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Publicado el 3 febrero, 2021

Francisco Orrego: Nueva Constitución: ¿Más derechos o más deberes?

La respuesta de los chilenos frente a las medidas sanitarias que imponen las autoridades de salud, como consecuencia de la pandemia, es un fiel reflejo de la crisis de deberes que vive el país. No se trata de un fenómeno exclusivo de ricos o pobres, como algunos tratan de plantear, sino que es una actitud que no distingue clases, edades, sexo o condición.

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Las expectativas de la ciudadanía en relación al trabajo constituyente y la incorporación de nuevos derechos sociales o ampliación de los existentes va camino a encontrarse con la realidad del país como principal limitación. Las demandas, de unos y otros sectores, por exigir más y más derechos van a ser un tema importante de abordar y discutir en la Convención Constitucional.

Derechos como la salud, vivienda o pensiones, aparecen como prioritarios entre los chilenos. Ante las expectativas que genera esta discusión, hay que ser honestos y responsables: no hay que hacer creer a las personas que consagrar los derechos sociales en la Constitución va a significar automáticamente un cambio en sus condiciones de vida. Junto con consagrar nuevos derechos, como aspiraciones a perseguir como sociedad y no susceptibles de ser exigidos judicialmente, el nuevo texto constitucional debe recoger el principio de responsabilidad fiscal en el gasto público, como una manera de asegurar la sustentabilidad fiscal en el corto, mediano y largo plazo.

Pero además de reconocer derechos, la nueva Constitución debe hacerse cargo de su contrapartida: los deberes constitucionales. Sí, de esos compromisos con el país y sus habitantes, su soberanía, medioambiente, salud, civilidad, libre competencia, integridad, entre otros, que muchos chilenos parecen olvidar. Somos los campeones en exigir derechos y de mirar el techo a la hora de cumplir los deberes. Queremos vivir en un ambiente libre de contaminación, pero somos los primeros en dejar basura en los parques. Queremos ser emprendedores éxitosos, pero somos los primeros en hacer trampa. Queremos tener grandes parques nacionales, pero somos los primeros en abandonar nuestras zonas extremas y en descuidar la defensa de nuestra integridad territorial.

La respuesta de los chilenos frente a las medidas sanitarias que imponen las autoridades de salud, como consecuencia de la pandemia, es un fiel reflejo de la crisis de deberes que vive el país. No se trata de un fenómeno exclusivo de ricos o pobres, como algunos tratan de plantear, sino que es una actitud que no distingue clases, edades, sexo o condición. Es una crisis generalizada. Las fiestas clandestinas en Cachagua o Pudahuel son un buen reflejo de esta situación. Es una señal de desprecio hacia la autoridad y hacia los demás chilenos que cumplimos nuestra obligación de acatar las normas. Es una carencia de educación cívica llevada a su máxima expresión. Ya no se trata solo de cumplir con el deber de votar en las elecciones (que muchos no cumplen), sino que se extiende a todo nuestro actuar como ciudadanos y entre conciudadanos.

El ejemplo de nuestras autoridades y líderes políticos en el cumplimiento de sus deberes y obligaciones, no contribuye a generar entre los chilenos las condiciones mínimas de confianza y respeto de las normas. ¿De qué sirve respetar las normas, si las mismas autoridades las incumplen? ¿Para qué cumplir con nuestras obligaciones, si los líderes políticos llaman a infringirlas? Es lo que Enrique Mac-Iver denominaba “una falta de moralidad pública”. Por cierto, no se refiere a esa falta de moralidad que se relaciona con la apropiación indebida de dineros o fondos públicos, sino que a algo mucho más profundo. A una moralidad mucho más alta que la corrupción. Se trata de una moralidad que, en sus palabras, es hija de la educación intelectual y hermana del patriotismo.

Los derechos sociales están imperfectos o inconclusos si al mismo tiempo no contemplan los deberes correlativos. Quienes sólo quieran ver muchos derechos en la futura Constitución, y pocos deberes, se llevarán una gran decepción. La nueva Constitución deberá consagrar equilibradamente a unos y otros, sin contemplación. Para ello, nada mejor que por cada derecho que se reconozca en el texto constitucional, se consagre su consiguiente deber. Solo así los chilenos tendrán plena conciencia que exigir derechos, por un lado, y respetar deberes, por el otro, son las caras opuestas de una misma moneda.

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