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Publicado el 16 de abril, 2019

Fernando Contreras: La Iglesia como categoría política

Investigador Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) Fernando Contreras

Hay quienes han objetado que las reflexiones de Benedicto XVI omitirían una de las causas principales de la crisis eclesial: las estructuras de poder que promovieron sistemáticamente el encumbramiento dentro de ella.

Fernando Contreras Investigador Instituto de Estudios de la Sociedad (IES)
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Benedicto XVI ha publicado un breve texto donde reflexiona sobre las causas de los abusos sexuales, su brutal normalización y su encubrimiento en la Iglesia Católica. Sin embargo, algunos han objetado que sus reflexiones omitirían, tal vez, una de las causas principales de la actual crisis eclesial: las estructuras de poder dentro de la Iglesia que promovieron sistemáticamente el encumbramiento. José Andrés Murillo, por ejemplo, lo sugirió en un reciente tuit al señalar que la postura de Benedicto es “miope”, pues simplemente se contentaría con adjudicar toda la culpa a lo que algunos llaman “revolución sexual”. Nada más.

José Andrés Murillo le ha hecho un enorme bien a la Iglesia católica y a sus víctimas, y como católico lo admiro y le estoy profundamente agradecido. Sin embargo, creo que aquí se equivoca. Benedicto no clama ofrecer una explicación comprehensiva del fenómeno, sino tan solo algunas breves reflexiones preliminares. La tesis de que los cambios en la comprensión de la sexualidad al interior de la Iglesia sí tuvieron consecuencias prácticas es atendible. No es el único factor, por supuesto, y lo que hace Benedicto es simplemente dar luces de que se trata de algo a lo que hay que prestarle atención.

Con todo, estemos o no de acuerdo con esa explicación, ¿omite Benedicto referirse a las estructuras de poder que favorecen los abusos y encubrimientos? Creo que no.

El papa emérito, siempre cuidadoso de sus palabras, parece estar muy consciente de cómo dice las cosas. No sabemos lo que pasa por su cabeza, pero tal vez hay buenas razones para pensar que, en su posición, considera imprudente acusar con nombre y apellido o referirse a cuestiones que aún no están del todo acreditadas o que podrían generar, como resultado, un aislamiento hacia él y otros. Podría no ser su lugar hacerlo; sí, por supuesto, el de otros. Pero esto tiene que ver con las sutilezas de su texto. Al final de sus reflexiones, en la parte más importante y en absoluta continuidad con el Papa Francisco, Benedicto llama a no olvidar lo central.

Lo central para los católicos es que Dios existe, que se hizo hombre y entró al mundo, a la historia, para relacionarse con nosotros de manera humana, para ingresar en nuestras vidas como una persona con quien generamos una relación personal. El amor de Dios es amor personal. Esta es la verdad básica —la nueva noticia— del Cristianismo. Pero como parece tan obvio, como parecería trivial e innecesario volver siempre al punto inicial, ello tiende a ser olvidado, a ser dejado de lado, a dejar de ser cultivado. Y esto, sugiere Benedicto, es lo que debemos retornar.

¿Qué tiene que ver esto con el problema de las estructuras de poder dentro de la Iglesia? Bastante. La mejor manera de dejar de mirar a la Iglesia como una comunidad de personas que viven y comparten la Fe es mirarla como un aparato político. Como una institución que “administra” algo que atrae a una considerable cantidad de personas, pero que lo central no es tanto lo que administra, sino la capacidad de influir por medio de aparatos burocráticos —principalmente el Estado—, en moldear la vida de creyentes y no creyentes (para que empiecen a creer). Tanto se ha extendido esta forma de ver la Iglesia, advierte el papa emérito, que los propios sacerdotes y obispos tienden a verla exclusivamente así. De ahí que cuando se habla de la crisis de la Iglesia, se hace en lenguaje político: en cuánto poder está perdiendo; cómo la percibe la ciudadanía; si sus niveles de confianza están o no por sobre los Carabineros, los bancos, tal o cual ministro de Estado, etc. Si comprendemos al Pueblo de Dios, para usar una formulación católica, como un aparato que es ante todo un mecanismo de poder, hasta el mejor intencionado verá que hay que evitar transparentar los problemas internos. Si la Iglesia pierde poder, lo pierde todo. Si el sentido que tiene la institucionalidad es influir en el mundo, ¿qué peor estrategia que deslegitimarse públicamente? ¿Qué mejor que construir una fachada de normalidad para luego, si somos honestos y buscamos genuinamente el bien, arreglar la crisis por dentro? Este es el tipo de razonamiento propio de un estratega político, no de quien busca vivir y compartir la alegría del evangelio. El sacerdote deviene, así, en nada demasiado diferente a un operador político.

Hay muchas recetas para eliminar las estructuras de poder (las condenas criminales, la cárcel y la expulsión del sacerdocio son un camino clave). El Papa Benedicto no clama exclusividad. Simplemente recuerda lo que tal vez es más fundamental: que la misión de la Iglesia es ante y todo ser una comunidad de personas que aman a Jesús y, como consecuencia, se aman entre sí. Se dice que quienes observaban desde fuera a los primeros cristianos solían comentar: “miren cómo se aman”. Aspirar a una Iglesia sin abusos y sin encubrimiento es también aspirar a una Iglesia en que aun quienes no compartan su Fe, se sorprendan por cómo se aman.

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO

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