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Publicado el 13 de noviembre, 2019

Gabriel Berczely: Chile: Entre Venezuela y Australia

Empresario y académico Gabriel Berczely

La presente crisis es una tremenda oportunidad para que la totalidad de la élite chilena tome conciencia que la inequidad es un muy mal negocio, y que debe resolverse a la brevedad posible, y no en treinta años más esperando que el crecimiento del país haga su trabajo.

Gabriel Berczely Empresario y académico
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Pues bien, Chile despertó, pero lamentablemente lo hizo con una destrucción y violencia inaudita e inesperada. Más que un estallido social, tuvimos un estallido de violencia coordinado por anarquistas, PC, Frente Amplio y Venezuela-Cuba. Si bien el porcentaje de anárquicos y vándalos sólo representa un ínfimo porcentaje de la población, es indiscutible el respaldo popular al robo y a la violencia, dado que el 70% de la población apoya la evasión de pago en el metro y más del 40% de los jóvenes entre 18 y 25 años justifica la violencia desaforada. Las tiendas no sólo son saqueadas por anárquicos, vándalos y narcos, sino también por ciudadanos “normales”, tal como buitres al acecho de la carroña restante. Es de esperar que el apoyo a los violentistas vaya cediendo con el tiempo, pero con los fake news mintiendo y los noticieros de la televisión desinformando, nada bueno podemos esperar.

Ante la pregunta de cómo veo el futuro de Chile, hasta ahora creía que había un 50% de chances que nos vayamos al diablo, es decir acercarnos a Venezuela, y otro 50% de chance que pudiéramos aprovechar la oportunidad para superar la trampa del ingreso medio, y con ello acercarnos a Australia en materia de desarrollo social y equidad. Pero a medida que pasan los días, mi optimismo inicial va disminuyendo.

Lamentablemente hay demasiados elementos para una conclusión pesimista. En primer lugar, la violencia y los desmanes van a continuar, porque las bandas organizadas, los anárquicos y los vándalos han tenido un gran éxito en su objetivo de demolición institucional. Y como lo que reina es la total impunidad, lo lógico sería concluir que esta lamentable senda de violencia seguirá vigente. Ningún gobierno puede sobrevivir muchas semanas en la situación que hemos vivido estos tiempos. Podrá ser muy capaz, podrá tener buenas intenciones, pero si no logra proveer lo más básico para una sociedad, esto es, seguridad, es muy difícil que logre sostenerse. Salvo que fuera una dictadura al estilo Venezuela, Cuba, Corea del Norte o China. O la que tuvimos en Chile.

En segundo lugar, la ley de la selva se ve potenciada con periodistas de TV que presentan a los vándalos y agresores como pobres víctimas de la violación sistemática. Más allá de la tendencia política que cualquiera tiene derecho a tener y a expresar libremente, es totalmente inaceptable la parcialidad informativa de los noticieros y matinales, y por sobre todo, la pasividad y negligencia de los dueños de los canales ante semejante despropósito profesional en sus empresas, un claro ejemplo de la inconciencia empresarial comentada en mi columna anterior, y que constituye el mejor ejemplo de lo que sostenía Karl Marx: los capitalistas son los únicos capaces de vender la soga con la cual los van a colgar.

El riesgo de acercarnos a Venezuela aumenta cuando se escuchan a los políticos de la oposición. Es entendible que el PC y el Frente Amplio tengan posturas alejadas de la democracia, porque en definitiva la única manera con la cual pueden acceder al poder es derribando la democracia, pero es imposible comprender que políticos de partidos tradicionales, como el PS, PPD y DC, contextualicen la violencia de tal manera que la terminan apoyando, y se opongan a cualquier proyecto de ley tendiente a controlarla. Genera indignación cuando se los escucha diciendo que la primera prioridad es resolver los problemas sociales, que ellos mismos no han logrado resolver en sus 25 años de gobierno, o cambiar la constitución actual que ellos mismos han modificado prácticamente en su totalidad con mas de 200 reformas efectuadas desde 1990. Es más que obvio que la violencia desatada no se va parar con soluciones sociales ni con una nueva constitución, sino con represión dura frente estos grupos violentistas, cuyo único interés es que caiga el sistema. ¿Serán capaces de legislar en función de las necesidades del país en lugar de privilegiar las encuestas y la pequeñez política? ¿Serán capaces de dejar a un lado ese egoísmo que los llevó a tener tan baja reputación? Cualquiera sea la respuesta, es realmente penosa y tremendamente dañina para el futuro del país.

Corona esta visión pesimista lo que muestran las encuestas. Además de los apoyos a la evasión y violencia antes mencionada, el 87% de los chilenos está de acuerdo con que Chile necesita una nueva Constitución, y mas encima el 46% está de acuerdo con que sea a través de una asamblea constituyente. El 56% está de acuerdo con una acusación constitucional contra el presidente, y un 43% cree que el conflicto se puede destrabar con su renuncia. En otras palabras, una parte relevante de la sociedad chilena considera que el gobierno actual, que apenas gobernó 6 de los últimos 30 años, es el culpable de la inequidad, y que la nueva Constitución será la solución mágica a los problemas sociales. Peor aún, creen en los cantos de sirena de aquellos que apoyan a la Venezuela de Maduro, como el senador Navarro, todos los PC y prácticamente todos los FA. ¿Será ingenuidad o imbecilidad? Da lo mismo en realidad, ambas son nefastas. Y difícil visualizar un futuro con semejante polarización.

Resumiendo, hay suficientes elementos para pensar que este camino del “sin sentido”, de la locura generalizada, y del suicidio colectivo, nos lleve a convertirnos en Venezuela. Aquellos que creen que esto es una exageración y que a lo sumo terminaremos como Argentina, están equivocados, porque dicho país es mucho más rico que el nuestro, y porque las fuerzas del triángulo de las bermudas (La Habana, Caracas y las FARC Colombianas) se asegurarán de convertir este país en un paraíso socialista donde el narcotráfico pueda moverse a sus anchas, tal como ocurre en Cuba, Venezuela y Bolivia.

Dado lo anterior, y a medida que escribo y leo esta columna, me cuesta creer que el otro escenario, el de “irnos hacia Australia”, realmente tenga algún porcentaje mínimo de ocurrencia. Sin embargo, quiero creer que todavía estamos a tiempo de sortear el precipicio.

¿En qué baso esa pequeña esperanza? La presente crisis es una gran oportunidad para derribar algunos espejismos económicos que no nos dejaron rectificar el camino a tiempo. El primero, que el sistema estaba funcionando bien, y que sólo se requería de tiempo para que el efecto cascada, o chorreo, haga su trabajo. Sin lugar a dudas ese efecto económico existe, y es el que ha sacado a Chile de la pobreza. Pero funciona muy bien para pasar del 50% de pobreza al 10%, pero no para que la clase media siga progresando, y menos aún para evitar que vuelva a ser nuevamente pobre cuando pase a cobrar una jubilación de miseria, sea esta merecida porque la persona no impuso lo suficiente, o porque lo cobrado es mucho mejor de lo que hubiese sido con un sistema de reparto. Somos muchos los que creemos en la bondad del sistema de AFP, y que creíamos que destinar el 4 o 5% adicional a un sistema solidario era técnicamente incorrecto e injusto desde una visión individualista y meritocrática. Pero a estas alturas es bastante razonable concluir que el problema de pensiones hay que resolverlo ahora y no en 30 años más. Y no sólo por razones éticas sino también prácticas. Y ello pasa por dedicar la totalidad del porcentaje de aumento al pilar solidario.

El segundo espejismo económico es que el mercado es la gran solución para todo. Sin lugar a dudas es mucho más eficiente que cualquier economía dirigida por el Estado, pero no resuelve todo. Por ejemplo, la mayoría de las personas, incluso profesionales, son incapaces de detectar el abuso de los préstamos comerciales, o la inconveniencia de un endeudamiento descontrolado, pues por algo 4,8 millones de chilenos está moroso. ¿Es razonable pensar que el mercado sabe elegir cuando se endeudan amas de casa y estudiantes que no generan ingreso alguno con el cual pagar las deudas que contraen? Los técnicos podrán decir que las grandes tiendas sabrán lo que hacen, y si no, pagarán las consecuencias. ¿Pero quién paga la frustración y enojo de millones de personas que están agobiadas por deudas vencidas? ¿Que así funciona el mercado? Bueno, puede ser, pero al final del día es la sociedad la que paga con explosiones como las que estamos viviendo.

El tercer espejismo económico es que hay que ser fiel a las convicciones económicas y políticas. Sin lugar a dudas podemos exigir lo técnicamente correcto, pero por algo la frase de que lo ideal es enemigo de lo bueno. La reintegración tributaria es un excelente ejemplo. Técnicamente correcta, pero políticamente inviable y socialmente inaceptable. Porque al final del día hay que financiar las soluciones necesarias para lograr la paz social, incluso si ello pasa por tener un sistema tributario que no nos convence. ¿Que esto afecta la inversión y crecimiento? Es cierto, pero peor es la consecuencia que estamos viviendo actualmente. Y sin lugar a dudas, lo que proponía la oposición, esto es mantener la semi-integración, bajar la tasa corporativa e incorporar elementos que promovieran la inversión, como la depreciación acelerada, era mucho mejor de lo que se terminó negociando ahora. Es decir, la exigencia de las convicciones nos llevó a la situación actual. Por algo se dice que la política es el arte de lo posible.

La presente crisis es una tremenda oportunidad para que la totalidad de la élite chilena tome conciencia que la inequidad es un muy mal negocio, y que debe resolverse a la brevedad posible, y no en treinta años más esperando que el crecimiento del país haga su trabajo. Es imposible creer en un futuro esplendoroso cuando una parte de la población vive como si fuera Londres, y otra como si viviera en África. El concepto de Ciudad Justa, de la cuál Evopoli y Felipe Kast vienen insistiendo hace años, debe materializarse cuanto antes.

Al mismo tiempo tenemos la gran oportunidad para que todo el sistema político acepte llevar a cabo una profunda modernización del estado, pues las soluciones sociales no pueden financiarse solamente con impuestos. Esto no pasa por debilitar el estado, sino por fortalecerlo en aquellas áreas que está al debe, como educación, salud, pensiones y seguridad. Disminuyendo la cantidad y costo de ministerios y parlamentarios, cortando programas que no cumplen su objetivo, reduciendo la cantidad de embajadas y consulados, dejando de aportar recursos a organismos que no agregan valor alguno (como la Cepal) y por sobre todo asegurando que la inversión que se hace en materia social llegue al destinatario final en lugar de destinarse al pago de burro-cracia. Independientemente del color político, el estado debe dejar de ser una agencia de trabajo repartiendo cargos entre operadores políticos.

Si el gobierno lograr impulsar y financiar (con impuestos y con menor gasto del estado) una agenda social que solucione ahora mismo el problema previsional, mediante la cual nadie perciba menos que 500 mil pesos de jubilación mensual, baje el costo de los medicamentos en forma drástica mediante mayor competencia y libertad (la reciente medida de autorizar la importación de cualquier medicamento por cualquier individuo es fantástica) y al mismo tiempo logre eliminar las indignantes e injustas colas de espera en el servicio de salud del estado, podríamos encaminarnos hacia soluciones de corto plazo que disminuyan fuertemente el malestar social. En el mediano plazo obviamente habrá que impulsar medidas para lograr una “ciudad justa” y para mejorar la calidad y acceso de la educación a todos los chilenos. Si logramos estas cosas, que no son tantas y que son factibles aplicando la creatividad y flexibilidad, podríamos darle una mayor sustentabilidad a un sistema que fue tremendamente exitoso, pero que dejó de serlo.

La pregunta del millón: ¿por qué le asigno alguna chance de ocurrencia a este escenario positivo cuando todo indica que el país está yendo directamente al precipicio? Lamentablemente no tengo una fórmula que me arroje un porcentaje de ocurrencia. Simplemente creo que Piñera, con todos sus defectos, tiene la resiliencia y la inteligencia para mantenerse en el cargo y liderar un cambio. Las medidas destinadas a disminuir la violencia (ley anti encapuchados y anti vandalismo, entre otras) y las negociaciones que está llevando a cabo el gobierno para descomprimir el ambiente, como la nueva constitución (aunque esto no nos guste a muchos), dan cierta esperanza que pueda apagar el incendio en la pradera. No convenciendo al PC y Frente Amplio, porque esos sólo quieren la caída del gobierno, sino logrando el apoyo de los políticos de oposición inteligentes que anteponen Chile al egoísmo del partido.

También creo que el nuevo gabinete tiene la mirada y empatía social que requieren los nuevos tiempos. Y tengo la esperanza que la gran mayoría silenciosa de este país, que no está dispuesta a auto-suicidarse y a dejarse aplastar por una minoría fundamentalista, anárquica y comunista, reaccione a tiempo para apoyar activamente a este gobierno, aunque no sea de su preferencia. Ojalá que mi menguado optimismo se cumpla y tengamos la chance de encaminarnos hacia Australia. Los próximos días dirán si las fuerzas del mal que nos impulsan hacia Venezuela van tomando más o menos fuerza.

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