Una mirada retrospectiva de nuestro último año político pone de relieve una verdad contundente: la historia no está escrita. Tras un vertiginoso 2021 —solo pensemos en la pandemia, el Colegio de Profesores, Lavín, Jadue, (¡Pamela Jiles!), la Lista del Pueblo, Karina Oliva, Claudio Orrego, el inicio de la Convención, la dupla Loncón-Bassa, el Pelao’ Vade, Sichel, los retiros de fondos previsionales, la inflación, la fuga de capitales, el auge de Kast—, el tono del presidente electo y el anuncio de su primer gabinete manifiestan la realidad fascinante (y, en este caso, tranquilizadora) del cambio de viento político. A pesar del año revuelto, Boric consiguió el triunfo con un discurso tan concertacionista como todo aquello que decía despreciar. Y hasta ahora ha mantenido ese tono de buscar cambios con responsabilidad que, hace solo un par de meses, parecía un lejano recuerdo de la izquierda de otros tiempos. Es evidente que en su actitud actual y el inteligente diseño de su gabinete influyeron el resultado de la primera vuelta presidencial y la elección del nuevo Congreso. En otras palabras, entre el Boric de la campaña y el actual presidente electo medió la libertad de los chilenos de la calle, sus prioridades y formas de ver el mundo, tan alejadas de los anhelos revolucionarios de ciertas élites.

La experiencia de que la historia no está escrita es una lección saludable para todos, tanto para aquellos que desde el 18 de octubre creían estar del lado de un movimiento histórico imparable, como para quienes hasta hace poco pensaban con Fukuyama que ya no habría más historia, que la democracia representativa y el mercado habían acabado con los grandes acontecimientos. Lo cierto es que hay historia, que esta no es lineal ni está escrita en ningún guion anticipado. No es ni la inevitable liberación del proletariado oprimido ni el inevitable despliegue del capitalismo opulento. Es la historia situada de pueblos concretos, compuestos por mujeres y hombres de carne y hueso, con libertad y pasiones, que se juegan algo en cada decisión y que no son movidos simplemente por fuerzas anónimas. La actitud de Boric puede cambiar y su estrategia ministerial ser un fracaso; también ahí cabe la libertad y lo impredecible. Pero el momento actual revela la siempre sorprendente falta de determinación de los hechos políticos, la apertura de las cosas humanas.

La Convención Constitucional, con sus excesos, todavía no parece aprender esta lección del presente. Si los convencionales aún creen vivir en un octubre eterno y se sienten respaldados por la fuerza de la historia, harían bien en abrir las ventanas y respirar el aire que respira Chile. Su cometido es escribir una Constitución, no pretender reescribir la tradición e historia de un pueblo. El voluntarismo puede llegar muy lejos, pero la metáfora de la hoja en blanco terminaría por volverse en su contra: el respaldo ciudadano en el plebiscito de salida no está asegurado, ni tampoco lo está la larga vida de una Constitución ficticia aprobada en momentos de crisis. Aprender de la experiencia reciente que la historia no está escrita puede evitar que esa misma historia termina por borrar lo escrito de un plumazo.

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