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Publicado el 23 de junio, 2020

Fredy Cancino: La energía moral de los acuerdos

Profesor Fredy Cancino

Los acuerdos imponen la obligación de abatir las empalizadas ideológicas, de actuar en buena fe, de superar el férreo asedio al adversario, de emerger del cálculo político restringido a la próxima elección. Son conductas debidas en momentos en que el bien común se yergue inflexible ante intereses políticos legítimos, pero prosaicos en esta emergencia.

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 Chile afronta tres crisis sucesivas: el estallido social y su pandemia de conflicto y violencia; la del Covid-19, directamente dirigida a la salud y vida de los chilenos; y la crisis económica que nos espera en el inmediato horizonte. Sin olvidar la sequía, una cuarta y más sigilosa crisis. Esta hora, inquietante en su explícita amenaza, pone a la política en un severo banco de prueba. ¿Podrá la política (los políticos) superar esta prueba que requiere alto juicio y también renuncia temporal de posiciones?

Afectados de recurrente optimismo, confiamos en que así será.

El reciente Plan de Emergencia Covid-19 firmado por tres partidos de la oposición y el gobierno, aunque con la defección del RD Jackson, siempre atento al twitter, y la poco entendible fuga del PR, alienta una perspectiva que debería avanzar hacia un acuerdo de mayor aliento que incluya los grandes temas pendientes de la agenda social: crecimiento, pensiones y empleo, seguridad social.

Los acuerdos imponen la obligación de abatir las empalizadas ideológicas, de actuar en buena fe, de superar el férreo asedio al adversario, de emerger del cálculo político restringido a la próxima elección. Son conductas debidas en momentos en que el bien común se yergue inflexible ante intereses políticos legítimos, pero prosaicos en esta emergencia.

Las responsables previsiones que anuncian un escenario de innegable gravedad sanitaria y de una próxima contracción o abierta recesión económica, con la amenaza de nuevas violencias y tensiones sociales, imponen a la política no sólo una alternativa, sino la obligación de crear las bases de un acuerdo o pacto nacional que unifique todas las voluntades en torno a la energía moral que siempre emerge ante la adversidad común.

Hay factores que obstruirán ese superior logro. Uno de ellos es el efecto que un acuerdo nacional puede ejercer en la subjetividad de los ciudadanos, protagonistas esenciales en la gran empresa de derrotar al enemigo viral y recuperar la economía maltrecha. La política ha sido duramente golpeada  –muchas veces con exceso y mala fe– durante el estallido social. En la construcción de unidad y colaboración, habrá que esforzarse por la recuperación de la credibilidad de la política y sus instituciones. En ese sentido, la crispación política debe dar paso a la serenidad colaborativa de adversarios que seguramente lo seguirán siendo, como sucede en democracia, una vez superado el estado de catástrofe.

Otro factor juega en contra: la ausencia de liderazgos convocantes y motivantes, no el providencial salvador o las figuras caudillistas que han asolado a Chile y América Latina. Hablamos de líderes que sepan erguirse sobre sus propias trincheras, que hablen de esperanza y no de fatalidad, que pasen de la denuncia a la propuesta. Líderes capaces de animar nuevas energías ciudadanas y mostrar horizontes adonde dirigirlas. En la emergencia hemos visto la cansadora réplica de un discurso estrechamente ligado a los intereses de facción o a corsés ideológicos superfluos e inútiles ante males que afligen a toda la comunidad; pero también hemos apreciado figuras que prometen otra manera de conducir grupos sociales y políticas públicas, sin el fardo de resentimientos personales o grupales.

Es la hora de la cohesión social y política, y así lo van comprendiendo quienes han animado momentos de entendimiento y propuestas que buscan consensos transversales. Es la ruta que abre al optimismo. Si son rosas, florecerán.

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