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Publicado el 07 de septiembre, 2017

Florence canta en La Moneda

A la peor cantante de ópera en la historia le importaba un pepino lo que pensara nadie. “Podrán decir que no sé cantar, pero nadie puede decir que no canté”, se jactó una vez.
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La llamaron “la peor cantante de ópera en la historia” y de ella un crítico afirmó, sin contemplaciones, que “nadie, antes o después, ha logrado liberarse tan por completo de las cadenas de la partitura musical”. Puede ser, pero pocos se han puesto un disfraz de Valkiria, subido a un escenario y masacrado a Wagner con tanto aplomo como Florence Foster Jenkins en el Nueva York de los años 20 y 30 del siglo pasado.

Escucharla cantar, comentaría el poeta William Meredith, “nunca proporcionaba exactamente una experiencia estética, excepto en la medida en que los primeros cristianos rodeados de leones proporcionaban una experiencia estética; era principalmente inmolador, y la señora Jenkins siempre era devorada, al final”. De nuevo, puede ser, pero nunca se dijo que no pusiera todo su empeño —sin éxito alguno— en aprender el oficio del canto lírico con clases de vocalización, lecciones de expresión corporal, lecturas y ensayos. Incluso llegó a grabar un disco que hoy es pieza de colección: quienes lo escuchan por primera vez, si no están sobre aviso, o bien se desternillan de risa o les viene un sudor frío. Hay que oír para creer.

Florence no tuvo propiamente una carrera musical, sino que más bien se inventó un sueño de soprano pasados los 40 y lo vivió a su pinta. Tenía recursos propios (de dos herencias), autonomía (divorciada y sin  hijos) y suficientes contactos en la alta sociedad neoyorkina para sacar adelante su propio emprendimiento artístico contra viento y marea; pero sobre todo tenía ganas, energía y determinación. Quería subirse a los escenarios, cantar las óperas de los grandes maestros y embelesar al público con su voz. Y consiguió hacerse un nombre: sobre ella se han escrito varias obras de teatro y un par de documentales, y nada menos que Meryl Streep se encargó de interpretarla en una película de 2016 que llevó su nombre, Florence Foster Jenkins.

¿Cómo es posible, siendo que su voz era al canto lo que un puñetazo es a un “buenos días”?

Algunos se aprovechaban de ella, claro. Su instructor vocal elogiaba sus inexistentes progresos para no perder a una alumna asidua que pagaba bien; su pianista acompañante hacía oídos sordos a sus destempladas melodías para no arriesgar un trabajo estable en plena Gran Depresión; sus diversos socios del mundo del espectáculo agradecían sus cheques, pero se mofaban de ella a sus espaldas. En cuanto a quienes en verdad la apreciaban y la querían, también felicitaban su tesón e inagotable entusiasmo, pero para no herir sus sentimientos. Porque puede que Florence cantara mal, muy mal, pero era alegre, generosa, leal, honesta y dedicada. Cole Porter y Enrico Caruso eran sólo dos de las celebridades que le tenían genuino afecto, al parecer. Eso sí, admiradores y detractores coincidían en que cantaba como los mil demonios.

Aun así, ella incluso terminaba ganándose a buena parte del público que asistía a sus contadas presentaciones —siempre privadas y con invitación—, no gracias a la calidad de su arte, sino por lo evidentemente en serio que se tomaba el asunto: los espectadores partían soltando carcajadas al escuchar las primeras notas; luego quedaban estupefactos al ver que no era una broma; y finalmente la aplaudían de pie por su originalidad, su osadía o lo que fuera, porque no es fácil perpetrar una ópera con ese nivel de saña y desparpajo.

La pregunta es obligada: ¿Era consciente Jenkins de lo mal que cantaba o sencillamente tenía el peor oído del mundo y no se daba cuenta? ¿Acaso no era capaz de percibir la diferencia entre su canto y el de las estrellas que admiraba? En suma, ¿era sorda como una tapia o, tal vez, se hacía la lesa? Por un lado, dijo un empresario teatral, “ella era exquisitamente mala, tan mala, que al final su espectáculo resultaba siendo una velada de teatro bastante buena (…) El horror no tenía fin”. Pero según su profesor de canto, “no hay forma de que ella no supiera, nadie es tan ajeno a lo que hace. Le gustaba la reacción del público y le gustaba cantar, pero se daba cuenta”.

La explicación, se deduce, es que a la señora Jenkins —ella prefería “lady Florence”— le importaba un pepino lo que pensara nadie. Sabía lo que otros murmuraban a sus espaldas, incluso sus amigos. Lo sabía y le daba lo mismo. “La gente podrá decir que no sé cantar, pero nadie puede decir que no canté”, se jactó una vez, por si las dudas. Murió en 1944.

Un personaje pintoresco e interesante, en algún sentido entrañable, aunque cero aporte en términos estrictamente musicales.

Las analogías corren por cuenta del lector.

 

Marcel Oppliger, periodista

 

 

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