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Publicado el 07 de julio, 2020

Fredy Cancino: Resentimiento y política

Profesor Fredy Cancino

El resentimiento empaña la crítica y la razón política, eterniza el conflicto y retarda acuerdos y soluciones que la gente espera, sobre todo quienes aún se debaten en la pobreza y que no pueden actuar por sí, e impide asomarse a otros horizontes que no sean la estrecha revancha.

Fredy Cancino Profesor
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En un reciente encuentro, organizado por Proyecto Cambio Democrático, el escritor y columnista Cristián Warnken habló del resentimiento que reemplaza a las ideas y a los proyectos políticos; se refirió incluso a una especie de “partido del resentimiento” que busca siempre el culpable afuera y no en los propios errores. ¿Es un peligro ese sentimiento en la acción política y social?

Claro que sí.

En primer lugar, porque el rencor asfalta el camino a las fuerzas populistas que lo cabalgan. Son proyectos de poder político, casi siempre personales, que se fundan precisamente en una de las formas en que se expresa el descontento: el resentimiento y el odio.

Del resentimiento al odio hay un breve paso. Mientras que el resentimiento se funda sobre la percepción de un daño sufrido –que puede ser real– sin responsabilidad personal alguna, el odio es el más probable sentimiento que le sigue. Hay una relación propedéutica entre ambos estados de ánimo. Hemos visto casos concretos de quienes sitúan totalmente en terceros, en circunstancias o en sistemas políticos, las razones de sus pérdidas, fracasos y ruinas personales.

Si trasladamos esa forma de percibir la propia realidad al colectivo social, tenemos ejemplos de resentimiento político que se han transformado en verdaderas instalaciones ideológicas. Un caso cercano es la experiencia de la Unidad Popular, de la que en su tiempo formamos parte, en la que ha habido una casi total ausencia de una mirada crítica de lo que fueron los errores propios, reforzando los obstáculos a propuestas políticas nuevas que rompan añosas disputas y reconozcan energías progresistas de distinto cuño.

El resentimiento empaña la crítica y la razón política, eterniza el conflicto y retarda acuerdos y soluciones que gente espera, sobre todo quienes aún se debaten en la pobreza y que no pueden actuar por sí, e impide asomarse a otros horizontes que no sean la estrecha revancha.

Y por supuesto, es un óptimo carburante de la intolerancia, enemiga de la democracia, de la violencia política y, como padecimos desde el 18-O, de la destrucción de ingentes bienes públicos y privados, y de daño principalmente a los sectores populares del país..

Se trata de entender el rencor de los excluidos y de quienes viven en el miedo de perder todo, pero esa comprensión no debe significar la justificación de la violencia. Por el contrario, ha de ser el impulso para resolver el drama de vivir en la marginalidad, con los instrumentos de la democracia y del buen gobierno.

El resentimiento tiene sus razones: ante todo la impotencia de la política que confunde intereses propios con aquellos del bien común. Que muestra su desnudez para hacer frente, con programas viables, a desigualdades que se transforman en exclusión, a la percepción de que el desarrollo vale sólo para quienes están garantizados por el sistema y por sus propios méritos, y no para los perdedores en la gran carrera por el bienestar.

Pero más condenable que la inacción o incapacidad de la política, es la conducta de quienes, teniendo un buen vivir, emplean el resentimiento social como propia plataforma de lanzamiento político. Sea personal, sea partidaria.

Es hora de recrear la esperanza frente al resentimiento, de avanzar hacia soluciones que unan el mérito personal, aún de quienes han caído, con la construcción y consolidación de un buen Estado social y solidario para una sociedad abierta y democrática.

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