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Publicado el 29 octubre, 2020

Fredy Cancino: Estado naciente

Profesor Fredy Cancino

La percepción de una nueva época se va formando a través del descubrimiento, muchas veces intuitivo, de que es posible realizar experiencias diversas, de que lo nuevo es un modo distinto de pararse delante de la realidad presente, de que muchas cosas imposibles hoy son alcanzables mediante la sola voluntad de las mayorías construidas a partir de la propia conciencia y acción individual.

Fredy Cancino Profesor
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El domingo pasado un fulgor se vio en el horizonte de los millones de ciudadanos que concurrieron a votar y en los otros millones que no quisieron o no pudieron hacerlo. Es una imagen lírica y abusada, pero evidencia muy bien esa especie de fervor y esperanza que vimos en cercanos y en miles que nos acercaron las pantallas de TV.

Hoy se abre un periodo equiparable a lo que el sociólogo italiano Francesco Alberoni llamó el estado naciente. Es una expresión que aplica a pequeños o grandes grupos humanos que, imprevistamente y en corto tiempo, se unen en torno a pensamientos y esperanzas comunes, relevando grandes demandas que no eran urgencias para la clase dirigente (las pensiones, los salarios), enfatizando ideas abrigadoras y difusas (la dignidad), poniendo metas políticas fundantes (la nueva Constitución).  Se crea así un movimiento sin nombre y sin un líder visible y mesiánico –como en las recientes experiencias populistas de América Latina– sino muchos liderazgos locales, un panorama difuminado contra el que se estrellan las pretensiones de apropiación por parte de partidos y centros sociales nacionales. Es un movimiento de todos y de nadie, un impulso que busca transformaciones sociales, que se opone en especial a las instituciones, vistas como parte del problema, como dique conservador.

Así, el movimiento y las instituciones son dos ejes que conforman lo que se llama el progreso, los saltos cualitativos de la historia. Alberoni profundiza el concepto afirmando que mientras  una sociedad sea más cultural y económicamente evolucionada, podrá avizorar horizontes siempre más amplios y ambiciosos. Como una nueva Constitución, un cambio de época.

La percepción de una nueva época se va formando a través del descubrimiento, muchas veces intuitivo, de que es posible realizar experiencias diversas, de que lo nuevo es un modo distinto de pararse delante de la realidad presente, de que muchas cosas imposibles hoy son alcanzables mediante la sola voluntad de las mayorías construidas a partir de la propia conciencia y acción individual.

Lo que acontece en Chile es parte del movimiento personal de muchas y muchos que se encontraron en el trance del estallido social en un mismo momento, que les llevó a compartir la misma necesidad de cambiar página, de concebir un modo distinto de pensar y sentir. En esta nueva perspectiva es inevitable la confrontación con las instituciones que deben cambiar y transformarse para satisfacer las nuevas demandas que unifican al movimiento.

Es un recorrido que aún no termina, pero que se anuncia como pedregoso y no exento de peligros o, al menos, de enmarañadas dificultades. El estado de gracia que conlleva este nuevo Chile deberá enfrentar deseos (e ilusiones) con la realidad siempre en acecho, con sus límites, con la barrera de los recursos insuficientes de un país con crecimiento detenido. El ejercicio de conciliar sueños de legítimo acceso a condiciones de dignidad social con las cifras desalentadoras de la economía requerirá de una visión que excluya tajantemente el alegre populismo que vemos en tantas proclamas políticas. Y por supuesto, valentía para enfrentar la funa de las redes sociales.

El plebiscito abrió este estado naciente en la forma pacífica, inclusive festiva, propia de la democracia. Pero no hay garantías de que no padezca los episodios de violencia que se han manifestado en las últimas semanas. Bastará un hecho de fuerza deplorable e injustificada en el control de la violencia callejera, para desencadenar nuevas oportunidades de destrucción, con los acelerantes de tipo ideológico que ya conocemos. Ante ese peligro sólo queda levantar un escudo social y político que de una buena vez condene y persiga con los instrumentos del Estado de derecho a sus autores. Sin peros, justificaciones o juegos del empatar las violencias.

El itinerario constituyente mostrará una vez más los vicios y debilidades que afectan a parte de la política nacional, lamentablemente el rostro más visible de ella, la que se exhibe en las pantallas y farfulla apresuradas explicaciones y teorías de discutible factibilidad, o de escasa utilidad (declarar día feriado el 25 de octubre, por ejemplo). El mejor antídoto para esta mala versión de la política es difundir, con todos los medios alcanzables y en todos los espacios posibles, el espíritu de la crítica, alentar a cada persona libre que antes de aceptar aseveraciones al paso, se haga esta simple pregunta: “¿Será cierto? Vamos a ver…”

Hay más piedras (y peñascos) en el camino que hemos iniciado el domingo pasado. Pero se desplegó también una oportunidad no frecuente en la vida de los pueblos: poder cambiar sustancialmente la realidad con las solas  herramientas que otorga la democracia.

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