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Publicado el 15 de noviembre, 2018

Eugenio Yáñez: ¿Es la filosofía una asignatura prescindible?

¿Dónde están los filósofos? ¿Paseando por los patios dialogando con sus alumnos; o participando activamente en la vida pública? La gran mayoría están encerrados escribiendo papers ultra especializados en sus oficinas para cumplir con los requisitos de investigación, que se ha convertido en una producción contable.

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El 15 de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía, una celebración que para la mayoría pasará desapercibida. Más allá de este dato, es una ocasión para reflexionar, aunque sea brevemente, sobre su enseñanza en las aulas escolares y universitarias.

 

Durante los últimos años hemos ido observando cómo la filosofía ha tenido que bregar para no desaparecer de los colegios (recordemos que el Mineduc quiso sacarla del Plan Común) y sobrevivir en algunas universidades. La dura realidad nos indica que la filosofía se ha vuelto una asignatura prescindible, aunque en el papel se le asigne una gran importancia. ¿Si desaparecen las clases de filosofía, va a colapsar el sistema educativo, habrá protestas en la Alameda, se va a desestabilizar el sistema político? ¿Si desaparecen del mercado todas las revistas especializadas de filosofía, se producirá un tremendo vacío espiritual en la población? Lamentablemente, creemos que no.

 

¿Estamos enseñando a filosofar, o tan sólo repitiendo como un mantra algunos episodios de la historia de la filosofía, o del pensamiento de algún filósofo canónico?

 

¿Por qué la filosofía se volvió una asignatura prescindible? ¿Será porque, como señaló Hawking, la filosofía murió y dejó su lugar a la física, o porque es considerada por los técnicos y/o metodólogos en educación una asignatura inútil? Seamos justos, solo parte de la culpa es del empedrado. Hemos sido también los profesores de filosofía quienes hemos cavado nuestras propias tumbas. ¿Estamos enseñando a filosofar, o tan sólo repitiendo como un mantra algunos episodios de la historia de la filosofía, o del pensamiento de algún filósofo canónico?

 

Pareciera ser, lo digo en condicional, que enseñar filosofía ha dejado de ser una experiencia espiritual o un ejercicio de la razón llevada al límite de sus posibilidades en la búsqueda de la verdad. Nos hemos olvidado de las grandes preguntas existenciales y morales del hombre. ¿Dónde están los filósofos? ¿Paseando por los patios dialogando con sus alumnos; o participando activamente en la vida pública? La gran mayoría están encerrados escribiendo papers ultra especializados en sus oficinas para cumplir con los requisitos de investigación, que se ha convertido en una producción contable.

 

Si anhelamos un país con ciudadanos capaces de pensar críticamente, como se nos repite a menudo, esta asignatura debería fortalecerse y no eliminarse.

 

Prescindir de la filosofía es un gran error, es abdicar de lo propiamente humano, es despreciar el aporte de la razón a una configuración más humana de la sociedad. Si anhelamos un país con ciudadanos capaces de pensar críticamente, como se nos repite a menudo, esta asignatura debería fortalecerse y no eliminarse. Una democracia madura, como la que se pretende en nuestro país, no debería traicionar su propia esencia. Queremos que las futuras generaciones de estudiantes sean algo más que “another brick in the wall”, como decía -o cantaba- Pink Floyd. La filosofía, en la medida que enseña a buscar la verdad, el bien y la belleza coopera a la formación de buenos ciudadanos y buenas personas, pero para realizar esta gran labor, estamos obligados a desmentir en las aulas el estigma que pesa sobre la filosofía y los filósofos, a saber: una actividad etérea, inútil e ininteligible, realizada por personas excéntricas, que hablan raro y escriben peor. ¡Mea culpa, mea culpa!

 

 

FOTO: SEBASTIAN RODRIGUEZ/AGENCIAUNO

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