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Publicado el 26 agosto, 2020

Francisco Orrego: El humor: Quien lo hereda, no lo hurta

El éxito político de un gobernante está íntimamente ligado a su sentido del humor, una característica más bien propia del mundo anglosajón que del latinoamericano.

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… quien había pasado a ser Director de La Segunda, me invitó a escribir una columna semanal para ese diario. Sin saber por qué fui llegando a un estilo muy irónico, que mucha gente disfrutaba enormemente pero que algunos, directa o indirectamente aludidos, no quedaban muy felices y reclamaban al director de mis dichos. Ello me demostró que los chilenos, que nos creemos muy graciosos, en realidad lo somos solo cuando se involucra a otros, sin ningún sentido del humor cuando nos toca personalmente”.

Estas palabras corresponden a mi padre, Francisco Orrego Vicuña, quien entre sus múltiples facetas también tenía la de columnista habitual. Para quienes no lo conocieron, se autodenominó de niño como el “Cato”, apodo que me ha acompañado toda la vida, pues no faltan los amigos suyos que me dicen por cariño “Cato Jr.”. De Cato heredé, como era de suponerse, cosas buenas y otras no tanto. Pero faltaría al Cuarto Mandamiento si me enfocara en los defectos heredados.

En esta ocasión, me limitaré a destacar tres aspectos de su personalidad que agradezco diariamente por haberme legado: una vocación patriótica (o de servicio público), su fino y agudo sentido del humor y su afilada pluma. ¡Quien lo hereda, no lo hurta! Mal que mal, la herencia e influencia de nuestros antepasados Benjamín Vicuña Mackenna y Luis Orrego Luco, tampoco pueden desconocerse. Del primero decía su viuda, doña Victoria, que “Benjamín mete los bigotes en el tintero y luego los sacude sobre las hojas en blanco; de cada sacudida sale un libro”. Cato no tenía bigotes ni barba, pero su pluma fue tan prolífica como la de ellos. En mi caso, solo resta sentirme orgulloso de mi frondosa barba.

La cuarentena que nos ha acompañado estos meses me ha permitido desarrollar, como nunca en mi vida, la faceta de columnista por simple vocación. He disfrutado cada uno de los artículos de opinión, breves o largos, que he escrito. Y en cada oportunidad, se me vienen a la memoria las palabras de Cato, que me han servido de inspiración para pasearme por diversas tématicas y estilos, siempre tratando de no olvidar la importancia del sentido del humor. Eso ha implicado, incluso, abandonar alguna que otra idea de columna por prudencia, para no herir susceptibilidades. He podido comprobar, en algunas oportunidades, lo delicados o sensibles de piel que somos los chilenos. Y me siento orgulloso de haberme ganado varios bloqueos de algunos personajillos.

Aunque los personajes a que se refiere Cato son de otra época, debo confesar que hoy, en plena democracia -por muy “guateada”, famélica o frágil que esté-, sigue habiendo gente con escaso sentido del humor. Mi conclusión es que la ausencia de sentido del humor no tiene nada que ver con el régimen de gobierno, militar o democrático, sino que con el poder. A mayor poder, menor capacidad para reírse de si mismo. Es la embriaguez del poder o la soberbia. “Quien no sabe reírse de sí mismo suele ser un soberbio”, nos recuerda el escritor español Emilio Temprano.

Por mucho que algunos piensen lo contrario, el humor no es liviandad o superficialidad. En la simpleza del humor se encierra la profundidad de una realidad o la calidad de liderazgo de una persona. “Una broma es una cosa muy seria”, solía repetir Winston Churchill, quien gozaba de un fino e irónico sentido del humor. Se puede ser igualmente serio y divertido a la vez. El mensaje de fondo detrás de una sátira o ironía puede ser muy potente, aunque usted siempre se encuentre entre los últimos en reírse. Eso me lleva a compartirles una teoría que tengo: el éxito político de un gobernante está íntimamente ligado a su sentido del humor. Debo confesar que el humor es una característica más bien propia del mundo anglosajón que del latinoamericano, pero me abstendré de dar ejemplos de unos y otros para no ser acusado de “chistocito”, aunque debo confesar mi admiración por el humor inglés.

Recuerdo con especial nostalgia mi estadía en Inglaterra durante los años 80. Era la época de gloria de Margaret Thatcher. Confieso en este punto que mi admiración por esta tremenda estadista también la heredé de Cato. En aquellos años había un espacio de televisión que se llamaba “The Spitting Image” (viva imagen o vivo retrato), que era un programa de marionetas que se transmitía cada domingo (tipo «Japening con Ja») y que ironizaba -o ridiculizaba- a diferentes autoridades políticas británicas y  extranjeras, incluyendo a la Reina Isabel, Margaret Thatcher, Ronald Reagan, entre tantos otros. Este programa revolucionó la sátira televisiva británica durante más de 11 años. Solíamos reírnos a carcajadas con Cato cada domingo e imaginarnos, ya de regreso en Chile, como sería un programa similar en nuestro país. Ni entonces ni hoy habría espacio para un programa como ese y en ambos casos por la misma razón: la poca capacidad que tienen los chilenos para reírse de sí mismos. Somos un “país de tontos graves”, sentenció tiempo atrás mi amigo Juan Ignacio Brito.

Junto con compartir estas anécdotas, quisiera concluir con un mensaje: tomémonos en serio el sentido del humor y aprendamos a vivirlo, practicarlo y aceptarlo. Nuestra travesía por la vida es larga y el humor es un gran compañero de viaje, en especial frente a momentos complejos y adversos. “A fin de cuentas, todo es un chiste”, decía Charles Chaplin. Hagamos del sentido del humor un referente en nuestra vida. Y como ejercicio humorístico los invito a pensar en su epitafio. El mío será “Murió de risa”. ¿Y el suyo?

@forregob

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