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Publicado el 24 junio, 2021

Gabriel Berczely: Jadue, Boric y la negociación sindical por ramas: otra necrofilia ideológica

Presidente de Horizontal Gabriel Berczely

Si queremos mejorar la capacidad negociadora de los trabajadores, mejoremos su movilidad laboral, para que todos ellos puedan cambiarse fácilmente a mejores trabajos si están descontentos con el actual.

Gabriel Berczely Presidente de Horizontal
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En el primer debate entre los candidatos presidenciales Boric y Jadue, ambos plantearon su convencimiento de instaurar en Chile la negociación sindical por ramas, tema que además cuenta con el apoyo de muchos de la izquierda moderada. Esta idea, al igual que la que planteó Boric en una columna publicada en febrero pasado en El Mercurio, relacionada con la participación de los trabajadores en los directorios de las empresas, son un excelente ejemplo de necrofilia ideológica, esto es, seguir creyendo y postulando ideologías muertas y fracasadas. Veamos por qué.

El principal argumento para sugerir la negociación sindical por ramas se basa en la necesidad de equiparar el poder de negociación de los empleados con el de los empresarios. Los supuestos detrás de este argumento tenían validez 100 años atrás, cuando los modelos de negocio, y por ende las empresas, duraban décadas. Pareciera ser que ni Jadue ni Boric tomaron conciencia de que el mundo cambió. En los últimos 5 años TODAS las empresas, en todas las industrias y en todos los países, han sido amenazadas por nuevos modelos de negocio disruptivos. Los Smartphones han destruido el negocio de la fotografía, del video, de teléfonos fijos, relojes, linternas, calculadoras, revistas impresas, manuales, agendas y catálogos. El email sepultó al correo tradicional, y Wikipedia a los diccionarios y las enciclopedias. Google a las páginas amarillas y a las bibliotecas. OLX a los avisos clasificados. Spotify a las estaciones de radio, a las discográficas, a los fabricantes de CDs y cassettes, a sus equipos reproductores y las tiendas de música. Airbnb a los dueños de los hoteles. Uber y Cabify a los taxistas. WhatsApp está matando a los operadores de telefonía internacional. Netflix, Amazon Prime, Disney + y DirectvGo a la televisión abierta y de cable. Booking y Despegar  tienen en jaque a las agencias de turismo. Las Fintech a la banca y seguro tradicional. Waze acabó con la venta de navegadores GPS como Garmin. La nube está reemplazando los discos duros y pendrives. Las redes sociales no sólo están matando a los medios de comunicación, sino que también cambiaron la manera de ganar elecciones presidenciales. Amazon, Alibabá, E-Bay, Mercado Libre y Cornershop están matando al retail tradicional. Watson, el software de inteligencia artificial de IBM, está amenazando a los médicos, los abogados, y a los call centers. En cada uno de estos ejemplos no sólo se han visto afectadas las empresas específicas del rubro,  sino también todas aquellas que proveen y comercializan sus productos.

Y esto recién comienza, pues si miramos hacia el futuro cercano, el auto eléctrico matará el negocio de los talleres mecánicos, los vehículos auto-conducidos terminarán con los choferes y con la venta de autos (¿para qué comprar un auto si puedo arrendar un Uber que se maneja solo?), los ATS a los headhunters, y la robotización y automatización afectará a todos los negocios y a todos los puestos de trabajo. Y el trabajo remoto permitirá reemplazar fuerza laboral local. Es casi una certeza que en cinco años más los modelos de negocio actuales habrán perdido vigencia. Con el tsunami digital que se avecina, con empresas que duran menos de la mitad de lo que duraban 50 años atrás, y con empresarios muy atemorizados –aterrados, diría yo–, que saben que su modelo de negocio no seguirá siendo viable en el futuro cercano, es hora de ponerse al día, y considerar a las empresas como parte de la ecuación de debilidad.

Frente a esta realidad, veamos los efectos de la negociación por ramas, y para ello no usemos comparaciones con países europeos que están a años luz nuestro, sino con realidades más cercanas.

En primer lugar, la experiencia muestra un gran aumento de la inflexibilidad laboral, porque la sindicalización por ramas simplemente mata la polifuncionalidad de las personas, un tema fundamental en el mundo en que vivimos. En efecto, si soy un conductor de una grúa horquilla, o empleado en el depósito, y estoy afiliado a un sindicato específico, no podré hacer otra tarea de la que el sindicato me permita. La Argentina tiene excelentes ejemplos de cómo mover una máquina de un lugar a otro, dentro de la misma planta, involucra a 5 o más sindicatos.

En segundo lugar, los sindicatos por ramas luchan por afiliar la mayor cantidad de gente posible, porque eso les da poder y dinero. Para ello tienen que demostrar que son la mejor institución para “luchar por los derechos de los trabajadores”, con lo cual terminan promoviendo una conflictividad constante, entre empleados y empresas, y también entre sindicatos. La Argentina, nuevamente, es un excelente ejemplo de esa conflictividad, y de sindicatos, como por ejemplo el de los camioneros, luchando porque los empleados de las empresa deban sindicalizarse en su gremio en lugar de otro, incluso en contra de los deseos de los trabajadores.

En tercer lugar, la sindicalización por rama beneficia a las grandes empresas y asesina a las medianas y pequeñas. En general, las grandes empresas que son intensivas en capital (mineras, forestales, industriales) suelen pagar mejores sueldos que las pequeñas, no porque sean más generosas, sino porque requieren de gente más capacitada y experimentada, y porque la incidencia del costo laboral en el costo total es más bajo. En ese contexto, pasan a ser un benchmark salarial para los sindicatos por ramas que las empresas medianas y pequeñas no pueden asumir. Y, siguiendo el ejemplo Argentino, terminan asfixiadas con sueldos y condiciones laborales que simplemente no pueden pagar. Las empresas grandes terminan beneficiadas porque se sacan de encima a competidores pequeños pero ágiles.

Lo que es mucho peor es que esa mayor conflictividad sindical e inflexibilidad laboral no son consistentes con una política de aranceles de importación bajos, porque las empresas locales, al ser menos competitivas, terminan sucumbiendo. Para evitar su mortandad, no queda otra que protegerlas, y así se ingresa a un espiral de proteccionismo, ineficiencia, mala calidad de productos, y corrupción, que termina perjudicando a toda la sociedad. Me recuerda una experiencia que viví en el mundo naviero de Buenos Aires. Los dueños de los remolcadores incitaban al sindicato a reclamar aumentos salariales. Ante la eventual huelga de todo el sector (por ser un sindicato de rama), el gobierno aceptaba el necesario aumento de las tarifas de remolque para que las empresas pudieran pagar ese mayor costo salarial y obviamente “algo más”. Lo mismo pasaba con las empresas de estibaje y de transporte al interior de los puertos. Ganaban los empleados, los sindicatos y los empresarios, pero perdía el país, porque la situación llegó a tal punto que las empresas navieras decretaron al puerto de Buenos Aires como puerto “sucio”, y cobraban por ende un flete sustancialmente más caro que perjudicaba a toda la sociedad.

¿Es ese el camino que queremos seguir? ¿Tendrán noción estos candidatos de lo que significa la falta de flexibilidad para que las empresas puedan adaptarse a las nuevas realidades? ¿Serán capaces de entender que, a diferencia del Estado, las empresas no tienen la posibilidad de aumentar sus ingresos por decreto, y menos aún de disponer de la máquina de imprimir billetes para cubrir los faltantes?

Si queremos proteger a los trabajadores tenemos que velar por la capacidad de las empresas para adaptarse a los nuevos tiempos y seguir ofreciendo trabajos, y también por motivar a las personas a convertirse en emprendedores y a crear nuevas fuentes de trabajo.

Si queremos mejorar la capacidad negociadora de los trabajadores, mejoremos su movilidad laboral, para que todos ellos puedan cambiarse fácilmente a mejores trabajos si están descontentos con el actual, liberándolos de leyes que los encadenan. En lugar de aumentar ese encadenamiento con sindicatos por ramas, debiéramos implementar un sistema de flexiseguridad que facilite su movilidad con indemnizaciones a todo evento y vacaciones en función de la edad.

En definitiva, la solución no pasa por establecer ideologías obsoletas y fracasadas que perjudican a toda la sociedad, como la sindicalización por rama, sino por diseñar leyes que protejan a las personas y no los puestos de trabajo, que faciliten la movilidad laboral de los trabajadores y mejoren la flexibilidad de las empresas para adaptarse a los desafíos competitivos. Para ello no hace falta que tengamos Einsteins en el Parlamento, pues basta con copiar el sistema danés o finlandés de flexiseguridad.

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