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Publicado el 7 enero, 2021

Fredy Cancino: 2020, el otro virus

Profesor Fredy Cancino

La difusión de noticias falsas no es algo nuevo, pero el acceso global a Internet ha llevado la multiplicación exponencial de falsedades. Cada usuario es un repetidor que conforma finalmente las cifras de miles de réplicas (virales). Una cascada imparable.

Fredy Cancino Profesor
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“El año que vendrá, dentro de un año pasará”, así dice una bella canción del cantautor italiano Lucio Dalla, fallecido en 2012. Con esa frase daba cuenta del tiempo y de su eterno retorno, ajeno a lo que hacemos o dejamos hacer en este planeta ínfimo y remoto en el universo. Sin embargo, cada 31 de diciembre auguramos un venturoso próximo año y exhortamos a olvidar el que se va. 2020, un annus horribilis, para olvidar. ¿Olvidar el año de pandemia, en Chile sazonado con violencia y extravío político?

De ninguna manera.

Nos han dicho siempre que los errores del pasado enseñan más que cien lecciones teóricas; las caídas, siempre dolorosas, nos hacen ver lo que hay que ajustar y no reincidir. Pero a menudo tan buenas intenciones se encuentran con la realidad, empecinada en repetir lo que decididamente no funciona. Hemos escogido sólo una calamidad del 2020 que sigue allí, impertérrita, repitiéndose día a día, gesto a gesto en esta trágica comedia en que a veces se transforma la vida pública a nuestro alrededor.

Quizás son fuerzas imposibles de contrastar; así parece ser la avalancha tecnológica que hizo de la comunicación instantánea un bien al alcance de todos. Nos referimos a las redes sociales, celebradas como una nueva era para las relaciones humanas y como la democratización de la información frente al poder de los medios públicos y privados, siempre sospechosos de mentir y conspirar para extraviar y manipular al ciudadano. La verdad es que siempre ha existido  el peligro y la tentación de emplear el poder de la prensa (véase el siempre necesario film “Ciudadano Kane”, de Orson Welles) como instrumento para los designios políticos o los prosaicos intereses económicos de sus propietarios. La llamada “prensa amarilla” y la farándula televisiva explota y sobredimensiona el crimen y el  escándalo como recurso económico, como quien encuentra un valioso filón minero. El daño cultural nunca ha sido calculado. “Si el público quiere basura, basura le doy (o le vendo)”, es una explicación amparada en la libertad de prensa. A veces se unen ideología y dividendo, como en las dos grandes compañías periodísticas dominantes en el país.

Como sea, es la prensa libre, a la cual nunca se nos ocurriría amordazar ni perseguir más allá de los resguardos de control público, siempre perfectibles, que las democracias liberales entregan a la sociedad. No debe servir de consuelo el panorama de la prensa en dictaduras (o aspirantes a tales) donde sí se miente, se esconde y se manipula sin los contrapesos del pluralismo democrático. En Chile habríamos podido, con el retorno a la democracia, haber levantado una prensa y una TV pública más atenta a la calidad cultural y ciudadana que a los apremios del mercado. Una tarea pendiente que podría ser parte de los nuevos vientos constitucionales.

Así pues, lo que no debemos olvidar del año que se fue hace unos días, es el imponente poder de las redes sociales, una máquina que facilita las virtudes de la libre comunicación con quien se te antoje, desde la familia al club de veganos, desde los amigos de carrete a los compañeros de ideología, desde los amigos fans al grupo esotérico. En fin, no hacen sino reflejar el vasto abanico de intereses de las personas que viven en sociedades abiertas.

Sin embargo, las redes son también  un instrumento en que la premeditación o la inconciencia propagan el virus  de la mentira a veces calculada, a veces mero fruto de la ignorancia o de la superficialidad. Ejemplos hay para regalar, y de todos los colores: a la diputada Camila Vallejo se le adjudicó una supuesta defensa de la pedofilia a partir de una cita referida a la escritora francesa Simone de Beauvoir, o la foto falseada del diputado Boric evadiendo el Metro, o el video editado de carabineros saqueando un comercio en Llo Lleo, o falsedades tan ridículas como los de los 500 leones que Rusia habría soltado en la calles de Moscú para mantener encerrada a la gente y evitar el contagio en el exterior. El daño sanitario puede ser enorme, recuérdese la intoxicación con cloro por la noticia de una milagrosa recuperación de enfermos Covid-19, o la reciente noticia de que la vacuna Pfizer tendría un efecto de sólo 52 días, lo que desalentará a miles de crédulos a no vacunarse y ser posibles portadores ambulante del virus.

La difusión de noticias falsas no es algo nuevo; en Chile y en dictadura, los titulares de portada estaban llenas de ellas, pero el acceso global a Internet, ahora mediante la masificación de los iphones, ha llevado la multiplicación exponencial de falsedades. Cada usuario es un repetidor que conforma finalmente las cifras de miles de réplicas (virales). Una cascada imparable. Súmese a este impresionante cuadro el hecho de que son también miles quienes se informan casi exclusivamente por la redes, sin verificar la verosimilitud de la noticia. Es más expedito y no requiere pensar tanto, creerle al familiar, al amigo, al colega o al afiliado a tu mismo partido. Sobre todo, si la falsa información encaja con tu propia visión, con los anteojos ideológicos, culturales y políticos que  lleves puestos.

¿Antes esta maquinaria poderosa y tan difusa, es posible hacer algo?

Claro que sí. Lo primero es verificar si la sociedad está preparada para el embuste difuso. Pensamos que no, que aún no. Primeramente, la caída del hábito de la lectura ha ido condicionando los márgenes de lectura a la brevedad de los titulares, a la descripción somera, a los escasos caracteres del tuit. Luego, la velocidad moderna ataca todos los ámbitos de la vida cotidiana, desde el sueño a las comidas, al ocio, al trabajo. No hay tiempo para comprobar la veracidad de la información, aunque el propio internet  proporcione las herramientas para hacerlo. A veces basta un click para que una falacia se desmorone, Más de una vez, personalmente, lo he confirmado.

La principal labor de extinción, o al menos reducción, de la cultura de las fake news, recae en los profesionales de la comunicación y la prensa, sea aquella privada y, a mayor razón aún, la de los medios públicos, visto el deterioro de la confianza ciudadana que acarrea la falsa noticia y los desastres sociales acrecentados por la pandemia. Algún diario, con cierta periodicidad, nos informa y desmonta las falsedades circulantes, alguna vez vimos un breve programa televisivo dedicado a las fake news, también algunos sitios web aportan al esclarecimiento de la verdad. Aun así no basta, la magnitud de las falacias que ruedan y crecen es tal que obliga a una maciza intervención de los medios profesionales. Por ejemplo, cada noticiero televisivo o radial debiera dedicar, día tras día, unos minutos a confrontar las mentiras, en lugar de ocupar largos espacios en banalidades y noticias sin importancia (anoche, Canal 13, cuatro minutos dedicados a un árbol que cayó sobre 3 automóviles en Providencia). Los profesionales de la noticia nos deben ese esfuerzo.

Permítanos una breve digresión final y volvamos a la canción recordada al comienzo de este artículo. Lucio Dalla vaticinaba un nuevo año con sus propias ilusiones: “Será tres veces Navidad  y fiesta todo el día. / También los mudos hablarán, mientras los sordos ya lo hacen. / Y se hará el amor como quiera cada uno. / También los curas podrán casarse, pero sólo a cierta edad. / Y sin gran disturbio alguno desaparecerá / serán los muy pillos y los cretinos de toda edad”.

Buen año, paciente lector.

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