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Publicado el 18 noviembre, 2020

Francisco Orrego: Perú versus Chile: ¡No sólo fútbol y pisco, pe!

Los chilenos observamos atentamente el desarrollo de los acontecimientos políticos en Perú, no solo por nuestras relaciones bilaterales, sino que también por la experiencia que ofrece de cara a nuestro próximo proceso constituyente.

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Las comparaciones siempre son odiosas. En todos los planos: políticos, económicos, sociales, deportivos, culinarios, entre otros. Tratándose de eventos deportivos, en especial del fútbol, sus resultados encienden pasiones, incluso conflictos armados. No solo entre barras “bravas”, sino también entre países. Ahí está la guerra de las Cien Horas entre El Salvador y Honduras, en 1969, también conocida como la “guerra del fútbol”, debido a su coincidencia con un partido entre las selecciones de ambos países. Pero el fútbol sirve también, en muchas ocasiones, como cortina de humo o salvavidas en los conflictos políticos internos. Tipo “cometa Halley” de los ochentas en Chile. Un buen éxito deportivo puede, eventualmente, salvar a un gobierno de una crisis mayor. Por ello, los políticos se aferran al éxito de una selección de fútbol como si fuera una tabla de salvación. ¡Este es el caso de Perú, pe!

A nuestros vecinos del Norte se les vino encima una semana oscura. Tenían la esperanza de derrotar a nuestro país en el fútbol. Muchos reclamaban que el horario del partido coincidía con la hora de las movilizaciones ciudadanas convocadas en contra del nuevo gobierno. Otros esperaban que el resultado los favoreciera para darles un respiro. La apuesta falló. Y falló doblemente: no solo perdieron en el fútbol, sino que también perdieron al recién asumido Presidente Merino, quien renunció a los pocos días. Éste, que previamente había declarado desconocer las razones de las protestas y reclamos de los peruanos, terminó presentando su renuncia frente a las amenazas del Congreso por destituirlo.

Al igual que en Chile, el Congreso se tomó el poder en Perú. Destituyeron al ex presidente Vizcarra, en una acción política de (vacancia) cuestionada constitucionalidad, y, en menos de una semana, le quitaron el piso político al presidente que ellos mismos nombraron. Dado que no había vicepresidente, el país quedó acéfalo. En su reemplazo, el Congreso designó esta semana al congresista Francisco Sagasti, pero aún resta por conocer el fallo del Tribunal Constitucional, que podría sorprendernos -incluso- con la restitución de Vizcarra en el cargo. Así resulta difícil predecir -con relativa certeza- dónde terminará todo este quilombo político. ¡Asu mare!, habría exclamado mi querida parentela peruana ante este complejo panorama. En todo caso, cualquiera sea el resultado final, los chilenos observamos atentamente el desarrollo de los acontecimientos políticos en Perú, no solo por nuestras relaciones bilaterales, sino que también por la experiencia que ofrece de cara a nuestro próximo proceso constituyente.

Quienes seguimos la política interna del Perú, en mi caso por simple curiosidad y simpatía, no dejemos de observar con preocupación el devenir del régimen de gobierno de nuestros vecinos. A la alta rotación de gabinetes, a raíz de la permanente pérdida de confianza del parlamento, se suma ahora un nuevo deporte nacional: las destituciones de gobernantes, contribuyendo a la inestabilidad política del sistema peruano. Esto probablemente reviva el interés de algunos sectores políticos chilenos por incorporar a la nueva Constitución la figura del primer ministro, de someter la designación de ministros a la aprobación parlamentaria y de establecer un Congreso unicameral. Sería un error fatal para nuestra débil democracia. Moraleja peruana: no son buenos los sistemas de gobierno semipresidenciales y unicamerales. Por ello, lanzo oficialmente el movimiento “No + semipresidencialismo”.

El caso peruano también preocupa por una razón adicional. La destitución del ex presidente Vizcarra sea quizás el aliciente adicional, para que los sectores extremos de la izquierda chilena insistan en presentar una nueva acusación constitucional en contra del Presidente Piñera. Ya están suficientemente envalentonados luego del plebiscito. A ello se suma el mareo de tierra que sufren muchos parlamentarios, de derecha e izquierda, que los ha llevado a darse vueltas de carnero. No olvidemos aquellos parlamentarios que rechazaron el primer retiro de AFP, aduciendo que era excepcional y por única vez, y que después terminaron sucumbiendo a los cantos de la sirena Jiles. ¿Y si quienes rechazaron la anterior acusación constitucional en contra del Presidente Piñera, deciden ahora apoyarla? Menudo problema enfrentaríamos. Al igual que en Perú, en nuestro país todo es posible. El “ají de gallina” quizás termine siendo un plato binacional.

La relación bilateral con Perú pasa por momentos estables en lo político y económico, más allá de sus constantes altos y bajos, y, por cierto, del pisco. La disputa por la denominación de origen del destilado de uva, parece que nos acompañará de manera indefinida, sin que se vislumbre una salida fácil ni definitiva al tema. La pandemia ciertamente no ha ayudado a que exista una mayor fluidez (no me refiero a la fluidez etílica) en las relaciones bilaterales, ni tampoco nuestra agenda de temas pendientes se ha visto beneficiada con el virus.  

Hace rato que nuestros vecinos del Rimac están tirando la pelota al córner con las obligaciones pendientes del fallo de La Haya, del 2014, sobre el litigio por límites marítimos bilaterales, destacándose aquella que obliga a Perú a adecuar su legislación interna a la Convención del Mar (Convemar), cuyo proyecto de ley duerme el “sueño de los justos” en el Congreso peruano. A ello se suma el tema del “triángulo terrestre”, que ambos países disputan al interpretar de manera diferente el Tratado de Límites de 1929 y el fallo del 2014. Siendo honestos, en nada contribuye a solucionar estos temas ni a tener una agenda bilateral consistentemente dinámica, si ambos países experimentan una alta rotación de cancilleres, como ha sido la tónica en los últimos años.

En ningún caso el frente diplomático con Perú está cerrado ni olvidado, aunque el fútbol y el pisco nos sigan recordando, de tanto en tanto, que nuestras relaciones son más amplias que eso. Mientras seguimos esperando a que nuestros vecinos del Norte cumplan el fallo de La Haya, para no sumarse a la rica tradición de los vecinos del Este, quienes ya son los campeones mundiales en incumplir los acuerdos y fallos internacionales, la Cancillería chilena debería tomar un rol proactivo en la materia. ¿Qué tal si le ponen una pizca de “chupilca del diablo” en sus menús diarios? Una rendición de cuentas sobre la situación bilateral con Perú, puede ser un buen punto de partida. Estaré atento a la convocatoria para verla junto a un sabroso “pisco sour”, pero ¡de origen chileno, poh!

@forregob

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