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Publicado el 08 de enero, 2020

Gabriel Berczely: La ceguera de la derecha

Empresario y académico Gabriel Berczely

Más que lamentar la falta de valentía para venerar nuestro exitoso pasado, lamentemos la falta de empatía y apoyo solidario de la derecha para resolver definitivamente los temas urgentes de jubilación y salud. Y más que seguir reclamando al gobierno para que se ponga los pantalones, asumamos la realidad y veamos una manera mas práctica para canalizar nuestra indignación y frustración.

Gabriel Berczely Empresario y académico

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Esta columna la quiero dedicar a todos los que, siendo de derecha, despotrican contra el Presidente Piñera por su «falta de coraje» para manejar la violencia, y su «debilidad» para enfrentar las injustas críticas que hace la izquierda al exitoso modelo chileno.

Parto aclarando que soy de derecha liberal, tanto en lo económico como en lo valórico, y que Piñera no fue, ni es, santo de mi devoción. Creo en el capitalismo, en el mercado, en un estado pequeño y en la meritocracia, pero al mismo tiempo creo que los capitalistas tenemos que ser solidarios con aquellas personas que el sistema deja rezagadas, no sólo por razones éticas y humanitarias, sino también por razones prácticas. Como liberal, soy un firme convencido de la necesidad de regulaciones y des-regulaciones para que la economía no sea capturada por los vivos de turno, y que no son solamente algunos empresarios, sino también algunos sindicalistas, gremios, políticos, ONG, etc.

En esta columna quiero responder dos preguntas: (1) ¿Estamos enfrentando un problema social o un estallido injustificado? (2) ¿La violencia, se debe a la «falta de coraje» del Presidente Piñera, o a un sistema que lo tiene atado de manos?

Para responder la primera pregunta parto con el argumento sostenido por muchos en la derecha, que Chile no está enfrentando un estallido social que tiene asidero, sino un estallido de violencia promovido por el relato mentiroso de la izquierda que terminó convenciendo a una buena parte de la población, incluso a empresarios, que el modelo económico chileno derivó en injusticia, pobreza, abuso e inequidad. Esta exitosa difamación a un modelo que generó evidentes e indesmentibles beneficios, no sólo en lo económico sino también en lo social, ha generado una enorme indignación, no sólo en la derecha sino también en la centro-izquierda. Lamentablemente, la reacción de la derecha mas profunda se limitó a defender la validez del modelo, circulando cuadros y gráficos que demuestran los grandes adelantos que tuvo el país en los últimos 35 años, sin darle la debida relevancia a algunos pocos problemas, pero de gran impacto, que requieren solución ahora y no en 30 años más (para mas información, ver mi columna anterior, “Los rezagados del sistema”).

Si en lugar de focalizarse solamente en la defensa acérrima del sistema, hubiesen planteado además soluciones concretas a los problemas, es altamente probable que hoy no tendríamos movimiento No+AFP.

Esa férrea defensa terminó derivando en ceguera, y un buen ejemplo de ella es la defensa del sistema de AFP. Es una realidad indesmentible que, a medida que los chilenos de clase media se jubilan, pasan a ser clase pobre. Con una población compuesta por 2,3 millones de adultos mayores de 65 años (11,8% del total), la cantidad de gente angustiada no es menor, especialmente si adicionamos a sus hijos, que son los que suelen tener que financiar el desfase de caja de sus padres. La derecha se limitó a respaldar y defender la exitosa gestión de las AFP, sin dedicar esfuerzos y verdadera preocupación por resolver los problemas del diseño original del sistema (baja tasa de cotización, inexistencia de un pilar solidario, y falta de obligación de cotizar por parte de los independientes), y por realidades difíciles de pronosticar en su oportunidad (mayor expectativa de vida, crecimiento importante del salario real y tasas de interés cercanas a cero). El resultado es que, a pesar del excelente desempeño de las AFP en materia de manejo financiero de sus carteras, las jubilaciones están lejos de ser dignas para un importante segmento de la población. Si en lugar de focalizarse solamente en la defensa acérrima del sistema, hubiesen planteado además soluciones concretas a los problemas, es altamente probable que hoy no tendríamos movimiento No+AFP.

Al problema jubilatorio podemos sumarle la muy deficiente labor que brinda el estado en materia de salud (Fonasa y precios de medicamentos), leyes laxas en materia de abuso (empresarial, institucional, sindical, del estado y de individuos), y un pésimo sistema judicial absolutamente ideologizado, que no resuelve los casos en tiempo y fondo. En definitiva, hay suficientes evidencias como para respaldar la validez del estallido social, el cual obviamente no responde a la gestión del actual gobierno, sino a la falta de empatía y diligencia de los gobiernos de los últimos 20 años.

Los rezagados del sistema podrán ser una minoría del sistema, pero suficientemente grande como para juntar 1,2 millones de marchantes, y con suficientes argumentos como para lograr el apoyo de una gran parte de la población, entre los cuales figuran muchos hijos de la élite de derecha. Sin lugar a dudas que el estallido social fue aprovechado por la izquierda violentista (Partido Comunista y el Frente Amplio) para reclamar por la renuncia del Presidente Piñera, y exigir el cambio del “modelo”, pero ello no implica negar la justificación de un estallido social generado por los rezagados del sistema, que se cansaron de un estado que no resuelve dos necesidades básicas, jubilación y salud, y de otros que, si bien son secundarios, no son menores, tales como el Transantiago.

Pareciera ser que al 20% de la población asegurada en las Isapres le cuesta entender lo que significa estar en Fonasa.

Para todos los segmentos socio-económicos resulta fácil conectarse con la irritación y frustración que implican los abusos de todo tipo, porque los sufrimos todos. Pero pareciera ser que para los segmentos de élite es muy difícil ponerse en los zapatos de los rezagados para entender la frustración y angustia que genera jubilarse con un ingreso que no les permite mantener un estándar de vida básico. Pareciera ser que al 20% de la población asegurada en las Isapres le cuesta entender lo que significa estar en Fonasa. Y obviamente mas lejano aún es conectarse con la experiencia diaria de perder 3 a 4 horas en el Transantiago.

Yo le pediría a los economistas que, en lugar de pegar el grito en el cielo por el descuadre de las cifras macroeconómicas, apliquen la sapiencia para ver cómo resolver los dos problemas que probablemente expliquen el 80% a 90% del estallido social, esto es, la jubilación y la salud. Con medidas sostenibles y dignas, que no resuelvan el problema en 30 años más, sino ahora. Y al abrirse a esa requerida creatividad, tengan en cuenta que cualquier costo que implique una mejora del sistema va a ser menor que el costo de estallidos sociales permanentes. La solución no necesariamente pasa por aumentar impuestos, sino por aplicar mayor solidaridad (aumento de la imposición para conformar una primera capa de mínimo jubilatorio por reparto), por regular mejor (precio de medicamentos y abusos) y por modernizar el estado (Sename, Fonasa y eliminando una gran cantidad de grasa y gasto capturado por operadores políticos de derecha e izquierda).

¿Que es difícil lograrlo? Obvio, por eso no fue corregido hasta ahora. Pero esta es la gran oportunidad que tiene la derecha para lograr los cambios necesarios, porque existe suficiente agua en la piscina para tirarse. Chile ha sido pionera en implementar modelos económicos que pocos se atrevieron (AFP, apertura económica, Banco Central independiente, concesiones, etc.), de manera que volvamos a ser pioneros y creativos para solucionar un problema evidente en lugar de atrincherarnos para defender ciegamente un modelo exitoso. La gestión del ministro Briones me genera mucho optimismo en esta materia.

Y esto me lleva al segundo tema de mi columna, esto es, la reclamada «falta de coraje» del Presidente Piñera. Yo pregunto a todos aquellos que en las redes exigen que Piñera se «ponga los pantalones», al estilo de las películas Harry el Sucio o Rambo: ¿estarían dispuestos a asumir ese rol si fueran presidentes? Porque la realidad está lejos de las fantasías de Hollywood.

Con un congreso que no quiere despachar leyes anti-encapuchados, anti-barricadas y anti-vandalismo, y con un sistema judicial que no permite encarcelar a los encapuchados, y que sanciona las acciones vandálicas como hurto simple en lugar deshabitado, imposible que el gobierno pueda resolver la violencia.

Partamos por la herencia que tuvo el gobierno en materia de Carabineros, una Institución golpeada por fraudes internos y falta de modernización, y que simplemente no fue entrenada para controlar desbordes sociales, ni violencia organizada ni tampoco la corrupción narco. Sumemos la Agencia de (des)Inteligencia, y podremos concluir que Piñera no heredó precisamente organizaciones confiables para los desbordes sociales, y menos aún para controlar bandos de narcos, anarcos y barras bravas, cuyo objetivo único es la violencia y el vandalismo.

Si más encima, y con “pocos cojones”, se generaron problemas de derechos humanos, con amplia repercusión mundial, ¿qué hubiese pasado si el gobierno se hubiese puesto “más duro”, y salido a la calle con una represión similar a lo que muestran los videos de la policía de Estados Unidos, repartiendo tiros sin preguntar mucho? ¿Quiénes, de los que piden que se «ponga los pantalones», estarían dispuestos a asumir los costos económicos y sicológicos de las denuncias en cortes internacionales en materia de derechos humanos? Porque ya son varias. Con un Congreso que no quiere despachar leyes anti-encapuchados, anti-barricadas y anti-vandalismo, y con un sistema judicial que no permite encarcelar a los encapuchados, y que sanciona las acciones vandálicas como hurto simple en lugar deshabitado, imposible que el gobierno pueda resolver la violencia. Seamos realistas: no tiene las herramientas. Otra cosa es con guitarra.

Con un 70% de la población que apoyaba la evasión del metro y el estallido social, y con más del 40% de los jóvenes entre 18 y 25 años que justificaba la violencia, ¿cuál hubiese sido la reacción de un amplio segmento del país ante una gran represión que más encima no tiene apoyo legal? Fácil concluir que hubiese sido lo mismo que tratar de apagar el fuego con bencina. Basta ver el serio problema por el que está pasando el Intendente Guevara. Es fácil reclamar mano dura en una charla de amigos, y reclamar por la «falta de coraje» del Presidente. Pero, francamente, otra cosa es con guitarra.

Más que enojarnos con el gobierno, enojémonos con esos empresarios, y con aquellos que financian a las figuras y medios que han promovido la violencia de los últimos dos meses.

¿Que el gobierno debiera ponerse firme y denunciar mas fuerte aún el obstruccionismo de la oposición? Sí, pero después no nos quejemos si la oposición termina aún mas alienada y obstruccionista. Es poco realista buscar alianzas con aquellos políticos de la oposición que son razonables si al mismo tiempo se los ataca. Otra cosa es con guitarra.

En resumen, más que lamentar la falta de valentía para venerar nuestro exitoso pasado, lamentemos la ceguera, falta de empatía y apoyo solidario de la derecha para resolver definitivamente los temas urgentes de jubilación y salud. Y más que seguir reclamando al gobierno para que se ponga los pantalones, asumamos la realidad y veamos una manera mas práctica para canalizar nuestra indignación y frustración.

Para ello saquemos un ejemplo del combate al narcotráfico y al terrorismo. La investigación del origen y uso de fondos (el famoso “follow the money”) permitió disminuir el accionar de bandas. Lo mismo podemos hacer desde la derecha, descubriendo el financiamiento de aquellos políticos que promueven directa o indirectamente la violencia. Cualquier campaña para diputado o senador cuesta entre 100 y 200 millones de pesos, y gran parte de esas platas son de empresarios que financian a la DC, PPD y PS, no por convicción sino por conveniencia. Más que enojarnos con el gobierno, enojémonos con esos empresarios, y con aquellos que financian a las figuras y medios que han promovido la violencia de los últimos dos meses. Aunque sean nuestros empleadores, clientes o proveedores. ¿Tendremos los pantalones para eso?

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