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Publicado el 03 de agosto, 2020

Fredy Cancino: Muro contra muro

Profesor Fredy Cancino

Ni siquiera en los momentos más dramáticos y de riesgo democráticos por los actos de violencia sin freno ha cesado el reproche tendencioso al adversario y la protesta por pequeños intereses o cuotas de poder político. En este cuadro, los llamados a la unión, algo justo y necesario, son aislados y acallados como señales de debilidad o, peor aún, como muestras de abdicación de los principios de derecha o de izquierda.

Fredy Cancino Profesor
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El Covid-19 no es un desastre comparable a un terremoto o un incendio de bosques y poblados. Al contrario, no se detiene, no hay pausas mientras no exista cura ni vacuna segura. Ante todo revela dramáticamente las vulnerabilidades, la fragilidad de las personas y del país. De improviso nos transformamos todos en posible vehículo del mal; un respiro, un abrazo, un beso, nos vuelven a situar en la dimensión de la propia conciencia (o inconciencia) personal. Vuelven a visitarnos fantasmas relegados de la vida cotidiana: la enfermedad, la debilidad de la vejez, la muerte.

Este desesperanzador cuadro evidencia los límites de la fuerza individual, incluso la del poderoso, frente a una calamidad que se cuela en cada hogar chileno. Ello obliga al esfuerzo colectivo, al poder social que se despliega y penetra de mil maneras. Se necesita del otro. Esta simple y obvia respuesta se practica en el barrio, con el vecino del lado, en las cientos de ollas comunes que surgen desde el básico impulso gregario o de la moral indistinta de cada uno de quienes participan en ellas. Sabemos de algunas de estas iniciativas y de la unidad exenta de otro fin que no sea el ayudarse entre todos.

Cuán alejada de dicha visión se encuentra la clase política chilena, que no sale de las trincheras excavadas a fuerza de prejuicios y lugares comunes de ideologías cristalizadas en las que existe sólo el blanco y el negro, la nada o el todo.

La hasta hoy fallida unidad nacional ante la tragedia de la pandemia tiene varias explicaciones: una generación urgida por el aquí y ahora, sin pasado que respetar y tampoco sin futuro claro adonde ir; una práctica política reducida a las reglas del pragmatismo electoral; el desgarro civil e institucional que significó la convulsión social de octubre 2019, un trauma político que condiciona hasta hoy las elites partidarias y que permea gran parte de sus decisiones, adecuándolas acríticamente al relato primario (y acomodaticio) de la “calle”.

¿En que ha derivado este reciente escenario?

En que no hay trazas de un proyecto común para Chile que emane del sentido de pertenencia que resulta en forma natural frente a una catástrofe compartida. El país, la política, sus manifestaciones e instituciones –principalmente gobierno y parlamento– es aquejado por divisiones, rivalidades personales, confusión de roles institucionales, reivindicaciones corporativas imperativas y el permanente juego del discurso airado, apto para electores cautivos y militantes crispados.

Ni siquiera en los momentos más dramáticos y de riesgo democráticos por los actos de violencia sin freno ha cesado el reproche tendencioso al adversario y la protesta por pequeños intereses o cuotas de poder político. En este cuadro los llamados a la unión, algo justo y necesario, son aislados y acallados como señales de debilidad o, peor aún, como muestras de abdicación de los principios de derecha o de izquierda.

Por una parte, el gobierno auspicia una oposición colaborativa pero más bien espectadora de su propia obra. Al frente, una oposición que apuesta al término anticipado del mandato presidencial, por lo menos aquella franja dura que parece dictar la agenda opositora.

Es la política del muro contra muro. No hay vías intermedias, solo el objetivo de derribar el hormigón de enfrente y llegar en buena salud política a las citas electorales del 2021. Dos últimos signos de ello: el ajuste ministerial de la incorporación de halcones de la derecha, en detrimento de anteriores personeros dialogantes, y la declaración de casi todos los partidos de la oposición inmediatamente después del Mensaje presidencial, un manifiesto sin concesión alguna y provisto de un listado de propuestas tan genéricas como inconducentes a diálogos y acuerdos. ¿Es este el camino que esperan las chilenas y chilenos que hoy viven la calamidad viral?

Claro que no.

Lo que Chile espera no es suprimir las diferencias políticas, sería impropio del pluralismo democrático, ni tampoco aplaudir maniobras y declaraciones formales y buenistas, sino que aplazar lo secundario y abocarse a lo importante, no sólo frente a las urgencias de la crisis, también lograr con ahínco un acuerdo básico acerca de cómo se aborda la pospandemia, se recorre en paz el proceso constituyente y se reconstruye el país sobre los pilares de una renovada democracia-

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