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Publicado el 3 junio, 2021

Fredy Cancino: Democracias impostoras

Profesor Fredy Cancino

El Institute for Democracy and Electoral Assistance, que también integra Chile, emitió un informe reciente del estado democrático del mundo. 28% de países viven en dictadura y un 15% en regímenes híbridos, a mitad de camino entre pluralismo y autoritarismo.

Fredy Cancino Profesor
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Impostor es quien finge ser lo que no es, incluso lo que detesta ser. Se viste de ropa ajena, por conveniencia la mayor parte de las veces; conveniencia económica, social, incluso amorosa. Y también política.

La palabra nos vino a la mente después de saber los resultados de la tercera reelección de Bashar al-Asad como gobernante de Siria: 95,1 por ciento de los electores habría votado por el Mandatario, que proseguirá por otros siete años la dinastía en el poder inaugurada hace seis décadas por su padre Háfez al-Ásad. El ostentoso porcentaje de votos nos deja incrédulos: ¿es posible tan arrolladora victoria en un país devastado por una guerra interna de 10 años, con 600 mil muertos, con el 90% de su población bajo la línea de pobreza, con Asad acusado por la ONU de atroces crímenes de guerra contra su propia población? Baste recordar el informe de una comisión del organismo internacional que en 25 páginas señala acciones del régimen sirio que incluyen desapariciones, asesinatos, tortura, abusos sexuales y retenciones ilegales, lo que hace aún más grotesco el espectáculo pirotécnico con que Asad festejó su triunfo en Damasco y otras ciudades de los territorios que aún controla. Muchas naciones han desconocido o pedido investigaciones acerca los resultados; solo Rusia e Irán (otros que bien bailan) felicitaron de inmediato la victoria de Asad.

Lukashenko, en la elección presidencial de 2020 en Bielorrusia, triunfó con el 80,23 %, y luego llamó a los opositores que protestaban en la calles como “borregos que no entienden lo que quieren de ellos”. Su opositora Svetlana Tijanóvskaya, cuyo esposo fue encarcelado por el régimen, obtuvo un inverosimil 9,9% de los votos. En agosto del año pasado debió refugiarse en Lituania.

Historias como esta se repiten en otras latitudes, en países en los que más que gobiernos transitorios y sustituibles –algo propio de la democracia– existen regímenes, es decir largos sistemas de gobierno que coligan fuerzas en torno a intereses, a ideologías y a menudo alrededor de un capo enérgico, carismático, insustituible. Regímenes generalmente sostenidos por las fuerzas armadas, la burocracia y un ejército de operadores civiles, activistas pagados en un entorno de pobreza.

Catorce países fundaron en 1995 un organismo intergubernamental llamado Idea (Institute for Democracy and Electoral Assistance), entre los cuales está Suecia, Alemania, India, Finlandia, Brasil y Chile, representado por Sergio Bitar. Esta organización emitió un informe reciente del estado democrático del mundo, en el cual se señala que las democracias, que en 1975 eran el 35%de los países, hoy alcanzan al 57%, algo alentador. ¿El resto? 28% de países viven en dictadura, siendo la más antigua la de Arabia Saudita (desde 1932) y un 15% en regímenes híbridos, a mitad de camino entre pluralismo y autoritarismo.

Estos sistemas híbridos (o democracias fallidas) son regidos por políticos que no asumen francamente su vocación autoritaria; por conveniencia o indecisión no dan el paso hacia la plena dictadura. Pero comparten la misma vocación de toda dictadura: perpetuarse en el poder usando las mismas herramientas de la democracia representativa, adornada a veces con la “democracia participativa” de organizaciones sociales afines. Los modos de lograr reelección tras reelección varían según culturas y países. Van desde el terror hasta la corruptela extendida en modo chorreo, donde muchos aceptan grandes o pequeñas porciones que eroga la maquinaria de la corrupción. O por el miedo o por la compra se obtienen los votos de tan fantásticas victorias electorales.

Otros mecanismos llegan en ayuda de la perpetuación en el poder aparentemente democrático. El más importante es el de reducir la oposición a la impotencia, privarla de medios de expresión, perseguir a periodistas, cerrar medios, declarar fuera de la ley a partidos y movimientos (véase el desmantelamiento de los medios de prensa en Venezuela), pero sin que desaparezca la figura del oponente, del adversario; de otro modo, ¿contra quién se ganan las elecciones? También el tejido institucional ha de ser eficazmente puesto al servicio del régimen; los parlamentos son controlados y los tribunales de justicia transformados en correas transmisoras de los designios del gobierno; así se persigue por la vía judicial a aquellos opositores más enérgicos y obstinados, como el ruso Alexei Navalny envenenado en abril de 2020 y actualmente encarcelado, el venezolano Leopoldo López o la abogada izquierdista Ebru Timtik, fallecida tras una huelga de hambre en una cárcel turca. Otro artilugio muy usado para asegurar los votos favorables es la intervención autoritaria o amañada de los organismos de control electoral, los símiles de nuestro Servel.

Son regímenes que tienen un Parlamento, elecciones periódicas e incluso permiten algunos partidos. No son verdaderas dictaduras pero tampoco se pueden definir como democracias plenas, saludables y creíbles para el resto del mundo. Imitaciones de democracia que no cambian nunca sus líderes. Maduro desde el 2013, y se apresta a alargar aún más su mandato; en Uzbekistan, Islom Karimov está en el poder desde 1990; Paul Biya gobierna en Camerún desde 1982; Pierre Nkurunziza preside Burundí desde el año 2005; Lukashenko en Bielorrusia desde 1994; Valdimir Putín en el poder desde 1999, alternándose entre ser Presidente y Primer ministro de Rusia. Difícil pensar que estos gobernantes, como San Pablo camino a Damasco, hayan sido fulgurados por la democracia.

Frente a este panorama, la calidad de la democracia chilena se encuentra por encima de la media mundial, sostenida por los principales elementos que conforman un sistema democrático: pluralismo de voces y partidos, libre opinión y organización, separación de poderes, parlamento independiente y libertades civiles; y, dato importante, a ningún presidente se le ocurren triquiñuelas de última hora para ser reelegido ad infinitum. En fin, atributos propios de la democracia rescatada tras la dictadura, imperfecta y perfectible como toda cosa humana. En el ponderado  Índice de Democracia Mundial del equipo de estudios de The Economist, Chile ocupa el lugar 23º entre 167 naciones, delante de países como EE.UU. y Francia, y en A. Latina solo detrás de Uruguay y Costa Rica –el primer lugar lo ocupa Noruega y el último Corea del Norte–. Entre los parámetros, en escala de 1 a 10, estuvieron: proceso electoral y pluralismo (Chile 9,58), funcionamiento del gobierno (Chile 8,57), cultura política (Chile 8,13). Prueba de la consideración internacional de la democracia chilena es que ninguna elección del país requiere de observadores de organismos extranjeros, como en otros procesos electorales de dudosa legitimidad y legalidad.

Aun así, hay chilenos (y chilenas) que en el país y en el mundo van pregonando que en Chile no hay democracia, o que ésta es falsa. Bueno, entre las libertades democráticas está la de disparar estupideces, aunque irriten a quienes gustamos de la verdad.

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