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Publicado el 10 de julio, 2019

Gabriel Berczely: El tsunami inmigratorio que provocó la debacle argentina

Empresario y académico Gabriel Berczely

Al general Perón se le suele achacar la culpa de la debacle argentina, como si todo hubiese empezado con él. En realidad, Perón sólo exacerbó aún mas una cultura asistencialista, proteccionista y populista que venía cultivándose desde 1916.

Gabriel Berczely Empresario y académico
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Entre 1850 y 1900 Argentina batió un record mundial de 50 años ininterrumpidos de crecimiento del 5% anual, en un contexto mundial de crecimiento inferior al 1%. El país no sólo se había convertido en una potencia agrícola y ganadera, sino también industrial. Sin ningún tipo de subsidios, protección o regulación, la industria había crecido más que el agro, convirtiéndose en un referente mundial. En 1889 su pabellón industrial se destacaba claramente sobre el resto en la Expo Universal de París.

Cuando asume Perón en 1946, Argentina ya había descendido del cuarto lugar en el PBI mundial al puesto número 25, a pesar de las dos guerras mundiales que habían beneficiado al país y empobrecido al mundo. ¿Qué pasó con esa gran potencia agrícola e industrial que era Argentina a principios del siglo XX? ¿Qué explica su declinación constante en todos sus ámbitos (económico, político, educacional y cultural)? 

Una hipótesis plausible es que la Argentina terminó siendo víctima del tsunami inmigratorio que la azotó entre 1880 y 1910. Si bien la evidencia empírica demuestra que las oleadas inmigratorias son beneficiosas, tanto en lo económico como en lo cultural, el balance puede ser muy negativo si ésta termina por arrasar la cultura de un país pequeño como era la Argentina.

Los inmigrantes pasaron a conformar una poderosa clase media urbana, que antes no existía, y que generó fuertes tensiones en el sistema político y económico argentino al querer imponer aspiraciones sociales y económicas por encima de cualquier viabilidad económica.

Entre 1880 y 1910 ingresaron 2,5 millones de inmigrantes al país, vis-a-vis una población de 2 millones de habitantes, constituida por una pequeña oligarquía y una gran clase baja iliterada. Ese tsunami inmigratorio pasó a conformar una poderosa clase media urbana, que antes no existía, y que generó fuertes tensiones en el sistema político y económico argentino al querer imponer aspiraciones sociales y económicas por encima de cualquier viabilidad económica. Muy distinto fue el caso de Estados Unidos, donde una cantidad similar de inmigrantes se integró a un país de 63 millones de habitantes, con clases sociales muy desarrolladas, y con una cultura que podía potenciarse con los inmigrantes, pero nunca cambiarse por el bajo peso relativo de los que llegaban.

Esa nueva y pujante clase media argentina fue la que llevó a la presidencia en 1916 a Hipólito Yrigoyen, quien, ante la presión de la masa de inmigrantes, impulsó reformas sociales y económicas tendientes a redistribuir la riqueza mediante subsidios, asistencialismo, proteccionismo y una gran expansión del empleo público, todo ello mediante un fuerte aumento del gasto público financiado con inflación y endeudamiento. En los tiempos actuales hablaríamos de “la trampa de la clase media” y tildaríamos al gobierno de Yrigoyen como “populista”.

Esa cultura de seguir creyendo en el asistencialismo, proteccionismo y estatismo es la principal causa de los males argentinos, y es una enfermedad prácticamente imposible de erradicar.

En 1946 Perón llegó al poder impulsando una nueva versión de políticas populistas tendientes a favorecer a la clase baja, la gran perdedora de la década anterior, conocida como la década infame (1930 a 1943), en la cual sucesivos gobiernos militares, tironeados por la clase alta y la clase media, oscilaban entre políticas que pretendían volver a la época de oro de fines del siglo XIX y las populistas que se habían impuesto durante el gobierno de Yrigoyen. Perón exacerbó aún mas las políticas populistas, desarrollando una fuerte alianza entre el estado y los movimientos sindicales. Con ello terminó de cristalizar una cultura nacional que dio validez económica al proteccionismo, validez social al asistencialismo, validez política para culpar al imperialismo mundial de los males argentinos, y lo que es peor, validez moral para exigir derechos sin obligaciones, y quitarle al que tiene para darle al que no tiene.

La gran riqueza argentina evitó el colapso inmediato que en otros países hubiese generado el populismo. Pero, al mismo tiempo, esa suave pero constante declinación fue provocando en el tiempo una infección viral, que consolida políticas tipo “Robin Hood”, supuestamente beneficiosas para el pueblo, sin percatarse, tal como rana que se cocina en una olla, que esas políticas terminan en culturas “Hood Robin”, donde unos pocos deshonestos se enriquecen a costa de todo un pueblo que sigue creyendo que el origen de sus males fue el imperialismo, y posteriormente el neo-liberalismo, que dicho sea de paso, nunca fue realmente impulsado, ni siquiera por el gobierno de Macri.

Esa cultura de seguir creyendo en el asistencialismo, proteccionismo y estatismo es la principal causa de los males argentinos, y es una enfermedad prácticamente imposible de erradicar. Lamentablemente Argentina fue el país del siglo XIX, se lo consideró el país del futuro durante el siglo XX, pero difícilmente algún día sea el país del presente.

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