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Publicado el 1 julio, 2021

Fredy Cancino: ¿Cuál democracia? Apuntes para el debate

Profesor Fredy Cancino

Formas de democracia directa, participativa y deliberativa han de instalarse como complementos y no sustitutos de la democracia representativa, basada en la persona humana y en sus derechos universales e inalienables.

Fredy Cancino Profesor
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El escenario político de los últimos años en Chile se ha ido alineando con las tendencias ya avanzadas en otras partes del mundo, entre las cuales está el fenómeno galopante del populismo de izquierda, de derecha o de ninguna parte (Nayib Bukele, El Salvador), que cuestiona radicalmente la clásica democracia representativa. Son escenarios que tienen en común las crisis económicas a repetición, potenciadas ahora por la pandemia sanitaria global. Chile puso lo suyo en octubre de 2019 con el llamado estallido social que electrizó a gran parte de la población y que, unido a la pandemia, hizo aflorar nuevos populismos (Lista del Pueblo), elevó a figuras marginales de la política que cogieron la pelota al vuelo (P. Jiles) o tentó a políticos tradicionales que se abandonaron al clamor de la calle.

Todo ello en contestación a las oligarquías económicas y elites políticas acusadas de escapar al control democrático y a las cuales se responsabiliza de los males presentes en el país. Algunas respuestas se dirigen exclusivamente a la recuperación de un rol inmediato, horizontal y directo del poder ciudadano, al rescate de una “soberanía popular” hoy día reducida e impotente frente a las “cocinas” de las instituciones formales de la democracia representativa. Muchas respuestas a la crisis de la democracia liberal/representativa y sus instituciones republicanas, partidos, sindicatos tradicionales (véase la baja participación en la última elección de la CUT, 19% de sus afiliados) buscan fáciles atajos simplistas, en lugar de ponerse específicas interrogantes para resolver los déficits democráticos –como la menguada participación en el sufragio universal­– para reformar o construir nuevas formas de participación ciudadana en las políticas públicas, formas pluralistas y verdaderamente representativas de las mayorías del país.

¿Cuál democracia? La irrupción de nuevos movimientos que disputan la soberanía popular puede concebirse como un síntoma de la incertidumbre frente a esta pregunta. Hay algunos que interesada o cándidamente niegan su vigencia en Chile, llegando al extremo de considerar el régimen actual a la par de la dictadura militar; otros se nutren de la desconfianza de la democracia representativa proponiendo sistemas de democracia directa ejercida por organizaciones sociales, rigurosamente afines a sus particulares ideologías. Es el modelo de la democracia emanada de los movimientos sociales en boga en algunas latitudes del continente.

Democracia directa nos lleva a la imagen estereotipada del ágora o plaza griega de la Antigüedad, e indica el ejercicio directo del poder de parte de los ciudadanos, desechando toda mediación entre el pueblo y las instituciones del poder público. Modernamente, la figura principal de la democracia directa es el referéndum, una práctica posible solamente para dirimir grandes cuestiones políticas y de manera esporádica. Un pueblo permanentemente dedicado a legislar es inconcebible en las sociedades de hoy, formada por los millones de personas que sostienen el andamiaje social mediantes otras miles de funciones económicas, burocráticas o culturales. En Chile y en otras experiencias de América Latina se propone la democracia participativa mediante los movimientos sociales como una forma de democracia directa, que en sí no lo es, pues de todas formas existe la mediación de la directiva de cada organización que delibera y decide junto a otros dirigentes sociales; se quiera o no, es una variante de democracia representativa en cuanto el dirigente “representa” a sus afiliados, gozando de discrecionalidad para llegar a compromisos y decisiones junto a otros líderes sociales. A diferencia del voto universal, esta forma presenta los límites relativos a la cantidad de organizaciones de la sociedad civil presentes en Chile, que superan las 200 mil regularmente inscritas en municipios y organismos centrales, lo cual dificulta su representación total y abre la puerta a la selección arbitraria de ellas para instancias de decisión y consulta; la experiencia de los Codeco (Consejo de Desarrollo Comunal) en los municipios chilenos durante la dictadura –emulación del corporativismo experimentado en la Italia mussolinina– es un ejemplo de selección de organizaciones afines que avalaban una supuesta participación democrática de la población comunal. Por otra parte, no todos los chilenos participan ni están afiliados a alguna organización social, llámese club, junta de vecinos, círculo, centro de padres, y un largo etcétera, lo cual deja al margen de este ejercicio del poder soberano a todo quien vive como singular ciudadano, a menos que se le quiera “castigar” por rehuir de instancias colectivas.

La democracia participativa nace también del rechazo a los representantes elegidos mediante el sufragio universal, o por lo menos de la idea del ejercicio democrático incluso durante el tiempo que media entre cada elección. Parte de la idea que la sola representación de los mandatados por el voto disminuye, atrofia las capacidades políticas del individuo e incentiva su apatía social. El antídoto propuesto parte dela exaltación de las virtudes de una ciudadanía activa, educada y empoderada. Su centro es esencialmente la visión de democracia local basada en la directa participación del ciudadano en la formación de las decisiones colectivas. Una de sus versiones fue la del comunitarismo socialcristiano, fuertemente impulsado como políticas públicas en el gobierno de Eduardo Frei Montalva.

En Chile, la causa de la democracia directa retoma fuerza a partir de la crisis del 18-O como la respuesta a la lógica del poder elitista en la que se plantea como necesidad poner en marcha el protagonismo social desde abajo (y en su versión más simplista, “desde la calle”).

Democracia deliberativa es un término que en Chile aún no es relevante en el debate público, aunque ya algunos exponentes políticos lo han mencionado como otra posible respuesta a la crisis de la democracia puramente representativa. Esta corriente de pensamiento tiene como fundamento una concepción discursiva de la democracia, superando la visión agregativa de la democracia directa en que solo se cuentan las voluntades individuales participantes. En esta perspectiva, las preferencias de los individuos se pueden formar (y transformarse) en el curso de un procedimiento deliberativo, en el que se da el intercambio de razones y argumentos para obtener un consenso racional y una voluntad compartida, superando los desacuerdos e identificando los posibles puntos de equilibrio y compromiso. Un método similar se llevó a efecto en la realización de los cabildos impulsados hacia finales del gobierno Bachelet 2, en donde más de 200 mil personas participaron creando un corpus  de ideas con vista a una instancia constituyente, proyecto que lamentablemente fue archivado por el gobierno de Sebastián Piñera. Y por cierto, es de auspiciar este deseable método de formación de consensos en la Convención Constitucional que se inaugura  en pocos días más.

Ciertamente, el modelo de la democracia –en peligrosa crisis– circunscrita meramente a las periódicas citas electorales en que se eligen el o los mandatarios, requiere primeramente el esfuerzo de buscar respuestas creadoras y a la vez fundadas en rigurosas convicciones democráticas, sin concesiones al facilismo populista que presagia riesgosas aventuras que finalmente pagan los pueblos donde se imponen.

Formas de democracia directa, participativa y deliberativa han de instalarse como complementos y no sustitutos de la democracia representativa  –basada en la persona humana y en sus derechos universales– para mejorar su calidad democrática, profundizarla y acercar cada vez más al pueblo (todo el pueblo) a la influencia y participación en las decisiones que después conformarán las políticas públicas que regirán la vida ciudadana. Algunas de estas formas podrían haberse implementado ya desde hace años sin haber esperado el proceso constituyente actual: la instalación de los plebiscitos nacionales y comunales de tipo vinculante, la iniciativa popular de ley, la revocación del mandato a las autoridades elegidas o leyes que abrieran participación democrática en las instituciones públicas y privadas como las empresas. No se realizaron esas grandes reformas, pero ya es agua pasada, ahora la historia ofrece una nueva oportunidad.

Estas otras formas de democracia (participativa, directa, deliberativa) se erigen como vías posibles –y deseables–  de instalar en la Constitución y en las leyes de Chile. Debatir en torno a ellas, despejar los mitos y banales aproximaciones, evitar las manipulaciones de corto plazo y concebirlas en el marco de un sólido Estado de derecho, es la labor central en la instalación de renovadas bases republicanas de Chile.

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