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Publicado el 11 de junio, 2019

Felipe Kast: Chernobyl ayer y hoy

A lo largo de la serie no podía dejar de pensar en Cuba. Tantas coincidencias que no dejo de impresionarme de la miopía y la hipocresía de quienes aún defienden socialismos utópicos, sean del Siglo XX o XXI. Ninguno trae el “barredor de tristezas” que soñaba ‪Silvio Rodríguez, más bien un barredor de vidas y de esperanzas.

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Chernobyl me atrapó como pocas series. Y es que además del tremendo mérito artístico, me hizo pensar mucho respecto de sistemas políticos y económicos. Tres puntos quiero destacar.

Primero, que la economía planificada no genera crecimiento ni innovaciones tecnológicas, y por ende no lleva al desarrollo. Nada sintetiza este aspecto como la propia falla del reactor —conocida e ignorada—, pero otras escenas lo evidencian a menor escala, como el contraste entre el robot soviético y el alemán capitalista (todo es inferior en el equipo comunista). El chiste con que se introduce a los mineros del carbón —los únicos hombres libres en la serie— lo lleva a la cotidianidad: “¿Qué es del tamaño de una casa, quema 20 litros de combustible por hora, es ruidoso y contaminante, y corta una manzana en tres pedazos? Una maquina soviética hecha para cortar manzanas en cuatro pedazos”. Que el gobierno haya rechazado la ayuda tecnológica de los países capitalistas solo demuestra lo profundamente errado de la ideología comunista.

Segundo, que gobernar con miedo no es viable. Recuerde cuando los científicos en Bielorrusia, que no saben del accidente, abren una ventana en su laboratorio y capturan lecturas altas de radiación: “¿Un ataque de EEUU?” es lo primero que se preguntan. Toda la serie enfatiza el miedo con que se vivía, al capitalismo y los EE.UU., pero sobre todo al propio gobierno, la KBG y sus espías. En los jerarcas es el miedo al ridículo ante Occidente (“nos temen por el poder que proyectamos”, dice el personaje de Gorbachov) y a caer en desgracia ante el Partido; mientras que los ciudadanos temen a sus “camaradas” y a un Estado que los espía, los explota y los considera desechables. El control de la prensa y las opiniones (siempre vía coerción y engaño) atraviesa toda la serie. Por entonces Pravda —el órgano oficial del Partido— no reportó el accidente sino hasta dos semanas después, y Gorbachov no habló en público sino hasta tres semanas después. El resto del mundo conocía los detalles a los cuatro días.

Tercero, que la dictadura del proletariado es ante todo y principalmente una dictadura. La “Seguridad del Estado” (siempre con mayúsculas), la santidad del Partido y sus cuadros, la superioridad de la ideología, la insignificancia del individuo, todo lo que hemos dejado atrás y debemos luchar porque nunca regrese. Que la planta del accidente estuviera bautizada Vladimir Ilich Lenin no es sino una ironía del destino.

Gorbachov decía que Chernobyl fue la causa principal de la desintegración de la Unión Soviética. La humillación internacional al reconocer el paupérrimo nivel de la tecnología e infraestructura, y especialmente el engaño doméstico y la constatación en los ciudadanos que el Estado no estaba interesado, ni era capaz de protegerlos, forzaron la profundización de una tímida Glasnost (trasparencia) que el joven Primer Secretario del partido (Gorbachov llevaba apenas un año) había lanzado con más oportunismo que vehemencia, y una necesaria Perestroika (reestructuración) de la economía que se presentó en el Congreso del Partido en 1987 (después del accidente), abriendo espacio al emprendimiento y el mercado.

A lo largo de la serie no podía dejar de pensar en Cuba. Tantas coincidencias que no dejo de impresionarme de la miopía y la hipocresía de quienes aún defienden socialismos utópicos, sean del Siglo XX o XXI. Ninguno trae el “barredor de tristezas” que soñaba ‪Silvio Rodríguez, más bien un barredor de vidas y de esperanzas.

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