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Publicado el 15 octubre, 2020

Fredy Cancino: Catorce coma siete millones

Profesor Fredy Cancino

Son las chilenas y chilenos habilitados para votar, según cifra entregada por el Servel. Su cita con las urnas se dará el próximo 25 de octubre, donde decidirán sobre algo de mayor envergadura que un poder legislativo, un Presidente o una administración comunal, poderes transitorios y renovables que se desenvuelven en el marco de la Constitución sobre la que esos millones están llamados a pronunciarse. ¿Reformar la que existe o inaugurar una nueva Constitución?

 

Fredy Cancino Profesor
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La respuesta no es sólo dirimente, no es solo elegir entre Tizio, Caio o Sempronio. Se trata del estado de derecho donde estos señores (o señoras) cada cierto tiempo optarán al voto ciudadano.

En el próximo plebiscito, como en toda elección popular, se enfrenta la democracia representativa, liberal, a otras maneras de concebir la democracia, basadas en envejecidos antagonismos con la despectiva “democracia burguesa”, o en el confuso rechazo al sistema que engloba, de paso, la forma de democracia vigente. Entre los términos más confundidos se encuentran las palabras democracia y liberalismo. Neoliberalismo, democracia popular, social, directa, plebiscitaria, participativa, se mezclan en un calderón de palabras que aspiran a principios políticos y, como tales, a guías de acción y confrontación. Pero la forma generalizada de democracia, aquella que se practica mal o bien, a regañadientes o con pleno convencimiento, sigue siendo la democracia de tipo liberal. Acertadamente, Norberto Bobbio señalaba que cuando caen las democracias, caen también las libertades y derechos de carácter liberal.

Porque el liberalismo significa, directa y simplemente, que la fuente y objeto de la democracia es la persona humana considerada en su individualidad, en sus derechos naturales y jurídicos y, sobre todo, en su autonomía y libertad para optar no solo por su propio modo de vida y felicidad, sino también para elegir poderes públicos y definir valores y sistema constitucionales, como nos aprestamos en vivir en Chile.

Esta visión del individuo no tiene porqué oponerse a la vida comunitaria, a la solidaridad y a la coacción con sus semejantes, aún de aquellos que piensen diversamente. Así, el mezquino (y triste) individualismo de “lo mío” choca con los valores de un individuo que no termina en sí mismo, que se prolonga en vida cívica, en la polis, desde la conciencia social. Es incluso posible, en esa perspectiva, hablar del socialismo liberal como una ideal conjunción.

A la democracia liberal y representativa se le oponen hoy fórmulas que puede mejorarla, pero que buscan reemplazarla. Sin duda que la democracia directa es deseable allí donde sea posible, en una asamblea sin constricciones o vía plebiscitos (véase Suiza) en torno a cuestiones relevantes que puedan resolverse por un Sí o un No o por simples alternativas, como lo será el plebiscito de este mes. Lo que no es posible es el entero pueblo legislador o administrador comunal, y quien lo sostenga incurre en interesado populismo o en desaprensiva liviandad.

La participación de la sociedad civil y sus organizaciones también es un auspiciador y necesario complemento de la democracia representativa, es una habitual causa del centro y la izquierda democrática. Sin embargo, sustituir la decisión soberana de las urnas por el poder de las organizaciones sociales es plantear una hipótesis atentatoria al esencial principio de la mayoría democrática. En Chile hay más de 230 mil organizaciones sociales, cuya complejidad haría casi imposible extrapolar mayorías claras que pudieran sustentar la legitimidad para decidir sobre el poder y las políticas públicas que interesen a todo el país. Por otra parte, existen millones de chilenos que no pertenecen a ninguna organización, cuya única posibilidad de decisión democrática reside en el poder de su voto. Hay y ha habido experiencias de sustitución de la democracia por organizaciones sociales afines al poder de gobiernos populistas en América Latina, o abiertamente antidemocráticos, como los Consejos de Desarrollo Comunal (CODECOS) durante la dictadura militar, que reunían a organizaciones nombradas por el alcalde designado en un organismo supuestamente participativo. En el lenguaje político se llama corporativismo a esta forma de cooptación en el poder según intereses económicos, políticos o ideológicos.

Aunque no pasa de ser un recurso retórico o artilugio político, esta pretendida visión de ”poder popular” no es un modelo deseable para la democracia chilena, que sí debe ser mejorada y profundizada. El domingo 25 la mayoría ciudadana acudirá a votar según la democracia liberal y representativa: cada persona entrará en una cabina en la cual, a solas y provista de su propia información y conciencia, decidirá sobre una nueva Constitución para Chile, ejerciendo la más legítima forma del poder del pueblo.

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