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Publicado el 15 julio, 2021

Fredy Cancino: Demasiado importante

Profesor Fredy Cancino

La Convención Constituyente es vista, quizás, como la última chance para la transformación de Chile en armonía, como un esfuerzo común confiado a la credibilidad y fortaleza de las instituciones democráticas, pero también una oportunidad de confiar en el poder de la persuasión cívica y, digámoslo, en la fuerza moral del hombre y mujer común que sostiene en su cotidiana vida la idea de nación, cualquiera sea el sentido que cada uno le otorgue a esa noción.

Fredy Cancino Profesor
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Domingo 4 de julio, un mal día para la democracia. La partida de la Convención Constituyente centraba la atención permeada de expectativas de la inmensa mayoría de los chilenos, incluidos quienes votaron en contra de su realización y que, tibiamente y con alguna expectativa, se plegaron al 80 por ciento ciudadano que dijo sí a una nueva Constitución, postulando y logrando un cupo en la Convención para sus propios y relevantes alfiles, como la hoy constituyente Marcela Cubillos. Las escenas vuelven a la retina: enemigos de la Convención rompiendo el cerco policial, desesperación, gritos de algunos constituyentes por sus familiares que pacíficamente les habían acompañado, suspensión de la sesión inaugural, horas de incertidumbre para todo Chile y finalmente el buen fruto de la templanza de la relatora del Tricel Carmen Gloria Valladares, una columna republicana en medio del alarmante caos de esa  jornada.

Es comprensible y legítima la sensación de frustración de los millones de chilenos –entre los cuales imaginamos a niños y adolescentes que contemplaban en TV lo que sus mayores llamaron “momento histórico”–, ciudadanos que miraban esa ceremonia como el inicio de un proceso sanador, el espacio plural del reencuentro para levantar la “casa de todos”, una figura retórica que resume el espíritu de todas las Constituciones del mundo, al menos de aquellas democráticas.

La Convención es vista, quizás, como la última chance para la transformación de Chile en armonía, como un esfuerzo común confiado a la credibilidad y fortaleza de las instituciones democráticas, pero también una oportunidad de confiar en el poder de la persuasión cívica y, digámoslo, en la fuerza moral del hombre y mujer común que sostiene en su cotidiana vida la idea de nación, cualquiera sea el sentido que cada uno le otorgue a esa noción.

Lo que se construye en la Convención es la arquitectura esencial del sistema de convivencia nacional, el edificio constitucional que luego será “amoblado” con las específicas leyes que deberán regular, admitir normas o vetar conductas en torno a las mil dimensiones que tiene el diario vivir en sociedad. Esta, y no otra, es la imponente misión de los constituyentes. Habrá distracciones (y dispersores) en su camino, obstáculos concretos y procedimentales, ante los cuales los prejuicios deben ceder ante el raciocinio. Pensar siempre en un adversario (y parece que algunos constituyentes así califican al Gobierno), en enemigos que de antemano hay que derrotar, es concebir la Convención como una barricada, prestigiosa pero barricada al fin. Preocupante es la frase que escuchamos hace unos días, en una entrevista en radio Cooperativa, a Jaime Bassa, vicepresidente de la Constituyente, quien ante el tema de discusiones de la contingencia en las sesiones convencionales, señaló que la Convención era “una fuerza política”. Coherentemente, la primera decisión convencional fue la declaración de amnistía a los enjuiciados de la revuelta y a los presos mapuche desde 2001.

Como se sabe, la política es tomar posiciones, dar batallas, identificar adversarios, resolver conflictos a favor de quien la practica. En otras palabras, la política se ocupa de la eterna cuestión del poder. ¿Cuál es la identidad política de la Convención? ¿Quiénes son sus antagonistas políticos? A la vuelta de la esquina de aseveraciones como las de su vicepresidente, se ubica la tentación de concebir la instancia constituyente como un cuarto poder, en pugna y, peor aún, por sobre los otros poderes del Estado. Venezuela enseña.

La Constitución debe ser un documento pluralista, progresista y présbite (usando una definición del constitucionalista italiano Piero Calamandrei), présbite porque debe mirar lejano. Un texto no solo jurídico, también histórico-político. En esta perspectiva, ¿cabe la inmersión de los constituyentes en la áspera y a veces interesada contingencia política del país? Dada la magnitud y la seriedad de una labor que a ellos mismos trascenderá, creemos que no. No hablamos de las opiniones singulares ni del derecho de expresión que les pertenece, en cuanto ciudadanos de un país libre y democrático, sino del actuar como cuerpo colegiado, haciendo uso de mayorías circunstanciales o permanentes para “presionar” (ha sido otra palabra usada por algunos constituyentes) a los otros poderes del Estado.

Habrá otras dificultades en el camino de los convencionales, atajos inconstitucionales que les serán propuestos, tentaciones de omnipotencia y súper poderes que algunos –dentro y fuera de la Convención– invocarán. No es ese el camino para el que fueron mandatados, y no debe haber fuerza alguna que pueda condicionarles por encima de ese mandato. Su misión es demasiado importante, ella porta la enorme y respetable responsabilidad de construir el edificio constitucional que albergará a esta y a las futuras generaciones de Chile. No cabe el abandonarse a pasiones y resentimientos personales o de grupo ni a particulares ideologías. Y no importa el oficio ni la formación de cada uno: cada constituyente debe tener la mirada y la altura para elevarse y avizorar el futuro de toda una nación.

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