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Publicado el 20 mayo, 2021

Fredy Cancino: El Chile de la abstención

Profesor Fredy Cancino

La frase “escuchar a la ciudadanía” (“la calle” para algunos) debe comprender a aquella parte que no se expresó en la votación de este fin de semana. Es un deber de buena política intentar la lectura de las ansias o las esperanzas de quienes se abstuvieron de sufragar.

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No se trata de echar pelos en la sopa, pero la baja participación de votantes en la reciente elección (43,35%), sobre todo considerando que se eligieron nada menos que los 155 convencionales que redactarán la futura Constitución de Chile, debería llamar nuevamente a la alarma de quienes pensamos que la democracia –con todas sus imperfecciones– es el mejor de los sistemas políticos ingeniados por la humanidad. El fenómeno de la abstención no es nuevo, recordemos que el actual presidente fue elegido con menos del 50% de la ciudadanía habilitada para el voto, y que en las elecciones municipales de 2016 sufragó apenas el 39% del universo votante.

Desde hace años el tema del abstencionismo electoral ha entrado en el debate político del país, sin que hasta ahora haya propuestas ni acciones políticas ni institucionales para incrementar la participación en las diversas elecciones en que la democracia se manifiesta en toda su legitimidad. Una que otra voz se ha levantado para sugerir el retorno al voto obligatorio, cuestión que compartimos en una columna de 2012. En la ocasión señalamos que los derechos ciudadanos van de la mano con los deberes, y que la desidia política amenaza el mundo confortable en que se viva, o eterniza las frustraciones y carencias personales que motivan el no votar.

La abstención electoral es un fenómeno potencialmente devastador para la fortaleza de la democracia, por ello es legítimo y necesario preguntarse acerca de cuáles son las causas que impulsaron al 56 por ciento del electorado a desertar de las urnas y, principalmente, identificar cuáles son los cambios para detener el proceso de despolitización que parece imparable. De paso, recordando que los desastrosos populismos –en América Latina herederos del viejo caudillismo– se nutren precisamente de la incultura y desafección política de la población.

Responder a estas interrogantes no es fácil. En primer lugar, el partido del No Voto abarca un grupo social altamente diversificado, que no puede ser asimilado simplemente a filones sociales o políticos únicos o predominantes. Lo que sí sabemos es que dicha heterogeneidad ha aumentado en los últimos años producto de fenómenos complejos que han puesto en discusión la solidez de las instituciones y el prestigio de los partidos y de la clase política, debilitando fuertemente la eficacia del sufragio. ¿Para qué votar, si nada va cambiar?, parece ser la pregunta de quienes no salen de casa en días de elecciones. A complejizar aún más el examen del abstencionismo, concurre la crisis sanitaria y económica presente, A esto se agrega el desafío de agrupaciones antisistémicas y antipartidos que aprovechan la ola del 18-O para capturar votos de manera oportuna, léase el éxito de la Lista del Pueblo que logra una considerable porción de constituyentes en la Convención salida de la “cocina” (término refrendado en una reciente entrevista de su vocero) del 15 de noviembre de 2019. Una inconsecuencia que debería empañar su prédica moralista.

Es conveniente distinguir entre el abstencionismo contingente y el estructural, contribuyendo a encontrar caminos que lo disminuyan. Por contingente entendemos la abstención episódica, ligada a las circunstancias políticas y sociales del momento. Este es el caso en que la pandemia pueda ser otro factor que explique el recién pasado No Voto. También el de un elector activo que no sufraga en alguna ocasión, quizás por protesta, quizás por no ser seducido por ninguna oferta política del momento. Por abstención estructural entendemos aquella de larga duración, practicada sistemáticamente durante años, de elección en elección, sin dudas ni arrepentimientos, por desidia e indiferencia personal o por convicción, como podría ser el caso de un anarquista.

Sean cuales sean las formas del abstencionismo, explorar la galaxia del No Voto es una tarea impostergable para quienes, desde la política ideal, buscan dar respuesta a las necesidades y demandas de las y los chilenos, no solo de aquellos visibles en las calles, en las redes sociales y en las lecturas del voto, sino también de las personas que no se expresan, que no manifiestan sus ideas y aspiraciones, a pesar que sin duda las tienen. ¿Quiénes son, cómo viven, son felices, tienen rabia? ¿Por qué no votan? Y si votaran, ¿a quienes otorgarían su consenso? No son preguntas superfluas hechas a una población irrelevante: los no votantes son el 56% de la ciudadanía electoral que también es Chile, que también espera políticas públicas justas y eficaces.

Algunas luces las entregan las encuestas serias que, realizadas con metodologías rigurosas y honestas, son los únicos instrumentos que pueden aproximarse –subrayo “aproximarse” – al pensamiento y exigencias de la comunidad nacional. Allí se encuentran las mejores señales del sentir ciudadano, indicios a los que se debe prestar debida y equivalente  atención: igual interés deben concitar los porcentajes del grado de felicidad de las personas, o la valoración de las instituciones, o la percepción de la propia situación económica y social. En esas cifras se encontrarán respuestas clarificadoras que desmienten los mitos y “sensaciones térmicas” que parecieran ser mayoritarios en el país. Estos y otros medios no deben ser escatimados  si se quiere conocer de verdad a la amplia pluralidad social de nuestro país.

La frase “escuchar a la ciudadanía” (“la calle”, para algunos) debe comprender a aquella parte que no se expresó en la votación de este fin de semana. Es un deber de buena política intentar la lectura de las ansias o las esperanzas de quienes se abstuvieron de sufragar. No deben ser castigados con la indiferencia política o la obligación del silencio. Ellos también son ciudadanía y algo tienen que decir respecto del futuro de Chile, en un momento tan crucial como el que estamos viviendo.

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