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Publicado el 20 marzo, 2021

Francisca Echeverría: Cuidar lo nuestro

Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes Francisca Echeverría

La película de Maite Alberdi nos pone frente a la punzante cuestión de la vejez y despierta la pregunta por el cuidado de todo aquello que escapa a la categoría de útil.

Francisca Echeverría Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes
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La comentada película chilena El Agente Topo ha sido nominada al Oscar en la categoría de mejor documental y hay buenos motivos para hacerlo. La obra de Maite Alberdi, filmada al interior de un hogar de ancianos en El Monte, nos pone frente a la punzante cuestión de la vejez y lo hace sin morbo, con sobriedad, incluso con humor, a la vez que nos enfrenta con dolorosa sinceridad a la soledad y la marginación. Profundamente chilena, el carácter de los personajes, el lenguaje, la forma de relacionarse y la estética de la película nos permiten reencontrarnos con un país muy familiar, aunque alejado de la idea de nación desarrollada -digamos, Sanhattan– que nos hemos forjado de nosotros mismos en las últimas décadas. El documental pone de relieve el contraste entre lo que solemos considerar progreso -la vida moderna, eficiente, productiva, donde no hay espacio para la enfermedad o la vejez- y lo que ocurre en la cruda realidad, y despierta la pregunta por el cuidado de todo aquello que escapa a la categoría de útil.

En efecto, la reflexión por el lugar de la vejez en nuestras sociedades rápidas y orientadas al logro remite a cuestiones más amplias. Nos conecta, por ejemplo, con el tema ecológico, un desafío imponente al que no terminamos de tomar el peso. Aunque no siempre sea evidente, la forma en que tratamos a los ancianos guarda estrecha relación con el modo en que nos aproximamos a la naturaleza. La protección del medioambiente requiere de la capacidad de valorar la realidad por sí misma y no solo por su rendimiento. ¿Acaso no opera la misma lógica al dejar de lado a quienes ya no resultan útiles -en este caso, los ancianos vulnerables- que al servirse de la naturaleza de un modo únicamente instrumental, sin atender a su deterioro? ¿No estamos frente a la racionalidad propia del sujeto aislado, que vive, produce y consume maximizando su propia utilidad, al margen de las consecuencias sociales o ambientales?

Esta perspectiva del individuo atomizado, tan extendida en la cultura contemporánea –mis derechos, mis preferencias, mi proyecto de vida- comienza a hacer cortocircuito. Cuestiones como el descarte de los ancianos y el daño ambiental no debieran sorprendernos dada la mentalidad imperante, pero pueden ayudarnos a salir de nuestro letargo. ¿O pensamos que podemos seguir enfrentando los problemas ecológicos y sociales desde la lógica individual y maximizadora?

Si vamos a las causas, no es difícil comprender que el desafío ambiental está íntimamente conectado con nuestra crisis social. Una auténtica preocupación ecológica implica superar la perspectiva del individuo radicalmente autónomo y hacerse conscientes de que estamos vinculados con otros, con quienes compartimos un mundo común, un patrimonio natural recibido de la generación anterior -esa que nos muestra El Agente Topo– y que hemos de dejar a la siguiente en condiciones habitables. La sociedad no es otra cosa que ese pacto intergeneracional entre los que estuvieron, los que están y los que vendrán.

La superficialidad de nuestra conciencia ecológica -recordemos que hace dos años todos éramos ecologistas con Greta- quizás se deba a nuestra dificultad para percibir ese vínculo. Así, una perspectiva política que pretenda solucionar el problema ambiental como una cuestión de técnicas, incentivos y regulaciones, sin llegar a su raíz humana, simplemente está destinada al fracaso. Cuidamos el mundo para otros, y esos otros también forman parte de aquello que debe ser custodiado. El hábito de reciclar se vuelve cosmético si no va acompañado de una actitud global de cuidado, que alcance también a los que viven en los márgenes de nuestra sociedad.

Los entrañables personajes de la película de Maite Alberdi nos revelan el valor de aquello que no rinde, lo que no es útil, lo simplemente dado. Nos permiten descubrir nuestra vinculación íntima con los ancianos de un hogar de El Monte, con los excluidos de ese Chile moderno que hemos imaginado, con la tierra que compartimos. Nos impulsan a cuidar de todo eso porque es nuestro.

  1. Annemarie Haensgen dice:

    Excelente análisis de nuestra postura social frente a la tercera edad y su comparación con nuestra “conciencia ecológica”.

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