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Publicado el 27 noviembre, 2020

Fredy Cancino: Política y participación social, entre conflicto y colaboración

Profesor Fredy Cancino

Participación política no es sólo militancia o apego partidista; el compromiso político se manifiesta también como “compromiso público”; es decir, efectuar acciones por intereses colectivos que se consideran justos, y hacerlo junto a otros que comparten ese intento social.

Fredy Cancino Profesor
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La participación ciudadana, en la existencia social y política del país, es una piedra angular de la construcción llamada sociedad. Es la forma de integración social del individuo que nos lleva directo a la calidad y profundidad de la democracia. Mediante la participación, las personas seleccionan y controlan la política, la influencian o la condicionan según la fuerza y dimensiones de su accionar. Una de ellas fueron las masivas movilizaciones –una forma de participación política– de fines de 2019, que modificaron radicalmente el cuadro político nacional.

Participación política y democracia son dos conceptos que viven uno del otro, ambos con una carga valórica positiva que casi todos compartimos. Participación política no es sólo militancia o apego partidista; el compromiso político se manifiesta también como “compromiso público”; es decir, efectuar acciones por intereses colectivos que se consideran justos, y hacerlo junto a otros que comparten ese intento social. Quienes marcharon entre millones por las calles de Chile, o debatieron en los cientos y cientos de cabildos a lo largo del país, hacían política aunque a muchas y muchos de ellos la sola idea de política les repelía. Y lo hacían con  las formas de la democracia, lejos de quienes expresan su política desde la violencia y el arrebato destructor, indiferentes, escépticos o enemigos de la convivencia civil y democrática.

Participación política es una noción pluridimensional, tiene una amplia variedad de formas y de motivaciones. Se puede participar en un acto, en un proceso, o ser parte de un grupo, de una comunidad. O de un partido. Se toma parte o se es parte. De cualquier forma, se está participando en la “cosa” política.

Junto a lo que podríamos llamar formas clásicas de participación (militancia, pertenencia a grupos), se encuentran aquellos modos de participación menos convencionales, por las que Chile ha transitado el último año. Se han sucedido formas de participación disímiles y hasta contrarias entre sí (pacíficas y violentas), pero unificados por un común desapego o desprecio de la política: desde firmar peticiones, hasta adherir a boicots, ocupar edificios, marchar, dañar bienes públicos y privados, funar, debatir en plazas o cacerolear desde puertas y balcones. Todo concurre a lo que ha sido una temporada de la más alta participación política de las últimas décadas, y que hoy se prolonga en el proceso constituyente que ya preavisa nuevas maneras de participar en la vida política del país.

Como signo de los tiempos, hay otra forma de participación, tecnológica, veloz y “entretenida”: las redes sociales que se han instalado con un dominio a veces sofocante. Es la llamada sociedad de las redes en que la prevalencia de las relaciones mediáticas es un poderoso factor de modelamiento de conductas individuales, de ideas (y muchos mitos) y de relaciones políticas y sociales, con una penetración en la política desconocida en el pasado.

Es con estas formas de participación, aceleradas y a menudo caóticas, que la política debe hacer las cuentas, confrontándose y al mismo tiempo acogiendo las propuestas y exigencias de que ellas van surgiendo e invadiendo los espacios tradicionales en que se desenvuelve la elite política, el Congreso en primer lugar. Política y participación social son hoy, en Chile, dos vertientes que no se nutren una de la otra: es la política la que intenta recoger las demandas (o pretendidas tales) de la sociedad civil, a veces con vuelos pindáricos (literalmente) en el hemiciclo congresual. La sociedad civil se organiza y se manifiesta sin abastecerse de insumos provenientes de la esfera política, o por lo menos asume sólo aquellos proyectos decididamente populares, como el retiro de fondos de las AFP, iniciativas que hacen la fortuna electoral de nuevos y viejos postulantes políticos. Las pugnas y diatribas de la política poco importan. Es la constatación del creciente desamor por las instituciones políticas que irradian las formas de participación política extrapartidarias.

¿Cómo acercar esos dos mundos, el de la política y el de la participación social, en pro del evidente bien común? Los grupos sociales pueden ser anárquicos –no doctrinalmente– cuanto pueden serlo los individuos, con multitud de demandas, sin líderes ni interlocutores claros. Tampoco persiguen el poder político, sino la satisfacción de demandas colectivas que suponen acordes con el bien común. Esa es su diversidad respecto del mundo político, y también su fortaleza. No caben ni lamentos ni complacencias que paralicen los esfuerzos por la colaboración en contra del conflicto entre política y movimiento social.

Sin duda que el esfuerzo mayor deben hacerlo los actores de la política; no mediante guiños, vueltas de carnero y obsecuencias desprovistas de las razones de la institucionalidad, de la economía o del simple sentido común, sino mostrando coherencia de principios y solidez de argumentos, aunque vayan a contrapelo de las demandas –a veces extremas, o extremizadas– de los grupos sociales organizados. Así se construyen y consolidan los liderazgos políticos.

La sintonía entre sociedad civil y sociedad política es un modelo ideal, dificultoso, a veces borrascoso, pero vale la pena intentar el esfuerzo. Ello conlleva la cohesión social, los acuerdos como nación, lo que en tiempos de crisis es un precioso bien.

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