Lo más permanente en un país es el espíritu del territorio” (Ángel Ganivet)

Al cierre de esta columna existen más de 300 iniciativas populares se encuentran pendientes de revisión para ser admitidas por la Convención Constitucional, sin que exista claridad sobre su admisibilidad. Mientras tanto el plazo para recoger firmas o patrocinios sigue avanzando, venciendo el 1 de febrero, lo que pone en duda el mecanismo de participación ciudadana durante el proceso constituyente. Una de esas iniciativas pendientes es de mi autoría y se refiere al territorio nacional.

Pocos chilenos han reparado que nuestro país es tricontinental, pues se encuentra ubicado principalmente en América, pero también en Oceanía y la Antártica. Tampoco existe plena conciencia del vasto territorio marítimo que estos territorios continentales e insulares proyectan en dirección al Océano Pacífico, Mar Austral y Antártico, creando una inmensa área marítima donde Chile debe ejercer su jurisdicción, sus deberes, obligaciones e intereses marítimos, incluyendo el mar, suelo y subsuelo marinos, así como la alta mar, conforme a la legislación nacional y al Derecho Internacional Marítimo.

Esta realidad geopolítica, con un innegable destino marítimo, ha sido reconocida por nuestros próceres, invariablemente, desde los tiempos de O’Higgins. Pero hoy, nuestra seguridad y defensa ya no viene dada por la regla del alcance de la bala de cañón que originara la creación del mar territorial, con una extensión original de tres millas náuticas, y que posteriormente se extendiera a doce millas náuticas con fines de resguardo de la pesca y explotación minera del suelo y subsuelo marinos.

Hoy día Chile necesita, como ayer, dominar el ancho mar pero no solo para ejercer las libertades básicas de navegación y comercio, sino que también la pesca, la facultad de tender cables y tuberías submarinos, la libertad de vuelo, la libertad de construir islas artificiales, la libertad de investigación científica, la libertad de ejercicios navales y, sobre todo, para contribuir a la mantención, preservación y orden del medio marino, de cuya existencia depende nuestra propia existencia en tierra firme, pues los fenómenos de la contaminación ambiental y el cambio climático deben enfrentarse también desde los océanos.

Nuestro país hace esfuerzos notables en todas las áreas para conquistar el mar: ha desarrollado la creación de inmensos parques marinos, contribuye a la salvaguarda de la vida humana en el mar, fiscaliza la comisión de delitos por la vía marítima, construye un rompehielos antártico de avanzada tecnología por primera vez en su historia –entre muchas otras acciones- y, todo ello, constituye un imperativo jurídico de la mayor entidad, que conecta nuestro inmenso mar con la conciencia de cada chileno.

Creemos que nuestro territorio nacional, continental, insular y marítimo, con sus características esenciales de indivisibilidad e inalienabilidad, constituye una de las bases de nuestra libertad, independencia e institucionalidad histórica, que Chile debe comprender y proyectar hacia el futuro. Nada mejor para ello, que reconocer en el nuevo texto constitucional algunos principios y normas básicas relativos al territorio chileno.

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