Ionanidis, epidemiólogo de Stanford, opina que los datos recopilados hasta ahora sobre cuántas personas se infectarán y cuántas morirán están muy lejos de ser confiables por la alta variabilidad de resultados. Con un rango enorme, que fluctúa entre el 0,05% y el 1% de la población, el rango de muertes en EE.UU. podría ser cualquier cosa entre 167.000 y 3 millones de personas, y en Chile entre 8.750 y 175.000 personas. El crucero que recientemente quedó totalmente aislado, pero que tenía una interacción altísima entre pasajeros y tripulantes, tuvo una tasa de contagio de solamente el 20%, y una tasa de mortalidad de 0,85%, que si bien es cercana al límite alto del rango antes mencionado, no es representativa, porque hay una sobre-representación de adultos mayores. En condiciones de menor interacción, mayor prevención (higiene, contacto), confinamiento de los infectados, y población que represente adecuadamente la media de un país, es altamente probable que el grado de letalidad potencial de ese crucero fuera mas cercano 0,05%, es decir, menor a la influenza estacional que nos achaca todos los años.

El tremendo daño económico y financiero que crearán cuarentenas sucesivas no debe asociarse solamente a Wall Street ni a los ricos de turno.

Y para aquellos que piensen que ante la mera posibilidad que el 1% pueda darse convenga extremar la precaución, sírvanse notar que ese número ya está siendo cuestionado incluso por el propio Neil Ferguson, el epidemiólogo del Imperial College de Londres, quien fue el que calculó las proyecciones que han dado pie a las medidas que se están tomando. En una reciente entrevista comenzó a advertir que las proyecciones de muertes publicadas en su paper debían ser masivamente disminuidas (sic), a tal punto que de las 500 mil personas que supuestamente iban a fallecer en el Reino Unido por el Covid-19 según su modelo inicial, sólo debieran morir, “mas o menos, 20 mil personas (sic). No sólo una tremenda diferencia, sino también un tremendo error.

El drama, según Pablo Goldschmidt, virólogo jubilado del Ministerio de Salud de Francia, es que las proyecciones iniciales de Ferguson fueron adoptadas por todos los gobiernos por consejo de la Organización Mundial de la Salud, sin que esta institución las haya previamente discutido ni validado antes de recomendarlas. Goldschmidt no tiene pelos en la lengua cuando acusa de incompetencia al OMS por el pánico e histeria que generó en el mundo entero, dando recomendaciones drásticas basadas en modelos no probados que ahora resultan ser incorrectos. Esta histeria generó la aplicación global de cuarentenas y distanciamiento social prolongado, que no sólo tienen repercusiones negativas en lo económico, sino también en lo social y en lo sanitario.

El tremendo daño económico y financiero que crearán cuarentenas sucesivas no debe asociarse solamente a Wall Street ni a los ricos de turno. Partiendo de la base que hay 700 mil empresas que pagan impuestos en Chile, el problema económico y financiero golpeará a una gran cantidad de micro, pequeñas, medianas y grandes empresas. Y las golpeará mortalmente. Llegar a tasas de desempleo que ronden el 20% (más o menos 5%) no es un escenario de ciencia ficción, sino altamente probable. De hecho, la reciente encuesta de LyD muestra que el 69% de los encuestados tiene un temor alto, y muy alto, de perder el empleo en los próximos meses.

Con ese desempleo no sólo aumentará el caos social, sino también las enfermedades, entre ellas el cáncer, la hipertensión y la depresión, generados por stress de estar desempleado y no poder proveer las necesidades básicas para el hogar. Más aún, como bien lo describe Steven Woolf, director del Centro de Sociedad y Salud de la Virginia Commonwealth University, el ingreso familiar es uno de los predictores más sólidos para predecir la salud personal y familiar. Siendo esto así, es posible predecir que el elevado desempleo que generará la crisis económica va a terminar dañando la salud y la vida de todos los sobrevivientes, algo así como el 99,95% de la población. Aquí ya tenemos un primer indicio que aplicar una medicina drástica, en la esperanza que disminuya las muertes por el Covid-19, también tendrá un impacto colateral no menor en la salud y calidad de vida de los sobrevivientes.

Existe un potencial peligro de revueltas por llamados a rebelión, tanto espontáneas como organizadas.

Desde otro punto de vista sanitario, el foco en el Covid-19 implica que mucha gente con enfermedades cardiovasculares, diabetes, y urgencias estén siendo dejadas a un lado, aumentando con ello el riesgo de su fallecimiento. Por su parte, las cuarentenas prolongadas no sólo aumentan el riesgo para los adultos mayores, dada la convivencia bajo un mismo techo de niños, jóvenes y adultos, sino también el rebrote epidemiológico posterior. Otro indicio de que la medicina drástica tiene costos colaterales en la vida de las personas.

En relación a las consecuencias sociales, estas ya se están comenzando a manifestar en Italia, país que es un buen laboratorio para deducir la reacción social a cuarentenas que exceden las dos semanas. En la zona de Sicilia ya comenzó una tremenda emergencia social, con alcaldes y medios de información reclamando que “la gente tiene hambre” porque no tiene plata para comprar por falta de trabajo. Las fuerzas de seguridad tuvieron que comenzar a proteger a supermercados y locales de hordas hambrientas que entraron a robar. Existe un potencial peligro de revueltas por llamados a rebelión, tanto espontáneas como organizadas. Para las organizaciones criminales y/o mafiosas, el coronavirus está representando una óptima oportunidad para potenciar su negocio, lo cual aumenta aún mas el riesgo de desborde social del tipo que tuvimos en Chile en Octubre del año pasado.

Si la cuarentena fuera puntual y corta, nadie estaría hablando de crisis económica. Sería como cerrar un mes por vacaciones. El gran problema es que estos momentos no hay certeza respecto a cuántas cuarentenas, y por cuanto tiempo cada una, serán necesarias para minimizar las muertes. Más aún, ¿que pasará con los rebrotes sucesivos, como los que está empezando a tener China? ¿Y con las mutaciones virósicas que volverán a aparecer? ¿Entraremos entonces en una vorágine de cuarentenas sucesivas y prolongadas? Esa tremenda incertidumbre, que nadie está acotando, genera decisiones apresuradas y drásticas en todos los agentes económicos.

El mundo está viviendo, a la fecha, tres alternativas para enfrentar el Covid-19. La primera es la china, donde se aplicó una estrategia de supresión regional, con un bloqueo a las actividades productivas y prestación de servicios (lockdown), cierre de fronteras regionales, restricciones de viaje y prohibición de reuniones. Esa experiencia mostró 3 etapas. A partir del momento en que se decretó el lockdown, comenzó la primera etapa de “shock” económico severo. A los 15 días, cuando se llegó al peak de infectados diarios, comenzó la segunda etapa, que duró unos 30 días, de “slowdown”, con operaciones que empezaron a funcionar lentamente. A los 45 días del lockdown, las actividades productivas y prestación de servicios comenzaron a recuperarse en forma gradual.

La segunda experiencia es la italiana, que terminó aplicando una estrategia de supresión total. La primera etapa, (shock económico) ya sobrepasó los 25 días desde que se decretó el lockdown. Y es altamente probable que la etapa 2 (slowdown) se extienda mas allá de los 30 días. De manera que la etapa 3, de recuperación, probablemente no comience antes de los 70 días desde el momento del lockdown. Esto es todavía una historia en desarrollo.

Todo indica que esta guerra contra el Covid-19 tiene que ser “quirúrgica”, del tipo ataque con drones, y no “total”, del tipo bomba atómica; una estrategia mas cercana a Suecia que a Italia o España.

La tercera experiencia es la sueca, que aplicó una estrategia de mitigación, prohibiendo las aglomeraciones públicas superiores a 50 personas, cerrando las instituciones de educación superior, y sugiriendo que trabajen desde su casa aquellos que puedan. Ello en un contexto de 3.000 casos confirmados, y 100 muertes hasta la fecha. Suecia está tratando de aplicar una medicina mas balanceada, tratando de proteger a los grupos vulnerables e inhibiendo la propagación del virus para no sobrecargar al sistema de salud, pero al mismo tiempo tratando de reducir las consecuencias económicas y sociales de la medicina aplicada, manteniendo en funcionamiento la economía y protegiendo a las empresas con paquetes de estímulos financieros. Sin lugar a dudas, la decisión de los líderes suecos es arriesgada, pero para eso están precisamente los liderazgos que se requieren en tiempos de guerra.

Dado lo anterior, existen dos grandes caminos: la estrategia de supresión (parcial o total) que debiera durar entre 45 y 80 días, donde la actividad económica sufre una enormidad. Cuanto más cercano a los 80 días, mas complicada será la crisis. Y el otro camino es la estrategia sueca, donde hay una disminución de la actividad económica general, pero lejos de un shock, salvo algunos sectores específicos como convenciones y turismo. En ambos casos no existe certeza de las reincidencias (nuevos contagios) y de los fallecimientos. Pero en el caso de la estrategia de supresión es factible pensar en una curva de “v” (caso chino) o “u prolongada” (caso italiano y español), mientras que en el caso sueco es una caída suave de la actividad por un período mas largo, pero sin tener que asumir el costo de una crisis estructural.

Todo indica, a estas alturas, que esta guerra contra el Covid-19 tiene que ser “quirúrgica”, del tipo ataque con drones, y no “total”, del tipo bomba atómica; una estrategia mas cercana a Suecia que a Italia o España. Esto no pasa por minimizar al Covid-19, ni tampoco por despreciar las vidas humanas, sino simplemente por poner en la balanza todos los aspectos del bien común, donde el riesgo de fallecimientos por Covid-19 debe contrastarse con los daños colaterales de aplicar una medicina drástica, que termina siendo peor que la enfermedad para el 95,95% de la población sobreviviente (fallecimientos colaterales, menor salud, menor expectativa de vida, menor calidad de vida, mayor violencia, etc.).

Chile ya comenzó con una estrategia de supresión parcial, con dos semanas de cuarentena en varias comunas. Si de esto pasáramos a una estrategia sueca de mitigación, podríamos pensar de un shock inicial de dos semanas, a una recuperación a partir de ese momento, evitando el shock. Tal como mencioné en mi columna de la semana anterior, lo ideal sería que el gobierno trace una hoja de ruta, basada en la estrategia que adopte, para que los agentes económicos sepan a que tiempos deben atenerse.

Ojalá que en Chile, pasado este período de supresión focalizada, dejemos a un lado la histeria de aquellos que reclaman medidas más drásticas, actuemos con un criterio de costo/beneficio, sepamos asumir el riesgo, y reclamemos y apoyemos al gobierno para que se aplique lo mas parecido a la estrategia sueca. Con ello vamos a beneficiar el bien común de todos los chilenos.

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