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Publicado el 6 mayo, 2021

Fredy Cancino: Política y partidos al pizarrón

Profesor Fredy Cancino

Los partidos deberían reformular sus modelos organizativos, ya no más encerrados en la frontera de sus afiliados provistos de los certificados legales otorgados por el Servel. Afuera hay un mundo mutado y mutable, donde la llamada de la política ya no significa pura militancia y se expresa en acciones y formas asociativas libres y fluctuantes.

Fredy Cancino Profesor
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El sistema político/institucional ha sido puesto en el banco de prueba desde octubre de 2019, desde aquel movimiento telúrico de violencia destructiva pero también de apertura a nuevos horizontes transformadores de la nación, léase el forzado y positivo acuerdo con el que se respondió al fantasma de la nueva Constitución que recorría desde hacía años el país.

Los partidos políticos han estado entre los primeros damnificados de los tsunamis que se sucedieron al evento del 18-O: crisis sanitaria y consecuentemente remezón económico y social. La última encuesta CEP los muestra al final de la lista de la confianza ciudadana (2%), muy por debajo de los denostados carabineros (30%), pero no lejos del Congreso (8%). Finalmente, es la política la que paga los platos rotos, la actividad que se considera como la principal responsable de los males actuales, si no de la crisis sanitaria al menos de sus secuelas económicas,  en el empleo y en el régimen de subsistencia que miles de familias están viviendo en Chile.

Lo hemos visto tantas veces y en tantos lugares: el desprestigio, el alejamiento y la hostilidad hacia la política generalmente preludian la caída de la democracia, o al menos su debilitamiento y surgimiento de redentores(as) que llegan a “limpiar la casa”, como Bukele en El Salvador o como Carlos Ibáñez y su escoba (símbolo de su campaña electoral) con que barrería la “politiquería”. Y qué decir de la muletilla de “los señores políticos” de Pinochet.

Muchos especialistas se han turnado en la cabecera de los partidos aquejados de obsolescencia, de “burbujismo”, es decir de vivir exclusivamente de sus ritos internos, alejados de la querencia ciudadana. Algunos recetan abandonarse a los vaivenes de lo popular, sin pensar en las consecuencias económicas e institucionales que el rigor y la seriedad política exigen. Como estrategia de recuperación, pienso que los partidos deberían valorizar sus propios recursos interiores y no buscar solo novedades o new entry en su equipaje político; en primer lugar sus fuentes doctrinarias (valóricas, más que ideológicas) aún válidas en un mundo necesitado de las viejas tradiciones humanistas. Deberían repensar las nuevas culturas políticas que rehúyen de las militancias adoctrinadas y, a fin de cuentas, conformistas con la corriente donde navegan con sus pares y sus dirigencias. Los partidos deberían reformular sus modelos organizativos, ya no más encerrados en la frontera de sus afiliados provistos de los certificados legales otorgados por el Servel. Afuera hay un mundo mutado y mutable, donde la llamada de la política ya no significa pura militancia y se expresa en acciones y formas asociativas libres y fluctuantes.

El mundo político nuevo no necesariamente se expresa en candidaturas electorales, no se cuenta en votos, pero sí en influencia, y desde ese ámbito ya ha vencido en Chile. El influjo de “la calle” con sus mil formas de expresión –cacerolas, marchas, whatsapp, tambores de las redes– condiciona votos congresuales y decisiones gubernamentales como pocas veces se había manifestado en las sociedades políticas del pasado.

Difícil dilema para los partidos y la política formal del país. Conciliar hábitos electorales y fidelidad militante con el emplazamiento social –impetuoso, no siempre mayoritaria pero sí muy efectista– aparece como una vía llena de baches, que requiere pericia y buenos liderazgos políticos. Las elecciones del 15 y 16 de mayo serán el examen final que la política y los partidos rendirán después de 18 meses de crisis y convulsiones sociales. La política se medirá según la cantidad de votantes que concurran a las urnas, y los partidos de acuerdo a sus bajas o alzadas de consenso respecto a sus anteriores resultados; análisis a que se deberá agregar la performance de los independientes. Más allá de los resultados de izquierdas y derechas (el centro está casi vacío), es la política en su conjunto la que saldrá al pizarrón este mes, ante el escrutinio de los millones de ciudadanos que, de acuerdo a su conciencia y reflexión, marcarán una cruz en la soledad de la cabina electoral. Como debe ser en democracia.

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