En medio de la reciente batahola con los cambios de gabinete, el kirchnerismo recibió una dosis energizante con el recuerdo imperecedero de Evita Perón. Es a ella, la “abanderada de los humildes”, a la que recurre en los momentos más dramáticos, sea para sacar a las huestes del letargo, o para perfilar algún liderazgo, o bien para aglutinar voces ante un proceso electoral. Basta invocar su nombre para desatar delirios tribales masivos. La jovencísima compañera sentimental de Perón, objeto de culto en vida y con un escalofriante peregrinar póstumo, toca una fibra mitológica de la política trasandina. Evita falleció a finales de julio de 1952.

Son 70 años representando la argamasa de uno de los movimientos populistas más bizarros producidos en la historia política contemporánea; un régimen bicéfalo, capaz de atraer innumerables astros, asteroides y cometas por toda la galaxia. Es justamente esa fuerza incombustible la que desató su muerte prematura y dolorosa. Eva se transformó en un mito multifacético de la Argentina del siglo 20. Quizás eterno.

Son muchos quienes ven en ella un ícono de una cierta estética populista. Ello se observa en las innumerables novelas, musicals y películas. Y también, desde hace algunas semanas, en la miniserie de Disney+, “Santa Evita”, protagonizada por Natalia Oreiro y producida por Salma Hayek. Desde la arena política se le observa como un enorme espejo convexo, donde buscan verse reflejados tanto admiradores directos como todos aquellos que defienden las “transformaciones profundas”; esa curiosa y edulcorada manera de referirse a las revoluciones.

No extraña entonces que el kirchnerismo la tenga como fuente de inspiración perpetua, a sabiendas que su perennidad dramática, irradia tanto más allá de las fronteras argentinas como afuera de las corrientes populistas. Hoy no son pocas las feministas que hacen lecturas innovadoras de su compromiso con la participación de la mujer en política y su capacidad para comprometerse con postulados políticos a pesar de las dificultades. La verdad es que desde las punzantes molestias abdominales iniciales, que presagiaban una muerte dolorosa, mostró una arrebatadora determinación y voluntad.

El mismísimo ministro de Educación de la época, médico de profesión y estrecho amigo de la pareja presidencial, Oscar Ivanissevich sintió en carne propia su actitud desafiante ante las dificultades. Un carterazo en pleno rostro fue la respuesta que recibió cuando le rogó que se hiciera exámenes preventivos, pues él mismo había sometido exitosamente a una histerectomía a su madre. Corría enero de 1950.

Ivanissevich, junto al médico Carlos Puig, la operaron pensando con benevolencia en una apendicitis, aunque de inmediato confirmaron su sospecha inicial. Su irascible reacción obligó a Ivanissevich a renunciar, pero esa tozudez incomprensible la hizo perder un tiempo de oro. En breve lapso se encontró en estado terminal. Ni sus disculpas al exministro, ni el tratamiento más avanzado de la época, incluso con facultativos estadounidenses llevados especialmente a Buenos Aires, pudieron revertir tan agresiva enfermedad.

En el clímax de una vida, que en su adultez se había tornado extraordinariamente generosa, muy distinta a su niñez de huérfana de padre, dotándola de amor, poder y fama, un cáncer cérvico-uterino con múltiples ramificaciones, la fulminó. En cosa de meses, el dolor generalizado la fue convirtiendo en leyenda. Pese a que su enfermedad fue considerada secreto de Estado, el gobierno se vio obligado a transmitir con benevolente crudeza, que la “jefa espiritual de la Nación” había dejado de existir.

Vida cortísima, pero muy intensa, que partió -como solía decir- cuando conoció a Perón en 1944 solidarizando con las víctimas de un violento terremoto en San Juan. El flechazo con el general puso fin a una existencia precaria, llena de privaciones materiales (que la convirtieron en devota de la virgen del Pilar) y los unió en esa tríada peronista: Dios, Patria y Pueblo, dando vida ambos a esa democracia orgánica tan contraria al individualismo liberal.

Muy en sintonía con ese extraño coqueteo con la muerte que caracteriza a los latinoamericanos, el cadáver de Eva Duarte fue velado nada menos que 15 días. La sede de la Confederación General del Trabajo, la poderosa CGT, sirvió de escenario para la despedida de sus queridos “descamisados” y “cabecitas negras”. Se le embalsamó y dejó allí a la espera de que se le construyera un apoteósico mausoleo en el centro de Buenos Aires. Así lo quería el pueblo, los sindicatos y su marido.

Mientras esperaba por su cripta, Perón fue depuesto y comenzó una profanación nunca antes vista. Su cadáver fue robado del sindicato y literalmente tirado como NN en un cementerio poco concurrido de la capital argentina, donde los transeúntes y curiosos que se acercaban eran vigilados con indisimulada discreción. La escabrosa leyenda dice que varias veces fue ultrajada y cambiada de lugar. Incluso, que se le mutiló un dedo y una oreja. Los nuevos dirigentes del país se sentían incómodos con la fallecida.

La solución fue embarcarla en secreto en 1957 rumbo a Italia, donde permaneció enterrada largos años bajo el nombre de María Maggi de Magistris. La operación fue realizada por la iglesia católica, pese a su molestia con el “culto idolátrico” que se le rendía. En esa tarea contó con el apoyo de algunos militares de la época. 18 años después, por gestiones del general Alejandro Lanusse, presidente de entonces, su cadáver fue entregado al marido. Pero el general ya estaba en su exilio franquista acompañada de su nueva esposa, María Estela (Isabelita).

Pocos desean recordar hoy que por ese entonces el anciano general ya no deseaba saber más de sindicatos ni melodramas de cambios sociales. Por eso nunca se trasladó al paraíso de Fidel Castro, sino que prefirió el régimen de Trujillo en República Dominicana para gozar luego la tranquilidad del régimen franquista. Vivió largos años en Puerta del Hierro, al norte de Madrid.

El cadáver de Evita fue depositado en la capital española hasta que Perón retornó del exilio y accedió al poder en 1973. Sin embargo, falleció al poco tiempo, e Isabel le sucedió en la Casa Rosada. Ella ordenó traer a Evita de regreso a tierras argentinas. Desde entonces se mantiene en el cementerio de la Recoleta en el mausoleo de la familia Duarte, provocando una gran ironía de la historia.

Tras tantas peripecias, Evita terminó enterrada donde simbólicamente están quienes se le oponían. Pese a ello, su imagen alimenta de manera bastante genuina el imaginario kirchnerista.

Hilvanando su imagen con los típicos excesos latinoamericanos, un sindicato de suplementeros, que la venera aún hoy como a una santa, le pidió al Papa Francisco (gran admirador de Evita, desde luego), que la beatificara en 2019, cuando se cumplieron 100 años de su nacimiento. Hablan de varios milagros. Más de algún perspicaz asintió. La pervivencia del peronismo es claramente uno de ellos.

Como dicen varios de sus biógrafos, ella representa mucho de las contradicciones y dualidades observadas en la política argentina. En lenguaje de hoy, habría sido una influencer de la moda. Le hablaba a los descamisados, pero se vestía para los ricos del país. Ahora se ha sabido que hasta fue musa de Christian Dior, quien la vestía, y de Salvatore Ferragamo, quien le fabricaba los zapatos. Algo de eso trasluce la película Evita, de Alan Parker.

Son 70 años que Eva Duarte abandonó la dimensión terrenal, dejando atrás su vida de cenicienta criolla y de política histriónica. Excesivamente populista, pues repartía más riqueza de la que Argentina producía. Son 70 años de una figura sumamente trágica, pero también sumamente latinoamericana.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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