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Publicado el 20 de junio, 2020

Francisca Echeverría: Un país fracturado

Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes Francisca Echeverría

No hemos logrado exorcizarnos del clima de octubre. Vivimos en un país socialmente fracturado, y cualquier intento de esbozar un camino de salida del complejo momento actual debiera partir por asumir este hecho.

Francisca Echeverría Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes
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Quienes pensaron que la crisis sanitaria calmaría nuestra discusión pública han comprobado que era una mera ilusión. La polarización ha recuperado terreno, como han mostrado las pasiones que despertó el cambio del ministro de Salud, las polémicas en torno a los datos o el empeño en buscar culpables de una crisis que nos supera a todos. No hemos logrado exorcizarnos del clima de octubre. Vivimos en un país socialmente fracturado, y cualquier intento de esbozar un camino de salida del complejo momento actual debiera partir por asumir este hecho.

La fractura no se produjo el 18-O, como parecen creer algunos, aunque cuajó en ese momento de modo singular. Más allá de las teorías que encuentran en el marxismo internacional toda la explicación de la revuelta, lo cierto es que en Chile había materia suficiente para que se propagara el incendio. El quiebre viene de mucho antes y tiene causas variadas y hondas, como la percepción de una clase política desconectada de la realidad del país, la crisis de legitimidad de las instituciones, unas desigualdades excesivas que dificultan el sentido de pertenecer a una misma sociedad, o el debilitamiento de los vínculos humanos que deja a los ciudadanos desanclados, convertidos en consumidores sin raíces. A pocos días del estallido, Pedro Morandé hacía notar cómo la vida en común se había ido resquebrajando progresivamente, mientras perseguíamos el desarrollo sin una adecuada reflexión acerca de las condiciones culturales y los estilos de vida capaces de sustentar la convivencia social. Ahora bien, la lógica con que tratamos esas dificultades en octubre se ha mostrado nociva e ineficaz, y tampoco sirve para enfrentar la pandemia.

El país está internamente escindido por un déficit de confianza a todo nivel. El mismo Mañalich se refirió hace poco a una desconfianza recíproca entre autoridades y ciudadanos. Mientras cierta derecha ignora esa fractura, parte de la izquierda profita de ella. Para los primeros, el quiebre es una idea de los que promueven la desestabilización y la lucha de clases; les parece que admitir que Chile tiene un problema estructural, más allá de los avances de las últimas décadas, es autoflagelante e inútil. En la otra vereda están quienes buscan profundizar la fractura: se complacen en denunciarla y apropiársela, en un afán de explotarla hasta el infinito en busca de réditos políticos.

La actual crispación de la discusión pública es síntoma de ese quiebre subterráneo. La salida de Mañalich es buen ejemplo: mientras algunos la leyeron como el fin de quien parecía encarnar todos los males, otros vieron en ella una imperdonable traición a un héroe. La tendencia a transformar toda discrepancia en una cuestión de principios ha polarizado cualquier discusión. Quienes entran en esta dinámica no son conscientes de sus potenciales consecuencias: actúan como si el riesgo de un autoritarismo mesiánico en un país con una fuerte crisis de representación política no fuera real, como si lo construido no fuera frágil ni pudiera ser destruido. Intentar comprender la seriedad del momento que vivimos nos ayudaría a buscar curar la fractura en lugar de alimentarla.

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