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Publicado el 12 junio, 2021

Francisca Echeverría: Refundar

Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes Francisca Echeverría

La lógica refundacional de un grupo de constituyentes, aunque escandaliza a muchos, no es del todo nueva.

Francisca Echeverría Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes
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Esta semana treinta y cuatro constituyentes plantearon que la Convención no debía someterse a las definiciones el Acuerdo del 15 de noviembre de 2019, punto de partida del proceso constituyente. Reclaman ser depositarios de un “poder constituyente originario” superior a cualquier rayado de cancha previo: pretenden partir desde cero, desconociendo incluso las condiciones que hicieron posible su elección como redactores de una nueva Constitución. Ese afán refundacional, que algunos consideran la encarnación de la libertad ‒comenzar sin ningún límite‒ implica un alto grado de fuerza: como ha declarado sin complejos otro de los constituyentes electos, no irán a la Convención a discutir, sino derechamente a imponer.

Esta lógica, si bien escandaliza a muchos, no es del todo nueva. Ya en los años ochenta Mario Góngora alertaba contra lo que llamó las “planificaciones globales”, esto es, los esfuerzos políticos dirigidos a rediseñar totalmente el país desde arriba, a partir de modelos abstractos. El historiador identifica en ese rasgo voluntarista un paradójico denominador común de gobiernos tan disímiles como los de Frei Montalva, Allende y Pinochet. Si el primero intentó inducir el desarrollo de forma programada según las doctrinas de la CEPAL y el segundo pretendió refundar importando el marxismo, el período iniciado en 1973 fue también, según Góngora, una “revolución desde arriba”, un plan de transformación radical de la sociedad en su conjunto a partir de una doctrina económica liberal y antiestatista, cuya lógica extendió su influjo mucho más allá del campo económico.

Si Góngora está en lo cierto, el esfuerzo de estos constituyentes de utilizar la Convención para establecer unilateralmente un nuevo modelo de sociedad se inserta en esa misma dinámica de refundaciones sucesivas. Curiosamente, el espíritu de algunos de quienes se les oponen desde el otro extremo del espectro político no es demasiado distinto: si arrasan con sus ideas, parecen decir, deberá llegar el momento en que volvamos a arrasar con las nuestras. Esta dinámica pendular y en cierto modo revanchista revela algo profundo: la convicción de que las distintas posturas en juego son irreconciliables, de que no hay discusión racional posible y el único modo de llevar adelante un plan de mejora es la fuerza. Al desprecio por la deliberación racional se une el desprecio por el pasado, en sus diversas formas: por las instituciones que han tardado siglos en fraguar, que nos protegen de los arrebatos mesiánicos; los consensos de las últimas décadas, que nos devolvieron la democracia y contribuyeron a la reducción de dolorosas formas de pobreza; nuestra identidad cultural latinoamericana y sus modos de vida propios, que han sido sistemáticamente olvidados a la hora de pensar sobre el desarrollo.

Lo que parece estar en juego, en definitiva, son dos modos de concebir la política: la que la entiende como un ejercicio de la racionalidad, que busca procesar el conflicto y las diferencias ‒que siempre habrá‒ mediante el intercambio de razones y acuerdos para ser capaces de convivir en la pluralidad, y aquella que la comprende como pura fuerza, como hacerse con el poder para intentar transformar la realidad a voluntad. Razón o fuerza. Quienes piensan que apostar por la primera es pura ingenuidad, al menos debieran cuestionarse la conveniencia de continuar una dinámica voluntarista que se ha mostrado ineficaz a la hora de sentar las bases de un desarrollo sostenible para el país. Quizás no sea tan mala idea dejar de imaginar el desarrollo en términos de “modelos” instaurados verticalmente e intentar pensar el futuro en continuidad con lo que somos y con todo aquello valioso que se ha construido.

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