En filosofía política, los conservadores son aquellos que favorecen el uso de la fuerza del estado para conservar o restaurar tradiciones religiosas, sociales o políticas. El uso del estado para prohibir distingue a la derecha tradicional de la centro-derecha liberal, pues los primeros son partidarios de leyes que permitan conservar tradiciones, tales como la prohibición de divorciarse o del matrimonio entre personas del mismo sexo, mientras que los segundos pueden ser igual de conservadores en lo valórico, pero consideran que no debe usarse al estado para imponer tradiciones religiosas, sociales o políticas. Esta es la primera diferencia entre la centro-derecha liberal y la derecha conservadora.

Desde el punto de vista económico, muchos argumentan que ambas derechas tienen visiones similares. Esto no es del todo cierto, porque si bien comparten visiones técnicas de cómo manejar la economía, difieren en la forma de introducir los cambios. En la práctica, el conservadurismo económico termina siendo un dique de contención a los cambios necesarios que genera la evolución de una sociedad. El sistema de pensiones es un buen ejemplo de ello. Por razones de baja cotización porcentual, lagunas de imposición, informalidad laboral, aumento de la expectativa de vida y bajas tasas de interés que afecta a la renta vitalicia y el crecimiento del sueldo real, la tasa de reemplazo promedio en Chile -pensión percibida versus último sueldo- terminó siendo cercana al 30%. La derecha conservadora, en lugar de introducir cambios al sistema, se atrincheró en la defensa de las AFP, como si todo el tema pasara por la dicotomía entre sistema de reparto o sistema de capitalización individual. Ante el riesgo de abrir una caja de pandora que pudiera poner en peligro el sistema de capitalización individual, prefirió no introducirle los cambios que el sistema pedía a gritos, como por ejemplo ampliar la cotización individual hacia otras opciones privadas y estatales, aumentar gradualmente el porcentaje de imposición, cubrir las lagunas previsionales mediante el seguro de cesantía, anclar la edad de jubilación a la expectativa de vida, e introducir un componente solidario vía impuestos generales. Ese atrincheramiento de la derecha no solo terminó potenciando el movimiento No + AFP, sino que propuestas hechas durante el gobierno de Bachelet II terminaron siendo más gradualistas que el actual proyecto de Piñera II. Lo mismo puede decirse del sistema de salud o de la solución al déficit habitacional.

Ese conservaturismo económico lleva a la derecha a enfatizar la “técnica” por encima del problema que debe resolverse. Por ejemplo, la autonomía del Banco Central, el sistema de capitalización individual y el sistema de las ISAPRES, en lugar de transmitir el objetivo a perseguir, esto es, la conveniencia de controlar la inflación, o la necesidad de contar con pensión y salud digna. El problema es que no solo se trata de un mensaje, sino de un atrincheramiento en soluciones técnicas específicas que no contemplan una adaptación a la realidad política y social. La mejor prueba de ello es basar toda la argumentación en las ventajas del modelo económico que nos permitió bajar la pobreza de un 50 al 8%, cuadruplicar el ingreso per cápita de los chilenos, resolver los problemas de agua corriente y alcantarillado, etc., sin empatizar que “con más de lo mismo” difícilmente resolvamos antes de 30 años los problemas de pensiones, salud, educación y vivienda. Chile no quiere “business as usual” sino la disminución de desequilibrios que se volvieron irritantes e intolerables. Al final del día, atrincherarse en visiones conservadoras, tanto en lo valórico como en lo económico, sirven de poco si en el corto plazo terminamos con cambios radicales. La experiencia demuestra que lo ideal siempre es enemigo de lo bueno, por lo que se requiere una mirada más amplia y menos dogmática. He aquí, entonces, una segunda gran diferencia entre la derecha conservadora y la centro-derecha liberal.

Cada uno de estos dos factores -el valórico y el económico– por sí solos probablemente no justifiquen una separación del bloque. Pero hay otros dos factores adicionales que inclinan la balanza a salirse de Chile Vamos.

En primer lugar, conformar una alianza con dos partidos que, si bien disminuidos, siguen siendo grandes, implica para la centro-derecha liberal seguir siendo el vagón de cola de una alianza en la cual no tienen mucha influencia. En segundo lugar, conformar una alianza con partidos que históricamente estuvieron muy relacionados con el gobierno militar impide la conformación de un bloque de centro que incluya a la centro-izquierda. En un país donde las elecciones y las encuestas demuestran que la población es moderada, las fuerzas de centro debieran tener mucho más peso que los extremos.

Es hora entonces que los partidos de derecha dejen de usar la palabra “centro”, porque en esencia gran parte de su dirigencia sigue siendo conservadora. También es hora de que los militantes liberales de esos partidos conservadores dejen de serlo, y pasen a formar parte de una centro-derecha potente. En otras palabras, que los conservadores se aglutinen alrededor de José Antonio Kast, y los de centro-derecha alrededor de Evópoli. Y que estos últimos hagan un esfuerzo serio para conformar una alianza de centro con todos aquellos centro-izquierdistas que quedaron huérfanos en esta radicalización que tuvo la izquierda.

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