“Estamos parados sobre hombros de gigantes”, dijo el presidente Boric la noche del triunfo electoral que le llevó a la primera magistratura del país, repitiendo una frase atribuida a Isaac Newton que recordaba a los antecesores que habían contribuido a sus investigaciones sobre la luz: “Lo que Descartes hizo fue un buen paso. Si he visto más lejos es por estar de pie sobre hombros de gigantes”. Un reconocimiento, el de Boric, algo tardío, pero siempre justo y necesario, un debido gesto de gratitud a quienes, desde la historia que el Frente Amplio ha querido sepultar, contribuyeron a su triunfo, en especial Ricardo Lagos, blanco predilecto de la iracundia juvenil. 

En la política se es gigante cuando los méritos superan a los inevitables defectos del humano político, cuando sus virtudes personales devienen en extraordinarios aportes al bien común. Así de simple. Pero también se consideran gigantes a esos políticos empleando el viejo método comparativo: ¿gigantes respecto a quiénes? Boric habló del pasado, citando incluso nombres de gigantes constructores de la nación, no del presente, donde (disculpen) no logramos entrever grandiosas figuras en el horizonte.

El tema de los grandes exponentes políticos  tiene que ver con la calidad de la política misma, que cuenta con sus propios estatutos y maneras de proceder, siempre en función de su razón principal: obtener y mantener el poder. Hay algunos a quienes ese propósito le suena inmoral, confundiendo el poder con el mal, con la desnuda ambición o con la opresión. De esta presunción surge una primera pregunta: ¿el poder para qué? De su respuesta emana una esencial virtud política, la del ideal que debería animar la acción pública del político, aquella inspiración que se eleva por sobre la apetencia de poder y sus inevitables privilegios. Al respecto, las figuras de la política del pasado exhiben de sobra la pasión de las ideas por encima de la prosaica codicia material. La gran mayoría de ellos, algunos aún vivos, exponen vidas sobrias, lejos de supuestas riquezas que perviven en el imaginario popular. Nombres hay muchos, basta repasar el pasado remoto y cercano de la vida política de Chile.

Existe, pues, un argumento siempre actual en el debate y opinión pública: la relación entre las virtudes personales y la política. Digamos también que en los talentos e inteligencia personal se mide la estatura de los hombres y mujeres que se dedican a la política. Primeramente se debe aplicar el filtro esencial de su sincera vocación por la democracia, es decir, aceptar que tienes adversarios que no están destinados a la aniquilación política, a su desaparición pública, sino a ser vencidos mediante la fuerza de tus argumentos y, finalmente, mediante el poder del voto, la más eficaz “arma” que tienen los ciudadanos para decidir quién legisla y quién gobierna. 

En el buen político se combinan muchos tipos de capacidades, a partir del saber cuándo y cómo negociar con el adversario. Cuando el bien del país lo exija (como lo fue durante la pandemia y la crisis de la violencia social) y, sobre todo, con la sincera intención de ceder y llegar a acuerdos, no con líricas declaraciones de diálogo ni posturas intransigentes para culpar a los otros del fracaso de las “conversaciones”. Los dos últimos años han sido un prolífico modelo de este tipo de mala política.

Precisamente estos últimos duros tiempos han sido el banco de prueba para la clase política chilena, el medidor de su capacidad de observación, de conocimiento y experiencia en las críticas realidades que se han vivido, de sensibilidad hacia las reales necesidades del pueblo que debían superar sus propias reivindicaciones ideológicas. En síntesis, un tiempo de verificación de la sabiduría y de la habilidad para conducir procesos políticos que afectaban (y afectan) a millones de chilenos, de la capacidad de identificar los momentos de avance y detención. No hay recetas infalibles al respecto, solo no perder la esperanza (la última en morir) en la intuición inteligente de nuestros políticos de hoy, como confiamos en aquellos líderes que en los años 80 supieron conducir al país a la gesta del No que terminó con la dictadura.

Los grandes de la política del pasado habían hecho un largo tránsito antes de llegar a ser figuras nacionales. Habían sido regidores comunales, dirigentes de base y medios en sus partidos, asistentes de figuras políticas consagradas, dirigentes probados en las luchas sindicales, en fin, un largo trayecto de años de ejercicio de la política, de “hacer musculatura” para obtener sus liderazgos. Hoy, el gimnasio de la política es la televisión y los medios, a veces hechos fortuitos. Un buen programa popular, cierta notoriedad improvisa, el empujón del padre o el pariente poderoso, y listo, un nuevo nombre se agrega a la elite política. Este tipo de escuela ha hecho que estos políticos sean muy rápidos, tienen la frase pronta, la idea vivaz, el twitter improviso, el cambio veloz. Lo contrario de la generación política anterior: la paciencia, la cautela y la reflexión que tenía en cuenta la complejidad de las cosas, más allá del eslogan y los lemas políticos simples pero ineficaces.

Tratamos de rehuir la nostalgia, siempre benévola hacia los defectos, de la clase política en retirada. ¿Derrotada? Ciertamente no, el reconocimiento –aunque parcial– del presidente Boric hacia los gigantes del pasado, no es más que la admisión de que esos políticos, injusta y estúpidamente denostados, lograron construir el Chile que permitió la realización política de su generación y su propio arribo tranquilo y democrático a La Moneda.

*Fredy Cancino es profesor.

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