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Publicado el 02 de julio, 2020

Gabriel Berczely: La borrachera populista

Empresario y académico. Presidente de Horizontal. Gabriel Berczely

La euforia es un estado emocional en el que la persona experimenta sentimientos intensos de bienestar, felicidad, excitación y júbilo. Es la sensación que deben sentir los populistas cuando, como polillas frente a la luz de las cámaras, lanzan propuestas que captan la atención de la prensa porque generan la cuña necesaria para que la gente lea sobre ellos.

Gabriel Berczely Empresario y académico. Presidente de Horizontal.

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Si bien no existe una definición concreta de populismo, a los efectos de esta columna, la definiré como una tendencia política que pretende atraer el voto de las clases populares ofreciendo promesas que no son realizables, o no son legales o, si fueran implementadas, terminarían generando grandes desajustes que luego requerirían profundas políticas de ajuste. Hay demagogos que creen en lo que dicen, y otros que acomodan su pensamiento hasta el punto de traicionarlo con tal de ganar votos. En todo caso, ambos terminan vendiendo humo.

En Chile, y en el mundo, estamos siendo víctimas de populismos de derecha y de izquierda, porque la demagogia no tiene domicilio. El populismo puede ser ejercido por una persona o por instituciones enteras, como el Parlamento chileno que decide avanzar con proyectos inconstitucionales por la sola razón que le parecen necesarios, a pesar de reconocer que son ilegales. También está siendo populista el Poder Judicial, al aceptar fallos que no están basados en la ley sino en lo que parece justo, es decir, popularmente deseable. Qué hablar de los partidos políticos de izquierda (y no tan de izquierda también) validando la violencia de octubre, votando en contra de propuestas como la ley antiencapuchados, o la ley anti-robo de madera en la Araucanía. Y dirigentes de la derecha con propuestas basadas en el argumento que son los únicos que entienden el clamor del pueblo. No estamos hablando de unos pocos populistas, que siempre los hubo y los habrá, sino de un grupo grande e instituciones que se han emborrachado con populismo.

Las borracheras comienzan con un estado de euforia y de pérdida de timidez. La euforia es un estado emocional en el que la persona experimenta sentimientos intensos de bienestar, felicidad, excitación y júbilo. Es la sensación que deben sentir los populistas cuando, como polillas frente a la luz de las cámaras, lanzan propuestas que captan la atención de la prensa porque generan la cuña necesaria para que la gente lea sobre ellos.

Por su parte, la pérdida de timidez es consecuencia de la disminución de la inhibición social que produce el emborrachamiento. Es un estado emocional en el que a la persona no le importa hacer el ridículo, síntoma visible cuando un populista dice tonteras que no resisten análisis alguno, sea porque están en total contradicción con la ideología de su propio sector y su propio pasado, o porque simplemente son inconsistentes con la realidad histórica. En el primer caso ocurre cuando alguien de derecha propone medidas que van, por ejemplo, en contra del crecimiento, o de la propiedad privada o de cualquier principio fundamental de ese sector. En el segundo caso ocurre, por ejemplo, cuando algunos parlamentarios nos quieren vender el humo venezolano, o la idea de que los impuestos no afectan la inversión y/o el crecimiento.

¿Qué podemos hacer para promover la abstinencia populista? Bajar la ansiedad de quienes lo practican. Esta es una emoción que surge cuando una persona siente que va a perder un bien preciado, como por ejemplo la dieta parlamentaria, y termina arrojándose al lado oscuro de la fuerza, proponiendo ideas populistas con tal de mantenerse en la primera plana. La limitación a las re-elecciones disminuye esta ansiedad de decir cualquier cosa con tal de ser re-elegido. Claro que para algunos eso genera otra ansiedad, que es la sobrevivencia post vaquita lechera, pero el costo de esta ansiedad, a diferencia de la borrachera populista, no lo paga la sociedad.

Ojalá vayamos descubriendo otras pócimas para ir disminuyendo esta grave borrachera populista. ¿Habrá que ir formando alguna institución como “Populistas Anónimos”?

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