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Publicado el 09 de marzo, 2020

Francisca Reyes: La doble cara del feminismo

Abogada, Magister en Bioética PUC (c), Investigadora Res Publica Francisca Reyes

Lo que partió como un movimiento socio-político dirigido a procurar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, decantó hasta convertirse en un colectivo que ha servido de fachada para esconder consignas de la más variada índole política e ideológica.

Francisca Reyes Abogada, Magister en Bioética PUC (c), Investigadora Res Publica

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Hablar de feminismo en el contexto actual es una tarea compleja, pues exige distinguir, en primer lugar, de qué feminismo estamos hablando.

No es lo mismo hablar del feminismo del siglo XIX, versus el feminismo que impera desde los años 80 hasta nuestros días. Lo que partió como un movimiento socio-político dirigido a procurar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, decantó hasta convertirse en un colectivo que ha servido de fachada para esconder consignas de la más variada índole política e ideológica.

De los 16 puntos consignados en el petitorio de la marcha –y posterior huelga– feminista convocada por la Coordinadora 8M para el pasado domingo, llaman particularmente la atención algunos que parecieran no tener directa relación con las reivindicaciones concebidas originalmente por el colectivo. Soberanía alimentaria, tecnologías digitales y luchas carcelarias son solo algunos de los tópicos que inexplicablemente se tomaron la palestra de la convocatoria.

Las banderas escondidas bajo el lema de “protección a la mujer” parecieran ser solo el comienzo del problema que califico como “la doble cara del feminismo”. La creencia de que las mujeres somos parte de un colectivo homogéneo y que por alguna arbitraria razón “nacemos víctimas” del sistema, es solo el síntoma de un fenómeno “infantilizador” de la sociedad, en que nadie pareciera ser o querer ser responsable de sí mismo.

Si bien tenemos condicionantes biológicas que marcan diferencias entre hombres y mujeres, estas diferencias no deben comprenderse como inferioridad. Ahí radica el principal problema de la fallida comprensión de la mujer como “sexo débil”. ¿Estamos realmente obligadas a dedicarnos a ciertas tareas?

Las mujeres no necesitamos que nos reserven cupos especiales, lo que necesitamos es competir en igualdad de condiciones.

Es un hecho biológico que tenemos ciertas tendencias a realizar algún tipo de labores por sobre otras. Tener hijos, por ejemplo, no es una imposición del heteropatriarcado, es una condición biológica que, bien entendida, nos posiciona en una situación de complementariedad con el sexo masculino. Pareciera que un grupo ideologizado quiso entender esa complementariedad como una imposición arbitraria, adjudicándose el deber moral de combatirla como si se tratase de un enemigo implacable.

Concebir a algunos sectores de la población con una suerte de “síndrome de Peter Pan”, en que parecieran vivir en una eterna minoría de edad, incapacidad para responsabilizarse por su propia vida y victimización, solo terminará por allanar el camino hacia el fortalecimiento e imposición de algunos grupos humanos por sobre otros. La paridad lamentablemente representa una política que justamente también va en este sentido. Las mujeres no necesitamos que nos reserven cupos especiales, lo que necesitamos es competir en igualdad de condiciones.

El victimismo es uno de los grandes problemas contemporáneos, tiene que ver con el infantilismo de la sociedad. Tiene que ver con que siempre el culpable es otro. Es el ingrediente central del nacionalismo, el populismo y otras visiones radicales del mundo. ¿Hay alguien que sea realmente responsable de su vida? Pareciera que en la sociedad actual no.

Lo más preocupante, es que hay problemas realmente graves que afectan a las mujeres en el mundo, pero que han sido silenciados, tal vez por no afectarnos directamente, o quizás porque no son tan “marketeros” como las consignas políticas e ideológicas. Solo para ilustrar e invitar a la reflexión, hoy en el mundo, más de 200 millones de mujeres han sido sometidas a prácticas de mutilación genital, actos que siguen vigente en más de 30 países, y que afectan a 1 de cada 20 mujeres. Este tipo de prácticas constituyen verdaderas vulneraciones a la dignidad humana, al menos mucho más que la falta de “tecnologías feministas” o de cuotas políticas.

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