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Publicado el 23 diciembre, 2020

Francisco Orrego: Navidad de 1978 y los vigías de la paz

Hace 42 años la situación era aún más compleja. Las relaciones entre Chile y Argentina pasaban por una de las situaciones más tensas y complejas de la historia. El conflicto del Beagle tenía a ambos países en vilo.

 

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La intervención de quien hoy es San Juan Pablo II fue el evento determinante de una solución pacífica del conflicto que separaba a Chile y Argentina” (Francisco Orrego Vicuña).

En vísperas de nochebuena, nos aprontamos a disfrutar de una celebración navideña muy especial. Luego de un año en que el país fue azotado por una profunda crisis económica y sanitaria, la incertidumbre embarga a millones de chilenos. Pero hace 42 años la situación era aún más compleja. Las relaciones entre Chile y Argentina pasaban por una de las situaciones más tensas y complejas de la historia. El conflicto del Beagle tenía a ambos países en vilo.

El mes de diciembre de 1978 fue especialmente crítico. Tras casi un año de negociaciones directas entre ambos gobiernos, las posibilidades de lograr un acuerdo para poner fin a la controversia se alejaban. Recordemos que el Laudo Arbitral de la Reina Isabel II, de 1977, que había favorecido la posición chilena, había sido desconocido por el gobierno argentino. La declaración argentina de “insanablemente nulo”, que aún resuena en nuestras mentes, quedará registrada en los anales de la historia, como una expresión de repudio al derecho internacional y a la solución pacífica de controversias. El ex Canciller Gabriel Valdés afirmaría años después que “fue una demostración de desprecio brutal por el Derecho”.

En un contexto donde las hostilidades, aprestos y despliegues militares argentinos en el sur austral aumentaban al máximo la tensión entre ambos países, el gobierno chileno procuraba avanzar en soluciones en los ámbitos diplomáticos y jurídicos. El diálogo directo entre ambos gobiernos no lograba grandes avances, debido a la reticencia argentina. Un hito relevante fue la reunión entre los cancilleres Cubillos y Pastor, en Buenos Aires, el 12 de diciembre, donde se plantea por primera vez la opción del Papa Juan Pablo II como mediador. Sin embargo, ambas delegaciones no logran consensuar un acuerdo, especialmente en el contenido y alcance de la mediación.

En el plano jurídico, las opciones eran limitadas. Consistían en recurrir al TIAR en el marco de la OEA y a la Corte Internacional de Justicia. Tras el fracaso de la reunión ministerial, el Presidente Pinochet instruye al ministro Cubillos buscar todas las alternativas posibles, retrasando la ofensiva judicial en búsqueda de un acuerdo directo. Para ello, el ministro contaba con el apoyo de grandes juristas y eximios diplomáticos. El gobierno chileno se la jugaba por evitar la guerra. No así su contraparte.

En paralelo, la tensión militar en la zona austral escalaba a niveles vertiginosos. El gobierno argentino tenía previsto desarrollar la “Operación Soberanía” para los días 21 y 22 de diciembre, con el fin de invadir las Islas Picton, Lennox y Nueva, en el Canal del Beagle. Por su parte, las FF.AA. chilenas, menores en capacidad militar, se movilizaban al sur para defender el territorio, en un despliegue tan extraordinario como sigiloso. El 20 de diciembre, el gobierno chileno enviaría una nota al argentino reiterando la invitación a la mediación papal, que sería rechazado al día siguiente. La guerra era inminente.

El resto de la historia es conocida. Casi simultáneamente, un llamado a la paz de Juan Pablo II coincidía con una inusual y gigante tormenta en el Atlántico Sur que impidió la movilización de la flota argentina. La resuelta instrucción del Almirante Merino de responder ante cualquier incursión en aguas bajo soberanía nacional, ya estaba dada. El choque entre ambas flotas hubiera sido un desastre monumental, pero la intervención divina y pontificia lo impidieron. Pocos recuerdan que el Almirante Merino tendría más tarde un rol relevante en la defensa de los límites marítimos en la mediación papal.

El enviado papal, Monseñor Antonio Samoré, inició un trascendental y frenético viaje a Buenos Aires y Santiago, para detener definitivamente la opción bélica y explorar las bases de una solución pacífica al conflicto. Mientras en Argentina había sectores del gobierno que miraban con recelo la intervención pontificia, en Chile, en cambio, el viaje de Samoré era visto con total beneplácito y esperanza. Terminado este periplo por ambos países, y a punto de regresar a Roma, Samoré declararía que “veo una lucecita de esperanza al final del túnel”. Dicho y hecho, el 8 de enero de 1979 los cancilleres Cubillos y Pastor firmaban el Acta de Montevideo, por la cual ambos países solicitaban formalmente la mediación papal. “Como diría Maradona, la mano de Dios estuvo en la mediación”, reconocería el Canciller Miguel Alex Schweitzer.

En esta Navidad tan especial, quisiera rendir un homenaje a todas aquellas personas que siempre buscaron la paz, partiendo por SS Juan Pablo II, al Cardenal Samoré y a todo el resto de la diplomacia vaticana; al gobierno militar y sus ministros, en especial al Canciller Cubillos, por salvarnos de la guerra; a los diplomáticos y juristas chilenos que negociaron y lograron el tan anhelado Tratado de Paz y Amistad; y en especial, a todos los miembros de las FF.AA. que estuvieron dispuestos a dar su vida por nuestro país. Ellos, en su conjunto, fueron los vigías de la paz.

Concluyo con un simple, pero sentido llamado a los chilenos: no permitamos que las recurrentes pretensiones de los gobiernos argentinos en el Mar Austral, debiliten los acuerdos limítrofes marítimos vigentes, que tanto “sudor y lágrimas” nos costaron, ante el desinterés y pasividad de los gobiernos chilenos. Como herederos de la paz, tenemos el deber de exigir a nuestras autoridades la enérgica defensa de nuestra integridad territorial y del respeto a los tratados vigentes. Como todos los años, será mi petición especial a San Juan Pablo II en esta Navidad.

  1. Eugenio Lagos Baquedano dice:

    Felicitaciones Francisco por el reconocimiento a los protagonistas de lo que vivió Chile en esa lejana Navidad de 1978. Lamentablemente tenemos un gobierno pasivo y apático, no se puede esperar que defienda nuestra soberanía si no han sido capaces de mantener un mínimo de estado de derecho.

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