“Las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste ?…” Eso les ocurre con frecuencia a quienes hemos visitado o vivido en esa mágica ciudad, que atrae, que nos hace soñar, que nos seduce, que incluso nos lleva a encariñarnos de su gente y urbanidad. Hasta hace un tiempo, Argentina seducía completamente a los chilenos, en muchas cosas queríamos ser como ellos. Hoy, ya no tanto. Sin embargo, ese particular trato a nuestros gobernantes y servicio exterior ha logrado que, en la historia, siempre hayamos caído inocentemente en sus hábiles maniobras geopolíticas. Argentina, en su política exterior, quiere de nosotros, los chilenos, dos cosas: acceso soberano al Pacífico y parte importante de nuestra Antártica chilena. Así han actuado consistentemente desde siempre. Hasta ahí nada nuevo.

Por lo anterior, no es de extrañar que un grupo de chilenos, entre ellos mi amigo Eduardo Rodríguez Guarachi, ex embajador de Chile en Buenos Aires, quien, en una reciente columna en este medio, califica como un asunto de interés regional -y por tanto, de Chile- la demanda argentina sobre las Islas Falkland (o Malvinas) y sus islas y espacios marítimos circundantes, fustigando aquellas voces “aventureras” -me pongo el sombrero- que cuestionan ese invariable apoyo de Chile a la pretensión transandina. Ello, mientras nuestros vecinos mantienen la modificación unilateral de nuestros límites marítimos al Sur-Este del Punto F, pretendiendo apropiarse de una porción de plataforma continental chilena, excediendo los términos del Tratado de Paz y Amistad de 1984 (TPA), y proyectarse desde ese suelo marino -ficticiamente argentino- hacia el Territorio Chileno Antártico.

Sin duda que el conflicto por las Falkland se trata de un asunto de interés hemisférico permanente, como efectivamente señaló el Presidente Alywin, más bien refiriéndose a que esa disputa de soberanía debe someterse a métodos de solución pacífica de controversias, tal como deberá resolverse el ahora nuevo conflicto limítrofe más allá del Punto F. En este último caso, afortunadamente el marco de solución está claramente establecido en el TPA. 

Lamentablemente, la realidad histórica, geopolítica y jurídica no permite dividir o separar quirúrgicamente un asunto del otro y tampoco puede pretenderse que la búsqueda de la solución pacífica de las controversias internacionales conduzca a la obsecuencia de Chile frente a las inverosímiles pretensiones argentinas. No está de más recordar las actitudes de nuestros vecinos  durante la Guerra del Pacifico en 1881 o el apoyo que Argentina habría ofrecido a Estados Unidos  cuando las relaciones de Chile y ese país se vieron tensionadas por el Incidente del Baltimore en Valparaíso el año 1891 o, más recientemente,  las pretensiones australes de nuestros vecinos que nos mantuvieron largos meses de 1978 en las trincheras, los que terminaron con el mismo TPA que ahora se vulnera flagrantemente por Argentina, en un gesto no precisamente de buena relación vecinal ni de integración latinoamericana. 

Y hablando de gestos poco amistosos, cabe recordar que aún se encuentra pendiente el cumplimiento del compromiso transandino de modificar su Política de Defensa Nacional para eliminar como zonas de “control compartido” aquellas áreas marítimas de soberanía chilena, como el Estrecho de Magallanes y el Mar de Drake, que el gobierno argentino asegura haber incluido erróneamente en su texto. Lo que evidentemente ya no es un error ni casualidad es la demora de las autoridades trasandinas en corregir ese documento conforme a lo comprometido. 

La realidad es que nuestros vecinos incluyeron en una misma ley y en un mismo mapa sus pretensiones tanto contra de Gran Bretaña en las Falkland, como contra de Chile al sur del Punto F y en el Territorio Antártico Chileno, desplegando una secular estrategia de consolidación geopolítica austral, asentada en una vieja y desgastada consigna anticolonialista y en un trasnochado amiguismo latinoamericano que todavía convence a algunos, incluso en Chile. ¿Qué sucederá cuando pronto termine la cooperación del sistema antártico? ¿Argentina reconocerá el Territorio Chileno Antártico? 

Considerando que el Reino Unido y Chile mantienen, históricamente, controversias territoriales con Argentina, surge la duda razonable sobre si nuestro país debe intervenir o no en una disputa territorial que le es ajena, tomando partido por uno de los países en cuestión, bajo el supuesto de una añeja  “solidaridad latinoamericana”. Pero más aún, ante el reciente apoyo del gobierno chileno a la causa transandina por las Islas Falklands, a través del ex canciller, Andrés Allamand, (rápidamente celebrado por el gobierno argentino), me pregunto cómo reaccionaría nuestro país si el Reino Unido solidarizara con Argentina en el diferendo sobre Campo de Hielo Sur, aún pendiente. Mención aparte es la ficticia delimitación de Campo de Hielo Sur, que por supuesto es parte de la estrategia de nuestros vecinos para obtener esa anhelada salida al Océano Pacifico. 

La diplomacia exige la defensa de los intereses permanentes del Estado más allá de ideologías anacrónicas o pasadas de moda. Hoy nuestro país no está en una trinchera latinoamericana luchando contra el imperialismo, hoy Chile es un país cuyos intereses nacionales se sitúan en los vastos territorios marítimos que se proyectan desde sus costas en América, Oceanía y la Antártica hacia el Mar Austral y Pacífico. Para ello, nuestra política exterior debe enfocarse en buscar en cualquier parte del mundo los socios, como el Reino Unido, que contribuyan a su seguridad, desarrollo y prosperidad en esa inmensa área oceánica, independientemente de los supuestos consensos regionales o del pensamiento de organismos multilaterales contrarios a los intereses del país.

Mucho menos sirven las cuerdas separadas frente a un contradictor que lo quiere todo. La política exterior de nuestro país frente al gobierno argentino no admite cuerdas separadas ni tratamientos aislados. Esa política solo permitirá que Argentina siga avanzando, paso a paso, en una estrategia geopolítica que comenzó en el siglo XIX y que no se detiene frente a la invariable postura de nuestra anquilosada diplomacia oficial y de algunos otros “engominados” que viven en un internacionalismo mal entendido y nostálgico. 

A  veces la diplomacia requiere de virajes intempestivos y no predecibles, inteligentes y con visión de campo, que cautelen los intereses del país. Más que estar preocupados de los problemas de nuestros vecinos con el Reino Unido, la invitación es a discutir este importante asunto en los niveles que corresponda, para construir una estrategia nacional de la proyección tricontinental de Chile, sin cuerdas separadas, con la globalidad que el asunto merece.

Estamos de acuerdo que queremos vivir en paz con nuestros vecinos y que la región donde vivimos sea un ejemplo de paz y prosperidad. Nadie podría estar en desacuerdo. Sin embargo, nunca podremos estar de acuerdo, si el precio a pagar para lograr lo anterior, va en contra de nuestros intereses nacionales. Los intereses de nuestro país estarán siempre por sobre los intereses personales, vecinales y regionales.

*Francisco Orrego es abogado.

Foto: Rodrigo Vieira.

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