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Publicado el 01 de junio, 2015

Fin al bipartidismo, el resultado de la tormenta electoral en España

En momentos en que se ha modificado el sistema electoral en Chile, el ejemplo español podría servir de base e inspiración el PRO, Amplitud, Izquierda Autónoma y RD.
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«Se acabó el absolutismo», celebra entusiasmada Pepa, una jubilada de 65 años residente en La Elipa, un barrio de clase trabajadora de Madrid. Pepa era una votante dura de Izquierda Unida (IU), partido que a contar de las elecciones autonómicas y municipales del pasado 24 de mayo se desdibujó hasta cruzar el límite de la intrascendencia.

IU nunca pudo con el poder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el hasta ahora lado izquierdo del antiguo bipartidismo español, cuya antípoda es el actual partido de gobierno, el Partido Popular (PP). Pero llegó una fuerza que sí, y que a contar de estas elecciones quebró los dos bloques políticos que gobernaban alternadamente a España: Podemos. Y por ahí apostó Pepa esta vez.

La historia de Podemos es tan breve como movida e interesante, pero se podría resumir que fue el fruto político del famoso 15-M, el de los Indignados del 15 de mayo de 2011. Un movimiento mayormente juvenil y de izquierda radical ensañado con la descarnada crisis económica de ese entonces, que barrió con el empleo -sobre todo en los jóvenes- y el desarrollo del que tanto se jactaban los españoles hasta la llegada de la tristemente célebre burbuja inmobiliaria.

El enojo no era menor. Millones de personas perdieron sus empleos; otros tantos -gran parte profesionales altamente cualificados- vieron disminuidos sus ingresos hasta montos humillantes. Se produjo una diáspora de jóvenes profesionales hacia el resto de Europa y América buscando trabajo. Parte de la antes estable clase media hispana terminó incluso alimentándose en comedores sociales, y otros muchos fueron echados de sus casas por los bancos, al no poder pagar el crédito hipotecario que pocos años antes se les había ofrecido a precios irrisorios. Hubo tragedias; algunos deudores hipotecarios se lanzaron desde sus edificios a la muerte, antes de verse durmiendo a la intemperie.

Pasado el tiempo los Indignados dejaron de marchar tanto. Pese a que fue un movimiento social que nació en la calle (civilizado, sin vándalos, encapuchados ni destrucción de la propiedad), comprendió que la manera más útil de canalizar su ira ciudadana era a través de una organización formal para presionar a la élite política. Así, en enero de 2014, y bajo el liderazgo de Pablo Iglesias, un joven cientista político de la Universidad Complutense de Madrid, caracterizado por su aspecto un tanto desgarbado y una larga cola de caballo, nace formalmente Podemos. Su objetivo: acabar con lo que la agrupación llama «la casta»; es decir el establishment político del PP y PSOE que según la colectividad tiene secuestrado al país en beneficio de los dos bloques.

Podemos ganó fuerza con una rapidez felina. La nueva agrupación desafiante al sistema se levantó sólida, con el apoyo de millones de ciudadanos descontentos. Sus líderes, formados mayormente en la Complutense, cortejaron a la masa con un discurso agresivo y con acento populista: fin a los privilegios de unos pocos, los de «la casta»; castigo sin piedad a las decenas de casos de corrupción de dirigentes populares y socialistas, develados casi a diario; cese de los recortes sociales que el gobierno de Mariano Rajoy se vio obligado a realizar para ganar algo de liquidez; regreso del estado de bienestar y corte a los despidos masivos que realizaron muchas empresas para solventarse. Y una advertencia para «la casta corrupta», en palabras de Iglesias: «Van a caer todos». Así fue como en mayo de 2014, a sólo cuatro meses de su constitución oficial, el partido obtuvo 5 eurodiputados en el Parlamento Europeo.

Pero juntamente con entrar al juego político, al del establishment, Podemos debió comenzar a jugar con las reglas de la política real. «La casta» no le iba a perdonar sus amenazas, algo le iban a descubrir; tal como en Chile gobierno y oposición ingresaron al círculo de venganzas mutuas, jurándose ambos bloques encontrar hasta la última boleta o asesoría truchas del otro. Y así fue como el naciente partido tambaleó al demostrarse que uno de sus líderes fundadores -Juan Carlos Monedero- había recibido más de 400 mil euros del chavismo por concepto de asesorías a regímenes bolivarianos, sin declararlos a Hacienda ni a la Universidad Complutense, entidad por la que realizaba dichos estudios. No era desconocida la simpatía de Podemos por el chavismo, pero no cayó bien que no sólo Monedero (irónico apellido), también la fundación CEPS, en la que participaban líderes de la colectividad como el mismo Iglesias e Iñigo Errejón, haya recibido pagos desde Venezuela y otros países ALBA por más de 5 millones de euros. Errejón -hoy número dos de Podemos- fue cuestionado además por haber usufructuado de un contrato docente en la Universidad de Málaga, dedicando sus horas de trabajo a hacer política en Madrid y no como investigador en Andalucía.

Tras esto, el PP, PSOE, y hasta IU se le tiraron al cuello a Podemos, acusándolo de populismo y de que por la boca moría el pez. Podemos se justificó, se defendió. Los líderes cuestionados reconocieron haber cometido un «error» (¿involuntario?), y denunciaron una operación política de «la casta» para perjudicarlos. Pero los medios se le fueron encima a Podemos. La opinión pública dudó de su blancura. Monedero finalmente cayó. Y la flamante colectividad se dio cuenta de que el discurso original, rupturista y furioso servía mucho para mover a masas de indignados pero no para captar votantes moderados que buscaban un cambio sin tanta estridencia. Así fue como en una brillante jugada dejó al PSOE en la derecha, ya que ahora Podemos no se identificaba como un partido de izquierda extrema, sino como una agrupación «socialdemócrata» pero al mismo tiempo transversal, al atraer a ciudadanos descontentos de todas las tendencias. Imposible no relacionarlo en Chile con el PRO de Marco Enríquez-Ominami, que en su momento tuvo incluso a los llamados «MEO-Piñeristas».

Podemos cambió el énfasis de su discurso a tiempo y logró asustar en serio al PP y PSOE. En sus filas ya no sólo estaban jóvenes intelectuales de izquierda, sino también ex funcionarios públicos, dueñas de casa, jubilados y representantes de la ciudadanía de pie. El proyecto político de cambio comenzó a cuajar. En paralelo, otra agrupación logró seducir a los votantes desconfiados de las ideas de Podemos, más tradicionales pero críticos de «la casta»: Ciudadanos. Proveniente de Cataluña, esta colectividad de centro -otrora regional y pequeña- se expandió por el resto de España en muy poco tiempo, no sin mojarle algo el asado a Podemos, destituyéndolo así como la única opción real al bipartidismo, pero dañando sobre todo al PP. Ambos partidos emergentes, comandados por líderes jóvenes, se organizaron por su cuenta, apostando en grande por las principales ciudades españolas y comunidades autónomas (el equivalente a las regiones).

Y se produjo el milagro. El 24 de mayo Podemos y Ciudadanos lograron lo que los otros partidos fuera del binomio (conocido despectivamente como «PPSOE») no pudieron desde el retorno a la democracia: romper el duopolio político. Se posicionaron respectivamente en tercer y cuarto lugar, luego de populares y socialistas. En cuanto a estos dos últimos, el socialismo español recuperó más de dos millones de votos perdidos en las últimas elecciones, lo que sin embargo no le dio mayoría absoluta en ningún municipio relevante ni comunidad. El partido de gobierno, en tanto, si bien siguió siendo el más votado, sufrió un daño severo por la fuga de votos, perdiendo la mayoría absoluta en más de 600 municipios.

Podemos, por su parte, fruto de la asociación con agrupaciones menores logró terminar con 24 años de dominio popular en Madrid. Consiguió 20 concejales y está ad portas de pactar con el PSOE y Ciudadanos para superar la mayoría del PP de 21 concejales. La otrora poderosa baronesa Esperanza Aguirre está a un paso de entrar en la oposición madrileña, y la más probable alcaldesa será Manuela Carmena, una ex jueza de 71 años, antigua defensora de derechos humanos durante el régimen de Franco.

En Barcelona, en tanto, Podemos y otras colectividades locales encumbraron a Ada Colau (41), impulsora de la vivienda digna y contraria a los desahucios de la crisis. Se impuso al poderoso partido catalanista Convergència i Unió (CiU) y desplazó aún más a los casi irrelevantes socialistas y populares barceloneses.

Y así en muchas partes.

El resultado de esta tormenta electoral hizo cambiar de parecer al PSOE, el que hasta hace poco juraba que no pactaría con el populismo y «falsa izquierda» que representaba Podemos. Ahora sí se abre a conversar, inclusive hasta con Ciudadanos, con el único fin de hacer mayoría y destronar al PP.

La paliza a los populares fue fuerte. No sólo perdió Madrid, sino también otra ciudad emblemática del partido: Valencia, con más de 20 años en la alcaldía. En las autonomías también perdió Castilla la Mancha, Extremadura, Cantabria, Aragón y la Comunidad Valenciana, entre otras, y no se ve mucho espacio para pactar con Ciudadanos y agrupaciones pequeñas que permitan algún salvataje. Se habla así de una inminente emigración masiva de los dirigentes más antiguos del partido, para dar a pie a líderes más jóvenes.

En resumen: los esfuerzos de Mariano Rajoy para demostrar que el PP había sacado a España de la crisis y que la recuperación económica era un hecho no fueron fructíferos. El electorado no le perdonó los recortes sociales ni el bajo porcentaje de crecimiento del empleo, menor al esperado. El discurso de fortaleza y de ser los únicos garantes de la mejoría no permeó, y fue utilizado en su contra por las nuevas colectividades, alimentadas por el hastío ciudadano de varios años de apaleo. Por su parte, antiguos partidos pequeños como Izquierda Unida o UPyD están al borde de ser desmantelados.

En momentos en que se ha modificado el sistema electoral en Chile, del binominal a uno proporcional moderado, el vertiginoso ejemplo español podría servir de base e inspiración para el PRO, partido que aún no logra presencia en el Congreso. También a movimientos como Amplitud, Izquierda Autónoma y Revolución Democrática (o quizás Fuerza Pública), los que si bien tienen parlamentarios gracias a provenir de otro partido o a la exposición de sus líderes como dirigentes estudiantiles, podrían ver aumentada su representatividad. Ello sobre la base de pactos conjuntos o, al menos, centrados en el mentado discurso de cambio y de que el quiebre al bipartidismo sí fue posible en un país que hasta hace poco era impensable.

 

Bruno Ebner, Periodista.

 

 

FOTO: OSVALDO VILLARROEL / AGENCIAUNO

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