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Publicado el 17 de octubre, 2019

Franklin León: Platón en Venezuela

Estudiante Doctorado en Filosofía Universidad de los Andes, Chile Franklin León

Estas líneas responden a la vivencia de un venezolano que después de veinte años de socialismo del siglo XXI lee Platón y, perplejo, identifica lo sucedido en Venezuela con lo narrado por el filósofo de espaldas anchas en una de sus obras.

Franklin León Estudiante Doctorado en Filosofía Universidad de los Andes, Chile
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Resulta asombroso cómo Platón, hace aproximadamente 2.400 años, vio el origen y las consecuencias del tipo de régimen tiránico que opera al norte de Sudamérica. Con su descripción de los regímenes políticos, hecha en el libro VIII de La República, este filósofo nos advierte sobre la naturaleza del gobernante tiránico. Asimismo, nos señala que constituye una constante histórica, que se halla siempre presente como peligro a causa de actitudes que pudieran tomarse en plena democracia.

Por un desmedido afán de libertad e igualdad, el ciudadano desconoce jerarquías, se vuelve anárquico, pierde el respeto a las leyes, y se convierte en hedonista. Para Platón, al hombre que vive en democracia, “si alguien le dice que hay placeres provenientes de deseos nobles y buenos y otros de deseos perversos, y que debe cultivar y honrar unos, pero reprimir y someter a los otros, en todos estos casos sacude la cabeza y declara que todos son semejantes y que hay que honrarlos por igual”. De este modo, estos deseos insaciables de placeres conducen a las masas a no escoger con sentido crítico a sus gobernantes, y a desear las riquezas que antes estaban en manos de la oligarquía. Tal situación provoca un estado de anarquía que hace anhelar una mano fuerte, la del tirano, que se cree vendrá a imponer orden y arreglar los males surgidos. Tal fue la situación de Venezuela.

La cuna del Libertador vivió su última dictadura con el General Pérez Jiménez, quien gobernó hasta 1958. Después pasaron cuarenta años de una democracia imperfecta que, con todos sus defectos, hizo de la pequeña Venecia un país próspero, donde emigraban de todas partes del mundo por diversas razones. El crecimiento económico condujo a la minoritaria élite política a llevar un estilo de vida opulento, contrario al vivir cotidiano de la gran mayoría. Como consecuencia, la corrupción se adueñó de nuestra sociedad. Luego vinieron tiempos de crisis económica, y quienes habían vivido los tiempos de la mano dura del militar clamaban de nuevo por un gobierno de similares características. Así apareció la figura de Chávez, que se mostró como un demócrata que aspiraba a recomponer la república. Por su talante militar, no acostumbrado al diálogo, y en asociación con el régimen castrista, impuso un estilo de vida y de gobierno lejanos a las aspiraciones iniciales de quienes habían confiado en él.

Este pequeño recuento histórico muestra cómo las palabras de Platón adquieren nueva autoridad en un período histórico concreto, como si el filósofo hubiese previsto lo que iba a suceder en Venezuela, dada la anarquía y el hedonismo desenfrenado. Ante esta situación, los venezolanos llamaron al tirano, porque lo creíamos necesario. Cuando Chávez comenzó a actuar decíamos: “Venezuela no es Cuba, no podrá hacer lo mismo con nosotros”. Sin darnos cuenta, él cerró todas las salidas democráticas hasta enquistarse en el poder. Incluso, antes de morir, dejó un sucesor, al estilo de las monarquías hereditarias.

Al leer lo que describe Platón, después de haber vivido la experiencia venezolana, uno piensa que estos dictadores se leyeron La República para saber cómo actuar.

El tirano emplea su carisma para cautivar y crear esperanza donde reinaba la anarquía, para convertirse en la voz de los oprimidos, pero no para liberarlos, sino para dominarlos aún más. Como dice Platón: “¿No pasa que durante los primeros días y el primer momento sonríe y saluda a todo aquel que encuentra, dice no ser tirano, promete muchas cosas en privado y público, libera de deudas y reparte tierras entre el pueblo y los de su séquito, y trata de pasar por tener modales amables y suaves con todos?” Estas palabras describen a la perfección la conducta de Chávez en su campaña electoral y en sus primeros años de gobierno. Así convenció al pueblo.

Nosotros no lo leímos a tiempo, por eso es necesario que el resto de los latinoamericanos acudan a Platón.

Ahora bien, como lo expresa Platón, una vez que el tirano asume el poder empieza a sembrar divisiones y a culpar de los males de la república a quienes consiguieron riquezas con su trabajo; da inicio a las expropiaciones y siembra el odio entre las clases sociales. Producida la división, el tirano borra de su vista, sin compasión, a sus adversarios. Así se transforma en un gobernante despiadado, que llena sus manos de sangre para sostenerse en el poder a cualquier costo, como ocurre hoy en el caso venezolano: “Así sucede también cuando el que está a la cabeza del pueblo recibe una masa obediente y no se abstiene de sangre tribal, sino que, con injustas acusaciones – tal como suele pasar- lleva a la gente a los tribunales y la asesina, poniendo fin a vidas humanas”. Los muertos por la represión gubernamental ya no pueden hablar. Sin embargo, abundan los presos políticos en Venezuela que atestiguan lo que ya narraba Platón, porque han sido acusados de cualquier cosa o están en espera de un juicio que no llegará, privados sin motivo de su libertad.

A continuación, el tirano se dedica a empobrecer, someter y dominar en todo aspecto de la vida a sus connacionales. En un país donde apenas había impuestos, el tirano los emplea como arma para “empobrecer a los ciudadanos y obligarlos a dedicarse a los cuidados de cada día, de modo que conspiren menos contra él”. A la par, inmoviliza a la población, que queda ocupada en la sobrevivencia y busca satisfacer necesidades básicas que antes estaban cubiertas.

Profundizada la pobreza que prometió acabar, el tirano deja a los ciudadanos en estado de desesperación, como hoy sucede con quienes permanecen en Venezuela. El opresor se ve necesitado de custodia, incluso internacional, porque ya no cuenta ni con la mayoría de su propio ejército para sostenerse en el poder, ni con la aprobación de las masas populares. Entonces ofrece dinero, riquezas, a sus incondicionales y así termina de saquear los bienes que por derecho corresponden a la Nación.

Al leer lo que describe Platón, después de haber vivido la experiencia venezolana, uno piensa que estos dictadores se leyeron La República para saber cómo actuar. Si así lo hicieron, nunca lo sabremos. Lo cierto es que Platón hizo un estudio tan acertado de los regímenes políticos y de la naturaleza de sus gobernantes, que su pensamiento sigue vigente y nos alerta sobre los peligros que debemos evitar en nuestras formas de organización social.

Leer la República es revivir con asombro una experiencia política trágica que los venezolanos creíamos vivir de forma inédita. No sabíamos que Platón había estado en Venezuela, y nos había dado los elementos necesarios para conocer los males de ciertos regímenes políticos sin necesidad de experimentarlos en carne propia. Nosotros no lo leímos a tiempo, por eso es necesario que el resto de los latinoamericanos acudan a Platón.

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