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Publicado el 2 octubre, 2021

Francisca Echeverría: Autónomos y dependientes

Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes Francisca Echeverría

La radicalización de la idea de autonomía suprime cualquier punto de referencia fuera de la propia voluntad ‒como se ve en el caso del aborto‒ y lleva a comprenderse a sí mismo como un individuo desvinculado, que no le debe nada a nadie.

Francisca Echeverría Centro Estudios e Investigación Social SIGNOS, Universidad de los Andes
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Con el eufemismo de la “despenalización”, la Cámara de diputados ha aprobado el aborto sin causales hasta las catorce semanas de gestación, fundamentalmente bajo el argumento de los derechos individuales y la potestad de “decidir sobre el propio cuerpo”. Se trata una vez más de la radicalización de la noción de autonomía individual, que es la idea matriz de la modernidad, el aire que respiramos. Estamos tan inmersos en ella que nos cuesta tomar distancia y analizar sus aciertos y sus límites, pero parece un ejercicio ineludible si queremos asumir en serio nuestros desafíos políticos, incluidos el drama de la marginación social de la vida no nacida.

En el origen de la idea moderna de autonomía se encuentra el reconocimiento, sin duda positivo, de la dignidad inconmensurable de cada ser humano, que lo impulsa a ser protagonista de su propia existencia, sin coacciones externas. Ahora bien, desde esa sana noción de autonomía hasta algunas de sus versiones actuales hay más que un paso: cuando el consentimiento individual se convierte en el criterio último respecto de la realidad ‒la idea de que todo está permitido si se decide autónomamente‒ nos encontramos ante algo sustancialmente distinto.

En efecto, la radicalización de la idea de autonomía suprime cualquier punto de referencia fuera de la propia voluntad, y lleva a comprenderse a sí mismo como un individuo fundamentalmente independiente, como un sujeto desvinculado que no le debe nada a nadie. Lo anterior presenta inevitablemente algunas dificultades: como ha hecho notar Alasdair MacIntyre, hay momentos en la vida humana ‒la infancia, la vejez‒ en que lo que prima es la dependencia y no la autonomía, y una sociedad que se articula solo para garantizar esta última simplemente no le hace justicia a la realidad. Cuando la vida social, en cambio, está configurada por la necesidad, por el cuidado de los frágiles ‒viejos, niños, discapacitados, no nacidos‒ entonces sí que responde a lo real: al hecho constitutivo de la interdependencia humana, a la realidad de que finalmente todos somos dependientes y que, al cuidar, pagamos en alguna medida nuestra propia deuda con otros.

El énfasis en las libertades y los derechos individuales, tan frecuente en los discursos tanto de izquierda y de derecha, tiende a oscurecer esta interdependencia. Así, quien pretende hacer de la autonomía individual el máximo bien social asume la extraña idea de que es posible el despliegue de la libertad en solitario, de que podemos llegar a ser quienes en realidad somos a partir de la afirmación ansiosa de la independencia soberana. Pero quien posea un solo amigo en este mundo sabe que esto se encuentra lejos de ser cierto. Solo quienes tienen la experiencia agradecida de la dependencia pueden comprender hasta qué punto esta es condición del propio despliegue.

Desde la perspectiva de la pura autonomía, los vínculos humanos, o son enteramente consentidos, o son una opresión insoportable. A partir de esa premisa, la aceptación del aborto es evidente: defender la independencia radical justificaría toda violencia. Es la manifestación de una nueva guerra de todos contra todos. Y es también el origen de una nueva interrogante, la pregunta de si esa autonomía defendida con uñas y dientes es en sí misma algo más que autoafirmación vacía.

Solo el redescubrimiento simultáneo de nuestra autonomía y nuestra dependencia puede sentar las bases de una auténtica convivencia social, capaz de resguardar la dignidad de todos, también de los que ahora son frágiles. No somos átomos aislados, y pareciera que aceptar esta realidad es también, paradójicamente, una condición del despliegue de cada individuo singular.

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