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Publicado el 19 de julio, 2020

Francisco Jiménez: No estamos conformes con Chile, pero…

Director Unión Social de Empresarios, Ejecutivos y Emprendedores Cristianos (USEC) Francisco Jiménez U.

Cuando todo es confuso, lo peor es dudar de lo único sólido: no se logran fines rectos a través de medios torcidos. Si el objetivo es la justicia, la paz, la libertad y la solidaridad, no llegaremos a ellas a través de la injusticia, la violencia, la intolerancia, el abuso, el populismo ni el egoísmo.

Francisco Jiménez U. Director Unión Social de Empresarios, Ejecutivos y Emprendedores Cristianos (USEC)

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Gilbert K. Chesterton decía que antes de destruir un muro había que preguntarse, en primer lugar, para qué había sido construido. Creo que con lo que pasó en la Cámara de Diputados y el proyecto para retirar el 10% de los ahorros de las pensiones pasa algo similar. Cuando las cosas se ponen confusas, yo soy de los que procura buscar referencias sólidas en el pasado.

Hace 72 años, el padre Alberto Hurtado inspiró a un grupo de jóvenes “industriales”, como se les llamaba entonces a los empresarios, para que fundaran USEC. Desde entonces, hemos estado promoviendo una visión de empresa que contribuya a la creación de una sociedad más justa, libre, solidaria y humana. Y como es una institución que lleva tanto tiempo, es sano preguntarse por qué todavía está allí. Y la mejor respuesta que se me ocurre es que, si hemos sostenido este esfuerzo por tanto tiempo, es porque siguen existiendo muchas personas del mundo empresarial que no estamos 100% conformes con el país que tenemos; todo empresario lleva dentro de sí un sano espíritu revolucionario, el querer cambiar las cosas, mejorarlas para bien, junto con un espíritu constructivo, y de ahí la innovación y el desarrollo de la creatividad para el bien de la sociedad, no para su destrucción.

Chile ha cambiado tanto en estos 72 años que podríamos engañarnos y creer que las mejoras que faltan son solo incrementales, graduales, adicionales; que basta con recuperar el ritmo de crecimiento y tratar de hacer cada día mejor lo mismo que ayer nos funcionó. Creo que eso es un error gigantesco. Y para curarse de ese error propongo volver a mirar a Chile con los ojos de San Alberto Hurtado, y volver a hacerse la pregunta: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”

Miremos hacia atrás, entonces. La creación de USEC fue parte de la respuesta que propuso San Alberto a un problema social muy delicado de ese tiempo. Las condiciones de vida en la ciudad y, en especial, las condiciones del trabajo en las industrias no siempre se condecían con la dignidad de las personas, al punto que no sólo se perdían vidas, sino que también se perdían las almas. Hoy se le conoce como “justicia social”, pero el primero que lo dijo en Chile fue ese sacerdote jesuita, con otras palabras: la caridad de los católicos no es suficiente si las condiciones estructurales no son justas. Había que impregnar de justicia las estructuras sociales, esto es, la forma de relacionarnos, partiendo por las del trabajo. Por eso es que impulsó la formación de líderes sindicales y de líderes empresariales.

A la distancia, la propuesta de San Alberto Hurtado puede parecer obvia porque era evidente lo que había que hacer. Eso sería otro gran error. Lo que propuso nuestro fundador basado en la Doctrina Social de la Iglesia al problema de la dignidad de la persona humana no era la única alternativa sobre la mesa: otro grupo de personas –muy decididas e igualmente convencidas– postulaba la vía de la violencia política, de la revolución y la construcción de un nuevo modelo de rasgos colectivistas.

Toda esta vuelta es sólo para decir esto: han pasado 72 años y la historia no se repite, pero sí rima. Nuevamente, todo parece confuso, no estamos conformes con el país que tenemos, muchas personas no tienen una vida digna, ni trabajo, pensión, salud o educación digna… y al igual que aquella vez, sobre la mesa hay una propuesta de aparente solución que parece muy atractiva: la violencia política, la destrucción de las estructuras y la promesa mesiánica y utópica –nunca verificada en la práctica—de  levantar nuevas estructuras, ahora sí, de un modo supuestamente justo, aunque esto último se mantenga en una conveniente nebulosa y no se diga en qué consistirán ni cuales serán sus fundamentos últimos.

Cuando todo es confuso, lo peor es dudar de lo único sólido: no se logran fines rectos a través de medios torcidos. Si el objetivo es la justicia, la paz, la libertad y la solidaridad, no llegaremos a ellas a través de la injusticia, la violencia, la intolerancia, el abuso, el populismo ni el egoísmo.

Quiero pensar que no es demasiado tarde, ya que me parece de la máxima importancia que los hombres y mujeres de empresa que creemos en la libertad, en la dignidad y trascendencia de la persona, en la justicia, la caridad, la solidaridad, en la subsidiariedad y sobre todo, los que creemos en la paz, superemos el temor y levantemos nuestra voz y digamos con claridad que aun cuando no estemos totalmente conformes con el país que hemos construido, ¡no podemos ser complacientes ante su destrucción y que sí vale la pena seguir trabajando día a día por él con redoblada fuerza y convicción!

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