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Publicado el 12 de junio, 2019

 Gabriel Berczely: La indemnización por despido: un sistema nefasto que atenta contra el desarrollo de Chile

Empresario y académico Gabriel Berczely

Debido al tremendo costo social que tienen los sistemas rígidos, las legislaciones fueron buscando un equilibrio entre la estabilidad laboral, la movilidad para el empleado y la flexibilidad para el empleador. Es hora que en Chile tengamos líderes políticos, empresariales y sindicales que miren el largo plazo.

Gabriel Berczely Empresario y académico
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En una reciente columna comenté que la indemnización por despido no es un derecho adquirido sino una mera expectativa, y como tal tampoco puede considerarse un patrimonio. Y que si se trata de proteger al más débil, debieran considerarse como tales tanto a empresarios como a empleados. En esta columna quisiera ahondar sobre lo nefasto del sistema actual para empleados, empresarios y la sociedad en su conjunto.

Empecemos por los empleados. Un estudio elaborado por Mandomedio en septiembre de 2018 determinó que casi el 90% de los empleados cambiaría de empleo si tuviera la oportunidad de hacerlo. Un sondeo posterior, publicado en El Mercurio en diciembre de 2018, mencionaba que cerca del 60% de los trabajadores entre 36 y 70 años consideraba que la pérdida de la indemnización por despido era un factor decisivo para no cambiar de trabajo. Dicho porcentaje subía al 91% en el caso de operarios. La implicancia lógica es que, si alguien quiere cambiar su trabajo por alguno más cercano a su casa, o que pague un poco más, o que sea más interesante, tiene que hacerse despedir.

Siguiendo con los empleados, un estudio de Cadem de mayo de 2019 muestra que el 76% de la población reconoce estar endeudada, y un 69% considera que es muy difícil pagar sus deudas. ¿Cuál es el camino más fácil para pagar las deudas? Hacerse despedir para pagarlas con la indemnización cobrada.

¿Qué clase de sociedad se va conformando cuando los empleados buscan, por razones bastante lógicas, ser despedidos?

Un tercer factor que promueve la idea de hacerse despedir es el tope de 11 años que tiene el actual sistema. Pasado ese tiempo no se sigue acumulando indemnización, y por ende es bastante razonable querer ser despedido para comenzar de cero en otro lugar.

Un cuarto factor es la jubilación. En muchos países el empleado debe jubilarse automáticamente al llegar a la edad correspondiente, pero en el caso chileno puede seguir trabajando. Como sólo cobra indemnización si es despedido, lo lógico no es jubilarse, sino hacerse despedir, y jubilarse después.

¿Qué clase de sociedad se va conformando cuando los empleados buscan, por razones bastante lógicas, ser despedidos? ¿Cómo afecta eso la salud mental de trabajadores que siguen dedicando 45 horas a la semana a un trabajo del cual buscan ser despedidos?

Si pasamos al mundo de la empresa, un 99% son pymes que no tienen recursos financieros para pagar indemnizaciones, de manera que el actual sistema les quita flexibilidad para adaptarse al cambio. ¿Cómo se ve afectado el ambiente laboral de una empresa, y su potencial conflictividad, con empleados que quieren ser despedidos? ¿Cómo afecta ese ambiente laboral la productividad de las empresas?

¿Para que cambiar un sistema que les permite “amarrar” a empleados que tienen poca libertad para mandarse a mudar?

La consecuencia lógica del sistema actual es que vivimos en una sociedad donde muchos trabajadores necesitan ser despedidos, se contrata lo mínimo indispensable, se trabaja en un ambiente laboral potencialmente conflictivo, y en cual los emprendedores terminan encorsetados en un sistema que les quita flexibilidad, precisamente en el momento que deben dejar de ser una start-up para convertirse en una scale-up.

Ahora bien, si el sistema actual es nefasto para la sociedad en su conjunto, ¿por qué se mantiene? La respuesta es simple: una visión cortoplacista paraliza a la sociedad. A muchos líderes empresariales le conviene el sistema actual pues cualquier cambio, como ser la flexiseguridad, o el sistema de indemnización a todo evento que tienen las empleadas domésticas, aumenta su costo laboral. Y además, ¿para que cambiar un sistema que les permite “amarrar” a empleados que tienen poca libertad para mandarse a mudar?

A muchos líderes sindicales tampoco les conviene un cambio, porque el sistema actual les da poder, dado que la única manera que tienen los empleados para negociar aumentos es a través de negociaciones colectivas.

Los líderes políticos no tienen incentivos para promover cambios que la sociedad no visualiza necesaria, y que por ende genera costos políticos.

A pesar de ello, en los últimos años, y en todo el mundo, debido al tremendo costo social que tienen los sistemas rígidos, las legislaciones fueron buscando un equilibrio entre la estabilidad laboral, la movilidad para el empleado y la flexibilidad para el empleador.

Es hora que en Chile tengamos líderes políticos, empresariales y sindicales que miren el largo plazo, y es hora que la sociedad entienda que proteger al más débil es proteger tanto a empleados como a empresarios, y que el costo que implica un sistema solidario que proteja a la persona, promueva la movilidad del trabajador y la flexibilidad del empresario, deba ser costeado por la sociedad en su conjunto, no sólo por empleados o por empresarios.

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