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Publicado el 17 abril, 2021

Francisca Echeverría: Gobernar es priorizar

Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes Francisca Echeverría

En uno de los momentos más serios de nuestra historia reciente, votaría por un candidato que dé muestras de asumir a fondo al menos uno de nuestros problemas críticos y de poder convertirlo en una prioridad efectiva de su gobierno.

Francisca Echeverría Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes
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Vivimos uno de los momentos más serios de nuestra historia reciente –con una crisis política y social de proporciones– y nuestros políticos giran en banda en torno a cuestiones ajenas a las necesidades del país. Entre tanto ruido, no es fácil tomar la radiografía de la situación actual, aunque claramente la erosión inducida del sistema de pensiones (disfrazada de ayuda a los más vulnerables) o la discusión sobre la eutanasia (también presentada como ayuda a los vulnerables) no contribuyen en lo más mínimo a resolver los problemas reales de Chile. La política consiste, en buena medida, en establecer prioridades. Por eso, en un año de elecciones presidenciales, yo votaría por un candidato que dé muestras de asumir a fondo al menos uno de nuestros nudos críticos y de poder convertirlo en una prioridad efectiva de su gobierno.

Si hubiera que enumerar algunas de las urgencias más agudas, resulta inevitable referirse al desajuste institucional del sistema político, que ha tornado imposible la relación entre el Ejecutivo y el Congreso y ha vuelto ingobernable el país, o el drama de la educación, en una nación que pretende ser desarrollada pero donde los niños llegan a cuarto básico sin leer ni escribir y la mitad de los adultos no entiende lo que lee. Es verdad que son cuestiones de largo alcance que no dan réditos en el corto plazo, pero que debieran estar en el horizonte de los candidatos y actores políticos si hay un mínimo de responsabilidad por el país que se busca gobernar. El entrampamiento del sistema político deberá ser materia, fundamentalmente, de la Convención Constitucional, mientras que el desafío educacional supone un Ejecutivo capaz de priorizar, con un proyecto político sólido y dispuesto a poner las bases para una tarea de largo plazo.

En este contexto, votaría por un candidato presidencial que quiera convocar a las personas con más experiencia en educación de todo el espectro político para pensar cómo conseguir un objetivo prioritario: que todos los niños Chile aprendan de verdad a hablar, leer y escribir –y, por lo tanto, a pensar– y que adquieran ciertos hábitos como la autodisciplina o la capacidad de razonamiento práctico. Votaría por quien busque revertir el desinterés por las pedagogías y contribuya a hacer de los profesores profesionales cualificados y que entiendan su tarea como una labor conjunta con las familias. Votaría por aquel al que le importe rescatar la educación pública, que estamos dejando morir, aunque sus hijos no estudien en ella. Votaría por quien no se confunda pensando que mejor educación es mejor infraestructura o habilidades tecnológicas para el mercado laboral.

En fin, votaría por quien no se pierda en este mar de voces estridentes y caóticas, en las peleas bajas por ganar visibilidad, y asuma en serio alguna de las tareas de fondo que se presentan por delante. Pero ¿qué tenemos?, ¿doce? ¿trece? candidatos presidenciales que van desde el exhibicionismo y la degradación de la política, al ánimo refundacional o la frivolidad acrítica para asumir causas ajenas con tal de conseguir votos. Ciertamente existen también candidatos más o menos razonables de lado y lado, pero que carecen de proyecto político más allá de algunas propuestas sueltas, y que además aparecen deslucidos frente a tamaña dispersión de candidaturas.

Si queremos llegar a alguna parte, los partidos y las coaliciones tendrán que saber priorizar y, aunque resulte doloroso, bajar candidatos para evitar que los egos y los intereses propios devengan en un daño irreversible al país. Los candidatos, a su vez, deberán esforzarse por formular proyectos políticos consistentes y con mirada de largo plazo, y priorizar objetivos a partir de las necesidades reales de Chile. El panorama no es demasiado alentador, pero aún es tiempo. Si no conseguimos priorizar, habremos llegado demasiado tarde.

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