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Publicado el 3 octubre, 2020

Fernando Peña: Pequeños tiranos

Ex dirigente estudiantil de la UdeC Fernando Peña Rivera

De llegar a incorporarse en una nueva Constitución mecanismos populares de control social, se cometerá el mismo error de diagnóstico que se cometió cuando se cambió el sistema binominal, cuyo propósito fue generar un dique de contención para sectores periféricos o extremos de la campana de Gauss.

Fernando Peña Rivera Ex dirigente estudiantil de la UdeC
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Este es un breve artículo que busca explicar, por un lado, la evolución y estado actual de la dirigencia estudiantil en las universidades, y por otro, cómo en el ejercicio de su autoridad los dirigentes han deteriorado la institucionalidad federativa y la convivencia democrática al interior de las casas de estudio. A través de lo anterior, y, por último, trataré de explicar las contradicciones al interior del Frente Amplio, su relación con el poder, y lo que está en juego en el proceso constituyente en desarrollo.

Durante agosto de 2020 se celebró la elección de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, cuya votación sólo alcanzó el 14,3% del padrón habilitado para participar, por lo que la mesa directiva de la FECH no podrá constituirse (ya que se exige en los estatutos un piso mínimo de un 40% de quórum). Es fácil culpar a la pandemia, pero lo cierto es que los problemas se arrastran hace años: quórums inflados, presidentes interinos, elecciones impugnadas, etc.; lo que, por cierto, se repite también a nivel nacional en varias Federaciones de Estudiantes. Caso emblemático es la Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción (FEC), que lejos de sus antiguas glorias, hoy luce una famélica orgánica estudiantil.

Cuesta pensar que siendo los líderes estudiantiles los protagonistas de los cambios políticos iniciados en 2011, hoy casi nadie reconozca los nombres de los actuales dirigentes. ¿Qué ocurrió entremedio? ¿Cómo se explica el desgaste? ¿Cuáles son las causas? Se puede pensar que la crisis de representación y legitimidad que afecta al sistema político terminó contagiando las orgánicas estudiantiles, pero el problema es más profundo aún.

La irrupción de la izquierda

Corría el año 2008, y varios colectivos de izquierda discutían sobre si era conveniente incorporarse a las Federaciones de Estudiantes, ya que solo tenían representación en centros de alumnos o coordinadoras de facultades. Les molestaba la hegemonía del Partido Comunista, pero les acomplejaba abrazar espacios de poder formal y dejar la “trinchera”. Dicho complejo se explica por dos razones: primero, porque para muchos colectivos de izquierda (FEL, UNE, Guevarismo), la “libertad” es incompatible con la “autoridad”, tal como se reza en el anarquismo clásico (J. Proudhon); y, en segundo lugar, porque muchos de estos colectivos ven en el Partido Comunista el fantasma de aquello que no desean para sus propios proyectos; esto es, transformarse en máquinas electorales. Para muchos dirigentes esto era anticuado y fomentaba la caricatura “anarquista” de la cual siempre han querido rehuir. Primó el sentido de realidad, y entraron al juego del poder. Las Federaciones de Estudiantes se transformaron en espacios en disputa y de gran atractivo, ya no solo para los partidos y movimientos tradicionales, sino también para estos colectivos, quienes vieron la oportunidad de influir de verdad y de ensayar (ahora sí) el asalto a la transición.

Comenzaron cambiando los estatutos de las Federaciones: sus declaraciones de principios, el sistema electoral (pasando de listas abiertas con cifra repartidora, a listas cerradas con segunda vuelta), y lo más importante, transformaron las mesas directivas de Federación en un órgano ejecutivo de la voluntad de las asambleas (así se morigeraba el complejo con la “autoridad”). Lo anterior fue restando peso y capacidad de conducción a las Federaciones de Estudiantes, que, ante el más mínimo atisbo de creatividad, eran duramente sancionadas por las asambleas, incluso con la destitución de las directivas completas, lo que terminó haciendo irrespirable la convivencia política al interior de la Confech y las mismas casas de estudio, lo que lentamente fue generando un estado de espasmo y parálisis permanente.

Nos vamos a detener en esto. Lo primero en el análisis es saber qué entienden al interior del FA y los colectivos por “autoridad”. Si tomamos como base la investigación empírica que hace la profesora Kathia Araujo en su libro El miedo a los subordinados, notaremos que “En Chile todo ejercicio de autoridad es concebido de entrada por los actores sociales como una expresión de autoritarismo”. Lo anterior nos ilumina respecto a la relación del FA y otros colectivos de izquierda con el poder, y por ende, con el ejercicio propio de la autoridad que tienen los dirigentes con su entorno, en donde el costo de asumir roles o cargos no es bien recompensado, no se reafirma, sino más bien es motivo de constante sospecha (¿querrá después ser diputado?). Lo importante acá no es saber si esa relación con el poder es correcta o no (para Hegel, no hay organización sin autoridad), sino más bien entender las consecuencias políticas que ha tenido ese fenómeno en el ecosistema universitario, y de cómo afecta también en las actuales definiciones que toma el FA en su rol político nacional.

“Si las bases no dan su consentimiento, el rol de los dirigentes es no dirigir”. Así, el asambleísmo se institucionalizó gracias a los colectivos de izquierda, que cada vez más acomplejados con los cargos, optaron por desinflar los espacios de participación. La gran tragedia y paradoja es que este modelo de trabajo se sigue usando para “democratizar” los espacios de representación. Sin embargo, el resultado fue muy distinto: bajas sostenidas en las votaciones, directivas que no terminaban sus periodos, mesas paralelas nombradas por los plenos, en fin, cosas que lejos de mejorar la democracia, terminaron destruyéndola.

Líderes que no lideran

Hoy, después de una década de iniciado dicho proceso de reforma, es difícil imaginar cómo las Federaciones de Estudiantes pueden recuperar su vigor y protagonismo de antaño. Dicho deterioro se consolidó en el lapsus de una década, y se coronó con la irrupción de los grupos “autoconvocados”, que lejos de incluir a las Federaciones como un actor estratégico, los vio como un obstáculo en el curioso proceso de democratización que supuestamente está en curso, y que vuelve a los dirigentes rehenes de una política de masas que ha desnaturalizado el valor de la actividad política. Aquí, la gran contradicción es que estamos frente a una generación de líderes que no lidera, y que ha llevado a un extremo peligroso el ejercicio de validación y legitimidad que se busca más allá de los cargos, y que desemboca, como señala Lacan en su obra Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, en “un lugar vacío en el que todo el contenido de él o ella lo procuran los demás. Yo -en mí- no soy nada, el contenido positivo mío es lo que soy para los demás”.

Así las cosas, lo que el asambleísmo genera, en última instancia, es la “enajenación radical del sujeto, en donde el contenido, o sea -lo que es-, estaría determinado por una red significante exterior que le ofrece los puntos de identificación simbólica, confiriéndole determinados mandatos simbólicos”, proceso muy bien descrito por S. Zizek en su obra El sublime objeto de la ideología. Está visión de la realidad (consiente o inconsciente), nos puede llevar a considerar prescindible el rol normativo de las instituciones políticas, abriendo paso a micro tiranías que amordazan la discusión pública, lo que lejos de aportar al fortalecimiento de nuestra democracia, la arroja al vacío de la irrelevancia.

El proceso constituyente

¿Por qué es tan importante abordar este fenómeno de masas? ¿Qué consecuencias puede haber si logra institucionalizarse en una nueva Constitución? Son preguntas necesarias, sobre todo si consideramos que nuestra cultura democrática es aún un asunto no resuelto, con claras tensiones.

A saber, en nuestra historia republicana el concepto de democracia no siempre tuvo una connotación positiva, de hecho, en las dos primeras Constituciones (1828 y 1833) la palabra fue omitida del texto, básicamente porque evocaba el asambleísmo ateniense que se popularizó gracias a la obra de Rousseau, lo que está muy bien detallado en el reciente libro Chile Constitucional del doctor en historia Juan Luis Ossa. Con el transcurso de los años, el concepto “democracia” no solo se incorporó al tejido normativo, sino además al ideario de prácticamente todos los sectores políticos.

Con sus matices, hoy el desafío no es solo conceptual ni hermenéutico, sino por sobre todo político. Claro está que el Frente Amplio y el Partido Comunista harán un esfuerzo por incorporar en una nueva Constitución Política espacios de control social para limitar el poder de las autoridades, pero no solo eso, sino que además se buscará quitar atribuciones a las instituciones y al poder político para distribuirlas en estas nuevas estructuras de control y supervisión social. Parece nada descabellado, muy inocente, tanto que cualquier podría pensar que es necesario avanzar en ese tipo de modelos, pero la experiencia en las universidades con este tipo de iniciativas ha demostrado ser un absoluto fracaso, básicamente porque quienes las usan no pretenden cohabitar con las instituciones formales, sino mas bien disputar la hegemonía y el poder político a través del conflicto, privilegiando el antagonismo y las diferencias por sobre el consenso y el diálogo. De llegar a incorporarse en una nueva Constitución mecanismos populares de control social, se cometerá el mismo error de diagnóstico que se cometió cuando se cambió el sistema binominal, cuyo propósito fue generar un dique de contención para sectores periféricos o extremos de la campana de Gauss. Recordemos que la tesis de Pepe Auth fue que abriendo el abanico a dichos sectores mejoraría nuestro sistema democrático. Sin embargo, pasaron los años y la convivencia democrática solo ha empeorado, así lo nota la gran mayoría de los chilenos (frente a la pregunta “¿Qué tan bien o qué tan mal cree usted que funciona la democracia en Chile”?, en noviembre de 2011 un 29% responde mal-muy mal, mientras que en diciembre de 2019 ese porcentaje es de un 47%. Encuesta CEP diciembre 2019).

Veo con preocupación que buena parte de la izquierda solo haga gárgaras con la democracia, y peor aún, que su horizonte de “democratización” se reduzca a generar más espacios de control social para, básicamente, disputar poder y atribuciones a las instituciones formales. La democracia moderna reconoce y abraza distintas visiones de la realidad, pero para crecer y sobrevivir necesita tierra fértil, cuyo principal abono es el diálogo, la corrección fraterna, el respeto, la valentía intelectual y el pensamiento crítico. Cuando dichos valores se reemplazan por la ventaja táctica de la dialéctica del antagonismo, lo que hacemos es básicamente hipotecar una y otra vez la oportunidad de convivir en paz, porque sí, la gran pregunta que intenta resolver a lo largo de los siglos la actividad política versa sobre “¿cómo debemos vivir?”, y la única respuesta posible antes de responder a cualquier asunto accidental es que, primero que todo, debemos aprender a vivir en paz.

Pasará el proceso constituyente, y es probable que este fenómeno siga erosionando nuestro modo de relacionarnos. Tengo mis dudas de que una nueva Constitución genere una transformación cultural que permita elevar el nivel de las discusiones y detener la violencia política. Los ideólogos del Frente Amplio dirán que no hay que temer al conflicto, que éste es siempre combustible de mejores porvenires. Bueno, eso no está ocurriendo, ya no ocurrió en las universidades, y creo no ocurrirá tampoco en el resto del país. ¿Estarán dispuestos a revisar sus dogmas de fe? ¿Estarán dispuestos a olvidarse del conflicto como un fin en sí mismo y verlo como un medio? Tengo mis dudas. Mi esperanza está puesta más bien en las nuevas generaciones, que sin los complejos de la anterior, logre disputar con mayor honestidad los espacios de poder, no para anular al adversario, ni tampoco para someterlo a su voluntad, sino para construir juntos el futuro y el bien común.

A quienes defienden (sin complejos) la libertad, invitarlos a renovar fuerzas y confiar en la bondad del ser humano. Debemos siempre ver con optimismo el futuro. No hay recetas ni fórmulas mágicas para conquistar el éxito de las ideas, sino más bien un largo y sinuoso camino de ensayos y errores. No hay derrota definitiva mientras existan luchas que valga la pena dar, y de esas, la más importante es aquella que busca dotar a cada ser humano de las herramientas para vivir sus vidas en plenitud, o como señala el filósofo Russel Kirk en su siempre vigente programa para conservadores, el foco debe estar puesto en “vigorizar y restaurar aquellos viejos fines de la existencia, aquellos viejos motivos de integridad: La estabilidad en lugar de la velocidad, la comunidad en vez de la temeraria autoexpresión, la satisfacción del trabajo en lugar de una diversión nueva, una decente competencia en lugar de una persecución incesante del lujo: tales son los caminos de la paz que sobrepasa a todo entendimiento”.

Después de todo, y tal como lo adelantó hace casi dos décadas el profesor Gonzalo Vial, Chile atraviesa una profunda crisis moral (antes que política). De nosotros depende revertirla.

 

El autor es Administrador Público de la Universidad de Concepción y Magister el Filosofía Aplicada de la Universidad de Los Andes. Fue presidente del Movimiento Gremial UdeC en 2005 y dirigente estudiantil. 

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