¡Qué distinto sería Chile si la clase política, en vez de mirar el mundo como un juego de suma cero, entendiera el flujo circular de la economía! Estoy convencida que esa sola primera clase de Introducción a la Economía, en que nos enseñan cómo funciona una sociedad que inevitablemente está basada en el intercambio, podría evitar tantas malas políticas y visiones, que explican en parte que nuestro país haya dejado de crecer hace casi una década. 

Es efectivo que necesitamos mejorar la distribución del ingreso en Chile, pero buscar ese objetivo a través de repartir la torta de otra manera, sin hacerla crecer, nos puede llevar a que el ingreso sea aparentemente más parejo, porque los altos patrimonios se han fugado del país, y los de bajos ingresos siguen en la misma precariedad, o incluso peor. Eso es lo que ha tendido a pasar en Chile en los últimos ocho años, con un crecimiento no muy distinto a la expansión de la población, explicado principalmente porque no ha aumentado la capacidad productiva de la economía, a través del mejorar el stock de capital físico y humano, y a través de crecimientos de la productividad. En los últimos nueve años la inversión ha crecido a una tasa promedio anual inferior a 1%, insuficiente incluso para compensar la depreciación. Tampoco ha habido mejoras en el capital humano, y la productividad total de factores lleva casi dos décadas estancada. En este contexto obviamente es muy difícil que mejoren los ingresos de los grupos vulnerables, siendo esta situación una causa importante del descontento y la frustración de los ciudadanos. 

La forma en que el mundo político ha intentado resolver esta crisis ha sido a través de generar una creciente incertidumbre institucional, que, por supuesto hace muy difícil el crecimiento de las empresas, los empleos y los salarios, y que además ha generado un cambio muy significativo en las decisiones de cartera de los inversionistas. Los números son bastante elocuentes al mostrar una significativa fuga de capitales desde el estallido del 18/O. Si miramos la posición de inversión de chilenos en el exterior, dejando fuera la del sector público, que ha caído en US$15 mil millones producto de la utilización de recursos del Fondo de Estabilización Económica y Social (FEES), podemos ver que entre el tercer trimestre de 2019 y el cuarto del año pasado ha aumentado en US$130 mil millones, explicada principalmente por una salida de recursos por parte de instituciones financieras de US$77 mil millones, y de empresas no financieras y hogares de US$45 mil millones. Una verdadera fuga de capitales. Y no se trata de impedir que haya inversión en el extranjero, la diversificación de los ahorros es positiva y necesaria, y además completamente racional en el contexto que enfrentamos. Es esperable en un país que crece que la posición de inversión en el exterior vaya creciendo, y así ha sido en el pasado; lo que preocupa es el nivel, y el efecto que esto tiene. A modo de comparación, en los dos años anteriores al estallido, la posición de inversión externa aumentó en US$45 mil millones, cifra similar a la del bienio precedente. Podemos concluir entonces que la crisis institucional ha generado una fuga de capitales cercana a US$80 mil millones, recursos que en circunstancias normales estarían creando actividad económica y mejores condiciones laborales (entre los años 2010 a 2013 la formación bruta de capital promedio anual fue de US$60 mil millones). Aquí volvemos entonces al flujo circular de la economía: ¿a quién afecta esta fuga de capitales? Es probable que esas inversiones tengan una peor combinación de riesgo-retorno de lo que habrían tenido en el Chile pre estallido, pero seguramente siguen siendo alternativas positivas para los dueños de ese capital. Los verdaderos perdedores son los trabajadores, que no pudieron lograr esas mejores condiciones laborales, y que tampoco tienen la alternativa de arrancar igual que los capitales.

“El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”. Finalmente, la presión política por cambiar el modelo de desarrollo en pro de mayor equidad está logrando exactamente lo contrario. 

*Cecilia Cifuentes es economista, ESE Business School.

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