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Publicado el 15 de abril, 2020

Francisco Orrego: Chile en modo silencio

A esos que prefieren el comentario fácil o ligero, nada mejor que recordarles la famosa frase de Mark Twain: “Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda”. Para los que piensen que estoy promoviendo una especie de censura a la libertad de expresión, les aclaro que pretendo todo lo contrario. Solo reclamo responsabilidad, madurez y respeto al momento de romper el silencio. Guardar silencio no es solo un derecho. En ocasiones también es un deber.

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Muchos recordarán la famosa frase “¡Por qué no te callas!”, cuando el Rey Juan Carlos I de España le paró los carros al ex presidente Hugo Chávez en una cumbre iberoamericana de Jefes de Estado. A muchos nos pareció un merecido y oportuno llamado de atención en contra de la insolencia del ex dictador venezolano. Me incluyo entre quienes disfrutaron de ese placentero momento. Pero esta columna no es para recordar al malogrado presidente populista ni al octogenario monarca. Me propongo reflexionar sobre el valor y sentido del silencio -y de la palabra- en momentos en que los chilenos vivimos una crisis política, sanitaria y económica, que normalmente hace brotar lo mejor y lo peor de las personas.

Tiempo atrás comentaba que la pandemia del Covid-19, y la consecuente cuarentena, se perfilaban como un regalo precioso para poner una pausa a la vida frenética que llevamos a diario y detenernos a reflexionar sobre lo que ha sido nuestra vida personal, familiar y laboral. Un espacio para experimentar este aislamiento con sentido, especialmente en tiempos convulsionados y donde los medios de comunicación y las redes sociales parecen invadirnos de noticias e información, dejando poco o nulo espacio para la meditación. Y el silencio -que de súbito nos acompaña- se transforma en una bendición, en un bálsamo para nuestro espíritu, en un momento de crecimiento personal. Pero no todos los chilenos tienen este privilegio de quietud, pues mientras algunos estamos viviendo una suerte de retiro monacal, hay miles de chilenos y chilenas jugándosela por todos nosotros durante este Estado de Catástrofe.

El silencio es, al mismo tiempo, un signo de prudencia y sabiduría, virtudes de las que muchos chilenos carecemos (me incluyo para que no me pelen). Ello es especialmente evidente en el mundo político donde campea la imprudencia y la insensatez. Pero esta ausencia de discreción y de sentido común también afecta al resto de la población. No es un mérito exclusivo de los políticos (aunque algunos así lo piensen). “Hay tiempo para callar y un tiempo para hablar” (Eclesiastés). Cuán cierta es esa frase. En momentos en que las autoridades de salud se esfuerzan al máximo para contener y manejar la crisis sanitaria, surgen diariamente voces criticas y la búsqueda de culpables desde todas partes. Es el clásico chaqueteo del chileno, un deporte nacional. En lugar de estar todos apoyando y respetando las decisiones de las autoridades, preferimos dar lecciones desde la comodidad de nuestras casas, como dueños de la verdad absoluta, a través de las redes sociales con comentarios tóxicos, livianos, infundados y vergonzosos. Hablamos desde el “yo” y no desde el “nosotros”. Hablamos desde el ego o la ira y no desde la humildad o serenidad. A muchos les haría bien aprender a callarse primero, para luego aprender a hablar.

Ya llegará el monto de evaluar el desempeño del gobierno en esta crisis, de hacer las críticas que correspondan y de buscar a los responsables. Pero hacer este ejercicio es medio de la crisis es irresponsable e imprudente. Hoy no es el momento de hablar. Es el momento del actuar. Lo que diferencia a un héroe de un antihéroe, es que el primero actúa mientras el segundo critica y busca culpables. El héroe actúa por los demás y no para sí mismo. Y mientras muchos hablan insensateces desde la tribuna o cátedra, otros, en cambio, están en la primera línea dándolo todo por nosotros. A esos que prefieren el comentario fácil o ligero, nada mejor que recordarles la famosa frase de Mark Twain: “Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda”. Para los que piensen que estoy promoviendo una especie de censura a la libertad de expresión, les aclaro que pretendo todo lo contrario. Solo reclamo responsabilidad, madurez y respeto al momento de romper el silencio. Estimado lector, si no tiene algo útil y constructivo que decir, mejor simplemente calle. Guardar silencio no es solo un derecho. En ocasiones también es un deber.

Junto con ser el momento del actuar, es el momento del agradecer. Como decía, hay millones de chilenos y chilenas con la camiseta puesta por el país, dejando atrás sus comodidades y familias. Por supuesto que me refiero a los profesionales y funcionarios de la salud, a las FFAA, Carabineros, PDI, trabajadores de actividades esenciales, entre tantos otros compatriotas. Pero también me refiero a aquellos expertos, científicos y otros especialistas que aportan su mirada y opinión versada para ayudar a tomar las mejores decisiones, muchos de ellos en forma silenciosa, prudente y desinteresada. No los olvidemos tampoco. Ellos no buscan un premio Nobel, ellos solo buscan soluciones que nos ayuden a todos. Ellos merecen todo nuestra gratitud y reconocimiento. Son nuestros héroes anónimos. Quienes rompan la regla del silencio para agradecerles lo están haciendo justificadamente como un gesto de unidad. Dar las gracias no divide; por el contrario, facilita la re-unión entre los chilenos.

Estimado lector, mi consejo es a ponernos en “modo silencio” y a ejercitar el mutismo durante la crisis sanitaria, a no ser que sea para apoyar, aportar, agradecer o pedir perdón. Seamos impecables y honorables con nuestras palabras. Las palabras nos dan poder, pero si las vamos a usar, que ellas lo sean en forma responsable, que ellas sean para crear y no destruir.Elijamos hablar con prudencia o mejor callar, para aportar y no juzgar ni criticar y para decir palabras que unan o inspiren a los demás y no que dividan o hieran. “Un silencio vale más que mil palabras”, dice un viejo refrán. Hay veces en que una palabra puede ser más destructiva que el silencio. El silencio adquiere así una cualidad invaluable. Hágame caso y haga como yo, que en mi casa siempre tengo la última palabra: “Sí mi amor”.

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