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Publicado el 19 agosto, 2020

Francisco Orrego: ¿Ad portas de un nuevo “Caupolicanazo”?

Salvo que el Ejecutivo y Congreso acuerden suspender el proceso, el próximo 25 de octubre, al igual que en 1980, los chilenos deberemos enfrentar un plebiscito que solo nos da dos opciones: rechazar o aprobar. “No sigamos dividiendo el país entre patriotas y antipatriotas, entre malos y buenos, porque nadie tiene el monopolio del patriotismo”, decía don Eduardo. Pero los políticos de hoy no aprendieron la lección y nos arrastraron a la misma dicotomía, con idéntico resultado: la polarización.

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Por eso nadie se hace ilusiones sobre el resultado” (Eduardo Frei M., 1980)

Este próximo 27 de agosto se celebran 40 años desde el “Caupolanicanazo”, aquel célebre encuentro de la oposición al gobierno militar, realizado en el Teatro Caupolicán un par de semanas antes del plebiscito que aprobó la Constitución de 1980. Se trató del primer acto masivo de la oposición y en él, el ex Presidente Eduardo Frei Montalva calificó como ilegítimo y antidemocrático el proyecto constitucional, que finalmente fue aprobado por el 67% de los votantes. El discurso de Frei marcó el futuro de la Constitución de 1980, dejándola mortalmente herida.

Ni siquiera las más de 40 reformas constitucionales, incluyendo la gran reforma de 2005, firmada por el ex Presidente Lagos en La Moneda y calificada como “… una Constitución democrática, acorde con el espíritu de Chile, del alma permanente de Chile …”, pudieron vacunar a la actual Constitución de las acusaciones de falta de legitimidad de origen. Es decir, ni la legitimidad de ejercicio del texto constitucional dado por más de 30 años de democracia permitieron evitar la encrucijada en la que nos encontramos hoy. Salvo que el Ejecutivo y Congreso acuerden suspender el proceso, el próximo 25 de octubre, al igual que en 1980, los chilenos deberemos enfrentar un plebiscito que solo nos da dos opciones: rechazar y aprobar. “No sigamos dividiendo el país entre patriotas y antipatriotas, entre malos y buenos, porque nadie tiene el monopolio del patriotismo”, decía don Eduardo. Pero los políticos de hoy no aprendieron la lección y nos arrastraron a la misma dicotomía, con idéntico resultado: la polarización.

Aunque ambos plebiscitos ocurren en un contexto histórico distinto, hay ciertos elementos comunes. A saber, se trata de un plebiscito con solo dos opciones binarias: rechazo o apruebo; se trata de consultar a la ciudadanía sobre un proceso constitucional acordado el 15 de noviembre pasado entre cuatro paredes, tras una maratónica jornada (“Acuerdo por la Paz y una Nueva Constitución”); marcado por la violencia y falta de libertad, bajo un estado de grave quebrantamiento del orden público y crisis política; y que se deberá realizar bajo un estado de excepción constitucional a raíz de la pandemia que afecta al país.

El discurso del ex mandatario fue de aquellos discursos históricos en la política chilena. Por ello, lo he leído en más de una ocasión. La última vez me hizo mucho sentido a propósito de la disyuntiva del próximo plebiscito y de las lecciones que nos deja. No hay que transformarse en democratacristiano ni en un admirador de don Eduardo para reconocer que era un verdadero estadista, demócrata y caballero, y que estaría perturbado y decepcionado del devenir actual de la DC y de su evidente inclinación a la centroizquierda (alianzas con PC incluidas). Sin mencionar que, en su calidad de abogado y ex presidente del Senado, estaría horrorizado y perplejo de ver cómo sus correligionarios se saltan las reglas constitucionales para legislar.

Volvamos al discurso del “Caupolicanazo”. Entre los diferentes argumentos que el ex presidente invocó, para calificar el plebiscito del 80 como “inválido”, menciona dos relevantes: la imposibilidad de realizar un plebiscito bajo un estado de emergencia; y la permanente existencia de amenazas y violencia. Para el ex mandatario era muy importante que “se geste un consenso nacional o pacto social que garantice la convivencia democrática, en paz y sin violencias”. ¿Suena conocido? Enfrentaremos el próximo plebiscito bajo un estado de excepción constitucional y de una pandemia mundial con graves efectos en el país, donde a las restricciones propias que dicho estado conlleva, se suman el fantasma de la abstención y del uso de las funas, amenazas y violencia durante el desarrollo de todo el proceso constituyente.

En dicha ocasión, Frei Montalva también planteaba su preocupación por aprobar un texto constitucional que dejaba su verdadero alcance y significado a la posterior dictación de las leyes orgánicas, calificando la situación como una “burla al país”. Aunque también pueda asimilarse a una burla, la ausencia de propuestas de cambios constitucionales en el presente debate, nos lleva a una situación insólita donde la ciudadanía desconoce el verdadero alcance de la opción apruebo. Es decir, la opción Apruebo, bajo el actual escenario, estaría desprovista de alcance y contenidos, que no solo hacen desaconsejable apoyar esa opción sino que ponen una nota de duda sobre la seriedad del proceso completo. Es la negación misma al derecho a una votación informada. Ello, por sí mismo, justifica apoyar el rechazo en esta ocasión.

Por otra parte, para el ex presidente era muy importante aclarar que el apoyo a la opción Rechazo en aquel entonces no estaba conduciendo al país al desorden y caos como se afirmaba. A la luz de declaraciones de ciertos políticos de izquierda, pareciera que esta estrategia electoral se vuelve a repetir. Por ello, es bueno aclarar que la opción Rechazo de cara al próximo plebiscito tampoco conlleva desorden ni caos, y que es una opción tan legítima como el Rechazo de 1980, aunque algunos pretendan denostar esta legítima opción. Adicionalmente, el ex mandatario afirmaba que “una crisis, por grave que haya sido, no representa ni puede borrar ese pasado. No era Chile un país en decadencia, como se le quiere pintar en una tentativa de distorsionar toda nuestra historia”. Interesante reflexión, pues en el actual debate también hay quienes quieren tirar por la borda todo el progreso que ha logrado el país en los últimos 30 años, recurriendo a discursos refundacionales o a “hojas en blanco”, ambas con ribetes revanchistas. Ahí está el legado de 30 años de democracia constitucional, que nadie puede desconocer.

En su alocución, don Eduardo también fue más allá de lo planteado por el gobierno militar de cara al referéndum. No solo reiteró la necesidad de que el plebiscito cumpliera con todos los requisitos esenciales propios de este tipo de actos democráticos, sino que también planteó la necesidad de que se consideraran alternativas al proyecto sometido a consulta, agregando que “… si estos planteamientos no se contestan o se rechazan, este plebiscito no será válido, y tampoco lo serán sus resultados”. ¡Vaya advertencia! ¿Se imaginan como sería tratado en el Chile de hoy, alguien que tuviera la osadía y coraje de lanzar esa advertencia respecto del plebiscito próximo?. En el presente debate, también se han planteado diversas y legítimas alternativas frente a las dos opciones existentes. Estas van desde agregar una tercera alternativa en la papeleta (“rechazar para reformar”) hasta pasar directamente a elegir un nuevo Congreso, dotándolo de facultades constituyentes especiales. De no incluirse o considerarse estas alternativas en octubre próximo, ¿se podrían desconocer la validez del plebiscito y de sus resultados, sin ser acusado de antidemocrático o antipatriótico?. Dejo planteada la inquietud.

De modo que nadie puede engañarse: el resultado de este plebiscito está predeterminado”. Mientras continúo redactando mi propio discurso para el próximo “caupolicanazo”, termino esta columna rematando con esta lapidaria sentencia del ex mandatario, porque de alguna manera, cuarenta años después, vuelven a confluir una serie de elementos y circunstancias que hacen presumir que el resultado del plebiscito de octubre también estaría predeterminado. Aunque se haga un esfuerzo importante por evitarlo, nuevamente el fantasma de la legitimidad de origen, sea por la coacción inicial o por una alta abstención plebiscitaria, vuelve a envolver el proceso constituyente. Está por verse cuán herida resultará la nueva Constitución de todo este proceso. Aún estamos a tiempo de evitarlo.

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