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Publicado el 18 febrero, 2021

Fredy Cancino: Bienvenido Mr. Lynch

Profesor Fredy Cancino

Como muchos saben (y algunos olvidan) Charles Lynch fue un juez de Virginia que en la guerra de independencia de EE.UU. decretó la ejecución de un grupo de lealistas sin previo juicio. Su apellido habría dado nacimiento al verbo “linchar” (…) No sabemos si entre las turbas hubo alguien que protestó o intentó detener el castigo y la vejación; si lo hubo, esa persona merece estrecharle la mano en agradecimiento por su valentía y valor moral. En él o ella descansa la fortaleza del Estado de derecho y la convivencia civilizada del país.

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Como muchos saben (y algunos olvidan) Charles Lynch fue un juez de Virginia que en la guerra de independencia de EE.UU. decretó la ejecución de un grupo de lealistas sin previo juicio. Su apellido habría dado nacimiento al verbo “linchar”, aunque existe también la teoría que atribuye el término a otro Lynch, James, un irlandés que en 1493 hizo ahorcar a su hijo sospechoso de homicidio. También sin juicio alguno.

Esta práctica, que con los años devino en actos colectivos, ha sido prácticamente ejecutada en todo el mundo y en todas las épocas, incluyendo la actual. Baste recordar el caso de los “cazadores de pedófilos”, una pandilla de adolescentes que en Holanda se dedicaba, hace menos de una año a matar a supuestos hechores de este delito; algunos años más atrás, en 2004, los habitantes de la comuna de Llave en Perú, ataron a su alcalde a un poste y le golpearon hasta morir, acusado de corrupción. En algunos países de África se linchaba hasta hace poco con el método llamado “necklacing”, un neumático encendido como collar en el cuello del acusado que así muere quemado. Sin ningún proceso, basta la sospecha.

Chile no escapa a esta deplorable lista. Según una investigación doctoral, entre junio de 2014 a marzo de 2018 (Ciper), se registraron en los medios de prensa 51 linchamientos a manos de grupos de personas, la mayor parte con lesiones graves (adolescente desnudado en Estación Central, febrero 2021) y alguna con resultado de muerte, como el joven muerto en Puente Alto, diciembre 2020, por haber intentado robar un celular a una transeúnte.

Las fuentes principales de éste y otros estudios son los medios de prensa, pues la mayoría de los linchamientos no desembocan en causas penales de las cuales extraer mayores antecedentes. Los tribunales intervienen sólo cuando se trata de menores de edad o personalidades públicas. Los únicos agentes de derecho que actúan son los carabineros que ponen fin a la acción de la masa agresora. Generalmente la prensa usa la frase cliché: “La intervención de carabineros impidió la muerte del delincuente” asumiendo, también de antemano, la culpabilidad del linchado.

Esa impunidad colectiva del linchamiento nos lleva a dos consideraciones: la sensación de solidaridad y de defensa del individuo en el grupo que actúa en el paroxismo de la violencia hacia la desventurada y ya enjuiciada víctima, y por otro lado, la ausencia en el Código Penal de la figura del linchamiento como tipo delictivo, como objeto de pena. En su lugar, se aplican otros cargos, lesiones en todos sus grados, homicidio o cuasi homicidio.

Prevalentemente, en estos últimos caso extremos, e individuados los hechores, el sistema de justicia se pone en marcha. En otros países, en América Latina sin ir más lejos, el linchamiento se encuentra contemplado en sus códigos penales. En México DF, el linchamiento se tipifica como variable del “homicidio en estado de emoción violenta”, con una pena entre 8 y 15 años de prisión; en Brasil figura entre los llamados “crímenes hediondos”, entre los cuales homicidios o lesiones provocadas por grupos organizados (de exterminio) o espontáneos, especificando que deben participar por lo menos 8 personas en el delito; en Ecuador está contemplado entre los delitos contra la vida, con penas de hasta 30 años de prisión.

Hay muchas causas, y teorías, que explican el linchamiento; desde aquellas basadas en la psicología de las masas bajo condiciones de exaltación, hasta las que se remontan a pulsiones atávicas, naturales del ser humano, a su lado selvático que aún asomaría en medio de la civilización. En lo inmediato, queremos apuntar como una causal, hacia la “sensación térmica” de la violencia y la justicia en Chile, que no corresponde a la realidad y que es inducida por la ligereza de juicio, por la escasa información y poca lectura, y por el tambor de las redes sociales.

Dos percepciones mueven la mano (y los pies) de quien participa en una paliza masiva al supuesto o real delincuente: por un lado la creencia de que el país está a merced de la delincuencia desenfrenada y que las calles son sus reinos absolutos. Ello, haciendo caso omiso de las estadísticas e informes nacionales e internaciones como fuentes superiores y más fiables que el olfato individual. No, en esto los medios sí son confiables, la crónica roja no miente (pero vende). Recordamos una memorable salida de un pasado vocero de gobierno: “Cuando Guillier comienza a dar las noticias, las primeras cinco noticias, yo literalmente comienzo a llamar al 133 (…) Si Chilevisión estima que el país está lleno de delincuentes y la sangre corre por la Alameda, es su decisión editorial”. El panorama sigue más o menos igual.

Por otro lado, concurre en la visión del linchador criollo la desconfianza en la justicia, aparejada con el ataque a las instituciones republicanas y su posterior crisis tras octubre 2019. En Chile no habría justicia y cuando la hay es insuficiente (“que se sequen en la cárcel”); los delincuentes entran y salen de inmediato de prisión (la “puerta giratoria” de Lavín). Esta desconfianza e ignorancia respecto de la justicia, de sus límites materiales y de los márgenes que el Estado de derecho les impone a los magistrados, lleva a la decisión, avivada por el enardecimiento colectivo, a tomar la justicia por la propia mano. Es un acto simbólico, es el castigo social fuera de la ley, más duro y público; “(…) que el culpable gima y grite bajo los golpes no es un corolario vergonzoso, es el ceremonial de la justicia que  se manifiesta en toda su fuerza”. (Michel Focault, Vigilar y castigar).

Último, pero no último: el fascismo no es sólo una ideología o un régimen triunfante. Es también la cultura que lo hace posible, la cultura de la violencia –sistemática o no– para castigar y degradar al otro. Finalmente, imponer por la fuerza la propia creencia y valores. El momentum, el impulso ciego del grupo linchador es una manifestación de un fascismo vulgar, expresable en mil conductas cotidianas de gente que en otras condiciones pueden ser –o aparentan ser– buenas personas.

No sabemos si entre esas turbas hubo alguien que protestó o intentó detener el castigo y la vejación; si lo hubo, esa persona merece estrecharle la mano en agradecimiento por su valentía y valor moral. En él o ella descansa la fortaleza del Estado de derecho y la convivencia civilizada del país.

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