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Publicado el 5 febrero, 2021

Fredy Cancino: Nos habíamos amado tanto

Profesor Fredy Cancino

La contienda por la democracia en Chile es la narración de eventos personales y sociales, pero también es la historia de una época de pasión que movió la política hasta el logro de las libertades democráticas, de impulsos recíprocos que hacían quererse y cuidarse entre todos. El peligro era tangible y mayor.

Fredy Cancino Profesor
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“Nos habíamos amado tanto” es el título español de la inolvidable película del italiano Ettore Scola (C’eravamo tanto amati). Es la narración de vida de los personajes que se entrecruzan, ignaros de que dan curso a una historia mayor: el relato de un país que transcurre desde la liberación del fascismo a la democracia y creciente bienestar, pero también a nuevas carencias y contradicciones por resolver. Los personajes, que habían sido partisanos, proyectan la historia colectiva de Italia desde el fin de la era mussoliniana a las primeras décadas de república democrática.

Esta obra de gran poética cinematográfica nos lleva a reflexionar sobre los miles de personajes que han protagonizado el devenir de Chile desde la liberación de la dictadura hasta el día de hoy. Entre ellos habrá, por cierto, los arquetipos del filme de Scola: el trabajador idealista e ingenuo, el cínico abogado, el intelectual soñador y perdedor, la mujer práctica y a la vez ilusa del amor. La contienda por la democracia en Chile es la narración de eventos personales y sociales, pero también es la historia de una época de pasión que movió la política hasta el logro de las libertades democráticas, de impulsos recíprocos que hacían quererse y cuidarse entre todos. El peligro era tangible y mayor.

Muchos llaman épica social al movimiento que llevó al abatimiento de una dictadura que parecía férrea e inagotable. Tienen razón; la épica ya no es sólo un género literario de fantasía o de mito, ha pasado a comprender aquellos grandes movimientos sociales que cambian la historia humana. Eso fue el Chile de las postrimerías de la era dictatorial. Y como en toda épica, hubo héroes, batallas, estrategias, derrotas, errores y deserciones. Sobre todo hubo sentimientos compartidos, un quererse bien que suele emanar de aquellas luchas políticas duras y riesgosas, en las cuales sostenerse recíprocamente es indispensable para contener el pesimismo y el temor.

Pobladores de la periferia se reunían y marchaban con intelectuales, artistas y mujeres feministas. Celebridades y gente común unidos no sólo por una meta clara y severa, la de terminar la dictadura, sino que también por lazos de solidaridad personal; no la solidaridad distante e impersonal del buenismo banal que desborda en las redes y matinales, sino aquella hecha de real afecto y cercanía.

¿Qué ha sido de aquellos protagonistas, hombres y mujeres que brazo con brazo bregaron, de verdad, por un nuevo país?

En una anterior columna hablamos del “estado naciente” político y social, teorizado por el sociólogo italiano Francesco Alberoni que lo paragonó a la fase del enamoramiento y amor. Un estado de gracia en que todo es excepcional, nada parece imposible y el cariño es natural y perenne como el fluir de un río. Pero tal estado de gracia no es imperecedero; la vida institucional del nuevo Chile requirió de otras habilidades y virtudes de quienes lo hicieron posible. Se necesitaban competencias frías, análisis razonables y decisiones viables y sostenibles. Ahora se trataba de administrar el Estado por aquellos que tenían el talento y conocimiento para hacerlo bien (y obviamente las espaldas políticas), o vivir –la mayoría– bajo las instituciones de la democracia recuperada.

Cada uno de esos miles de animosos hombres y mujeres que realizaron la épica de los 80, como ápice de la resistencia de mil faces que comenzó el 11 de septiembre de 1973, eligió y prosiguió su propia vida; algunos cosecharon triunfos laborales y profesionales, otros continuaron en la precariedad. Se construyeron y deshicieron familias, dirigentes sociales y políticos se elevaron o cayeron, siguiendo el camino de las labores privadas. Muchos se acogieron al retiro, a la contemplación, a la creación de artes o a la ocupación de activos opinantes en las redes sociales. Hoy, desde sus ventanas miran las calles con sus grafitis y marchantes que hablan otros lenguajes, a menudo ignorantes o despreciativos del pasado, precisamente aquel pasado que permite hoy esos rayados y desfiles con la seguridad que sólo otorga la democracia.

Cierto, no es posible (ni pertinente diríamos) revivir ese sentimiento de cariño colectivo de los años 80. No nos enfrentamos a una tiranía ni al hambre y miseria extendida como aquellos años. Subsisten injusticias, abusos y tenaces desigualdades y discriminaciones que unifican voluntades de cambio, pero el marco de esas batallas no es el del miedo y la inseguridad por la propia vida, el ingrediente necesario para el cultivo del afecto que excepcionalmente se da en lo que hemos llamado los estados nacientes.

Quienes se habían amado tanto, hoy ya no están cerca; en décadas no se han visto ni oído, salvo unos pocos, nada saben los unos de los otros. Ya se han olvidado de haberse querido. A pesar de esa natural declinación afectiva, la historia de esa generación política y social es una narración que merece ser contada una y otra vez, sin idealizaciones ni apologías poco creíbles, pero sí reconociendo la justa deuda que se tiene con ella.

Todavía somos un país que se balancea entre crisis sociales-pandémicas y un rescate del pasado aún no cumplido. Justamente el filme de Ettore Scola nos habla de pasado y presente, de las mil facetas de los seres humanos, ignorados o conspicuos, que pueblan las historias de los pueblos. Nos invita a examinar como éramos, como somos y, sobre todo, como podríamos ser.

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