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Publicado el 06 de diciembre, 2016

Fidel Castro, el fin de un mito

La única verdad que queda es el sufrimiento del pueblo cubano y del exilio. Un Fidel no dictatorial pudo haber hecho de Cuba una gran nación moderna.
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Los panegíricos que hemos leído la última semana sobre el fallecimiento de Fidel Castro son una tergiversación peligrosa de la realidad cubana y mundial. Es más, el twitter de la Presidenta Bachelet calificando al dictador cubano de “líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina” me pareció incorrecto, aunque propio de una persona que fue, en su momento, una socialista revolucionaria.

Pero las alabanzas de la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, que expresó “su profundo dolor” por quien luchara por “mantener la igualdad y el bienestar integral de sus ciudadanos”, transformándose en “uno de los gigantes de nuestra historia compartida”, fueron de un cinismo sin igual. Según la representante regional de la ONU, “es imposible intentar comprender el siglo XX latinoamericano y caribeño, y el paisaje compartido de estas décadas tempranas del nuevo milenio, sin ubicar a Fidel como protagonista de primer orden”. Tal vez tenga razón doña Alicia en esto último, pero no por las razones que ella piensa.

 

Castro y Cuba

Primero que nada, hay que aclarar que el legado que deja el «Comandante» en su país y entre sus conciudadanos es de miseria. Antes de la revolución, Cuba era uno de los países económicamente más avanzados del continente y ahora uno de los menos desarrollados. Es cierto que Fulgencio Batista era un dictador, que la influencia norteamericana (mafia incluida) era incontrarrestable, y que la corrupción campeaba en el país. La llegada de los “barbudos” a La Habana significó, por lo tanto, una segunda independencia, la posibilidad de recuperar la democracia cubana y de alcanzar una sociedad más justa.

Y, de hecho, se materializaron avances en materia de educación y cultura, salud y deportes, a la vez que muchos cubanos se sintieron orgullosos de que se pusiera fin a la hegemonía de EE.UU. sobre Cuba y que se redujeran las enormes desigualdades de rentas y oportunidades en la isla. Sin embargo, la fiesta duró poco. Primero vino el paredón, luego las cárceles y, finalmente, la dictadura. Entre el desastre de la economía centralmente planificada y la conculcación sistemática de los derechos humanos, la situación cubana desembocó en los “balseros” hacia EE.UU. y en los refugiados a todo el mundo. En suma, se produjo la igualdad en Cuba, pero hacia abajo.

 

Castro y el mundo

Una vez consolidada la revolución cubana, al megalómano de Fidel Castro no le bastó con oprimir a su pueblo, sino que se dedicó a exportar la “vía armada” al resto de América Latina y al África. De allí vienen los intentos fallidos de invasión de militares cubanos a Panamá, República Dominicana (1959) y Venezuela (1963 y 1967), o bien, el surgimiento de los principales grupos subversivos en Sudamérica.

Como el Che Guevara fue “ignorado” en el Congo (1965) y derrotado en Bolivia (1967), el dictador cubano —un matón político desde su época en la universidad— se la jugó por su alianza con la URSS y la intervención extranjera directa en África, particularmente en Angola (1975) y Etiopía-Somalia (1977), llegando a tener allí una presencia militar con más de 35 mil efectivos en 1985.

Nada bueno resultó de la infiltración ideológica en el primer caso, ni de la invasión militar en el segundo, salvo un mayor sufrimiento y polarización de los respectivos pueblos. Además, la caída posterior de la URSS (1989-90) y el fin de la Guerra Fría le significaron a Cuba perder a su principal patrocinio político, económico y militar, a la vez que frente a los cambios en el orden mundial tuvo que reemplazar su estrategia: la “vía armada” fue abandonada y reemplazada por la conquista del “poder popular” por la vía democrática (Foro de Sao Paulo), adquiriendo de paso a un nuevo socio-prestamista en la Venezuela de Chávez.

 

Castro y Chile (Allende)

Aunque Castro no creía en la vía democrática y desconfiaba del camino pacífico elegido por el Presidente Allende en Chile, fijó como prioridad regional la solidaridad cubana con la Unidad Popular (UP), a fin de influir en nuestro proceso nacional y, ulteriormente, usar el peón chileno para su geopolítica latinoamericana.

Un sector del PS, el MIR (movimiento apadrinado y sostenido por La Habana) y los izquierdistas “cabezas calientes” de siempre estaban plenamente identificados con la revolución cubana. Así, la visita de Castro a Chile en noviembre de 1971, y su permanencia de casi un mes, fue una osada intromisión en nuestros asuntos internos, porque se dedicó a presionar en favor de la radicalización de la experiencia socialista chilena.

En definitiva, hay que responsabilizar a la fuerte infiltración cubana por la polarización que sufrieron la política y sociedad chilenas, tragedia que puso en riesgo al país, dio cuenta del gobierno de la UP y terminó con la vida de su Presidente.

 

Castro y el club de los tiranos

Es una paradoja que, tras su muerte, una alta funcionaria de Naciones Unidas nos trate de embaucar con el supuesto liderazgo de Fidel Castro en favor de la igualdad y del bienestar de cubanos y latinoamericanos. Ella debería ocuparse mejor por el verdadero desarrollo económico y por el progreso social de América Latina (rol de CEPAL), en lugar de darse un lujito populista con su carta a Raúl Castro.

La única verdad que queda es el sufrimiento del pueblo cubano y del exilio. Un Fidel no dictatorial pudo haber hecho de Cuba una gran nación moderna, pero el Fidel real ha destruido su legado y con su muerte se pone fin al mito creado por la izquierda latinoamericana.

Por eso, Fidel no es un líder digno, ni un revolucionario valiente o un dictador bueno. No es ni más ni menos que otro destacado miembro del Club de los Tiranos del Siglo XX, junto a Mussolini, Hitler, Stalin y Mao.

 

Juan Salazar Sparks, cientista político, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI

 

 

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