Ya mucho se ha comentado sobre la producción de Shakira en colaboración con el argentino Bizarrap, en donde la cantante colombiana lanza todos sus misiles musicales a su ex marido, Gerard Piqué, tras la infidelidad que acabó con su matrimonio. Es la tercera pieza de la artista contra el padre de sus hijos y, según se rumorea, vendrán más. El aludido, en tanto, hace de las suyas y responde con gestos y símbolos a través de los medios y las redes, olvidando que en la esfera pública fue su infidelidad la que, al menos, derramó el vaso.   

En torno a todo esto y a otros casos similares, pareciera que hay al menos tres aspectos que, para quienes somos padres y además tenemos la suerte de dedicarnos a la formación de jóvenes, deberían ser considerados en el debate.

En primer lugar, la espectacularización de la vida privada e íntima. En un escenario como el actual, donde las redes sociales son herramientas fascinantes pero que a la vez generan una falsa horizontalidad, una tramposa democratización y fantasmagóricas relaciones parasociales, se debe ser extremadamente cuidadosos en no convertir la intimidad –aquello que nos diferencia de los otros animales– en un show.

A partir de esto, preocupa ver a diario cómo los y las jóvenes exponen, atolondradamente y sin la red de apoyo de Shakira, presuntas infedilidades, mentiras, engaños, trampas o juego sucio, lo que se suma a la ya desmedida exposición de su vida cotidiana. Todo aquello deriva en lo que Byung Chul-Han viene denunciando hace años como una compulsión pornográfica propia de la sociedad actual.

Un segundo aspecto que debería ponerse sobre la mesa, es volcarse de una vez por todas en educar a los jóvenes –y no tan jóvenes– en la gestión de sus emociones. Hemos pasado de una sociedad donde lo emocional era sancionado como muestra de debilidad e inicio de grandes males a una sociedad donde lo que se siente vale más que lo que se sabe y las emociones toman el control con demasiada facilidad y autonomía. Ambos extremos conducen a una adultez con importantes taras que tienen un costo personal, familiar, profesional, etc.

Urge la cantidad de jóvenes que van de un extremo a otro sin orientación emocional alguna. Hay quienes reprimen sus emociones convirtiéndose día a día en una bomba de tiempo y, por el contrario, hay quienes torpemente exhiben lo que sienten sin siquiera ser capaces de nombrar dicha emoción. El mismo Byung Chul-Han detecta aquí uno de los orígenes de una sociedad donde la depresión y la ansiedad son compañeras desde la más tierna infancia. 

Por último, la teleserie Shakira-Piqué exige conversar serenamente sobre el eventual derecho de una persona a aniquilar a otra. Se confunde con mucha facilidad la denuncia, la queja debida o la alerta solidaria, con el supuesto derecho a demoler al otro. Tal como escandaliza la facilidad con la que algunos hombres y mujeres de fe condenan al infierno con una lectura antojadiza de los textos bíblicos, también es alarmante el que se cancele a un otro en pocos caracteres.

Quizás valga la pena señalar que la tiradera es “poner en ridículo”, la funa es un “repudio público” a aquello que está “podrido”, y el escrache es el “agravio o denuncia pública”.

Es alarmante ver hoy en los jóvenes la convicción de contar con un “derecho a la venganza”, la que ojalá sea lo más contundente posible. Como en tiempos de la Inquisición, hoy se está en permanente peligro de ser señalado con el dedo y arrojado sin contemplación a la hoguera. 

La espectacularización de lo privado e íntimo, la falta de gestión de las emociones y la certeza de tener derecho a la cancelación sobrevuelan a nuestra juventud, la que ve e imita a sus ídolos que están lejos de comportarse a la altura de las circunstancias. 

Efectivamente, como ella dice, Shakira es quien factura, no sin antes salpicar a padres y educadores.

*Alberto López-Hermida es periodista, Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae.

Alberto López-Hermida

Periodista. Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae

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